Podcast sobre La Identificación en la Teoría Psicoanalítica
La Identificación en la Teoría Psicoanalítica de Freud
Podcast
Identificación Psicoanalítica: La Clave Oculta de Freud
Délka: 11 minut
Kapitoly
¿Ser o Tener?
El Drama Familiar
Cuando la Identificación Crea Síntomas
La Infección Psíquica
Melancolía y el Yo Dividido
Resumen y Despedida
Přepis
Adrián: Hay un concepto de Freud que confunde al 80% de los estudiantes en los exámenes de psicoanálisis. Es la idea de «identificación». Casi todos creen que es simplemente imitar a alguien, pero es mucho, mucho más complejo. Y esa confusión cuesta puntos valiosos.
Carmen: Totalmente, Adrián. Pero aquí está la buena noticia: una vez que entiendes el truco, no solo es fácil, sino que te abre las puertas para comprender todo lo demás, desde el complejo de Edipo hasta la psicología de las masas.
Adrián: Y hoy vamos a desvelar ese truco para que nunca vuelvas a equivocarte. Estás escuchando Studyfi Podcast.
Adrián: Vale, Carmen, vamos al grano. Si no es solo imitar, ¿qué es la identificación para Freud?
Carmen: Es una pregunta excelente. Freud la define como la manifestación más temprana de un vínculo afectivo. Antes de querer *tener* a alguien, quieres *ser* como alguien. Es la base de todo.
Adrián: O sea, ¿antes de enamorarme de alguien, por ejemplo, querría ser como esa persona?
Carmen: En cierto modo, sí, pero pensemos en la infancia, que es donde todo empieza. Freud pone el ejemplo clásico del complejo de Edipo. El niño pequeño admira a su padre. Quiere ser fuerte como él, grande como él, quiere... bueno, ser él.
Adrián: Lo toma como su ideal, ¿no? Su superhéroe personal.
Carmen: ¡Exacto! Y esto es clave: esta identificación no es pasiva. Es una actitud súper masculina. El niño no quiere ser cuidado por el padre, quiere ocupar su lugar. Toma al padre como su modelo a seguir.
Adrián: Ok, entonces el niño quiere ser como papá. Pero, ¿dónde entra la madre en esta historia?
Carmen: Ah, aquí es donde se pone interesante. Al mismo tiempo que se identifica con el padre, el niño desarrolla un vínculo totalmente distinto con la madre. Hacia ella siente una investidura de objeto sexual, lo que significa que la desea, la quiere para él.
Adrián: Espera, entonces tiene dos lazos a la vez: quiere *ser* el padre y quiere *tener* a la madre. ¿Cómo funciona eso sin que le explote la cabeza?
Carmen: Bueno, al principio coexisten sin problema. Son como dos vías de tren paralelas. Pero la mente busca unificarse. Y cuando esas dos vías chocan... ¡boom! Nace el complejo de Edipo normal.
Adrián: ¿El choque es darse cuenta de que no puede tener ambas cosas?
Carmen: Precisamente. Se da cuenta de que papá es un obstáculo para tener a mamá en exclusiva. De repente, esa identificación idealizada con el padre se tiñe de hostilidad. El deseo de *ser como él* se convierte en el deseo de *sustituirlo*.
Adrián: Ouch. De superhéroe a rival en un instante.
Carmen: Exacto. Freud dice que la identificación es ambivalente desde el principio. Puede ser tierna o puede ser un deseo de eliminación. De hecho, lo compara con la fase oral, la primerísima etapa del desarrollo.
Adrián: ¿La de los bebés que se meten todo en la boca?
Carmen: ¡Esa misma! En esa fase, te apropias de algo incorporándolo, comiéndolo. Y al hacerlo, lo aniquilas como objeto externo. Freud hace una broma un poco macabra: dice que el caníbal ama a su enemigo, ¡por eso se lo come!
Adrián: Vale, es un poco extremo, pero entiendo la idea. Al identificarte con alguien, en cierto modo lo haces desaparecer para absorber sus cualidades.
Carmen: Has dado en el clavo. Esa es la esencia. Y de ahí sale la fórmula más famosa para diferenciar esto. Adrián, ¿te animas a decirla?
Adrián: A ver si recuerdo... La identificación es lo que uno querría *ser*, mientras que la elección de objeto es lo que uno querría *tener*. ¿Así es?
Carmen: ¡Perfecto! Esa frase vale oro en un examen. En una la ligazón está en el sujeto —tu propio yo—, y en la otra, está en el objeto —lo que deseas fuera de ti—.
Adrián: Todo esto tiene sentido en el desarrollo infantil, pero ¿cómo se manifiesta la identificación en la vida adulta o en la neurosis?
Carmen: Genial que lo preguntes, porque aquí es donde vemos su poder. Freud nos da tres ejemplos de cómo la identificación puede crear un síntoma neurótico. Y son fascinantes.
Adrián: Soy todo oídos. Venga, el primer caso.
Carmen: Imagina una niña que de repente empieza a tener la misma tos nerviosa que su madre. La identificación aquí viene del complejo de Edipo. En el fondo, hay un deseo hostil de sustituir a la madre para quedarse con el padre.
Adrián: Pero ¿por qué la tos? ¿No es un poco aleatorio?
Carmen: Nada es aleatorio para Freud. El síntoma es una especie de castigo autoimpuesto por la conciencia de culpa. Es como si su mente le dijera: «Ah, ¿querías ser tu madre? Pues ahora lo eres, pero en su sufrimiento». Es la sustitución hecha realidad, pero de forma dolorosa.
Adrián: Qué retorcido. Vale, entiendo. El deseo se cumple, pero con un giro castigador. ¿Cuál es el segundo caso?
Carmen: El segundo caso es cuando el síntoma se toma de una persona amada, no de un rival. El ejemplo famoso es el de «Dora», una paciente de Freud que imitaba la tos de su padre, a quien amaba profundamente.
Adrián: ¿Y qué significa eso? ¿Por qué imitar su sufrimiento?
Carmen: Aquí, la elección de objeto ha regresado a una forma más primitiva: la identificación. Es como si, al no poder *tener* al padre como objeto de amor, el yo del paciente decide *ser* como él, tomando una de sus características, en este caso, el síntoma.
Adrián: Ya veo. Es una forma de mantener el vínculo, de incorporar al ser amado en uno mismo cuando la relación directa no es posible.
Carmen: Exactamente. El yo toma sobre sí las propiedades del objeto. Es un mecanismo de regresión. Fíjate en la diferencia: en un caso, copias a la persona no amada (la rival) y en otro, a la persona amada.
Adrián: Me queda un tercer caso. Y has dicho que era el más importante.
Carmen: Sí, porque es increíblemente común y no depende de un vínculo amoroso u hostil previo. Imagina un internado de chicas. Una de ellas recibe una carta de su amor secreto, se pone celosa por algo y sufre un ataque de histeria.
Adrián: El drama de instituto por excelencia.
Carmen: Totalmente. Ahora, algunas de sus amigas, que saben la historia, ven el ataque y... ¡zas! Ellas también lo sufren. Lo «pescan», como dice Freud, por «infección psíquica».
Adrián: ¿Y eso es por empatía? ¿Porque sienten pena por ella?
Carmen: ¡Ahí está el error que muchos cometen! Freud dice que no. Es al revés: la empatía nace de la identificación. Lo que ocurre es que las otras chicas se identifican con la situación. Ellas también querrían tener un amor secreto.
Adrián: Y al identificarse con el deseo, ¿también se identifican con el sufrimiento que le provoca?
Carmen: ¡Bingo! Bajo el influjo de su propia culpa por desear algo así, aceptan también el castigo, el síntoma. Un «yo» percibe en otro una analogía importante, un punto en común —en este caso, un anhelo afectivo— y a partir de ahí se crea una identificación que se desplaza al síntoma.
Adrián: Es como si el síntoma se convirtiera en la señal de un club secreto. El «Club de las que queremos un amor prohibido y nos sentimos culpables por ello».
Carmen: Es una analogía perfecta. El síntoma es la tarjeta de membresía de ese club reprimido. Y esto es fundamental para entender a las masas. La unión en un grupo, según Freud, se basa en este tipo de identificación: percibir una comunidad afectiva importante con los demás.
Adrián: O sea, que esto no se queda en casos individuales, sino que escala a grupos enteros. Pero antes de ir ahí, has mencionado que había casos aún más complejos en la psicosis. ¿Como cuáles?
Carmen: Freud nos lleva a dos terrenos muy profundos: la homosexualidad masculina y la melancolía, lo que hoy llamaríamos depresión.
Adrián: ¿Cómo se relaciona la identificación con la homosexualidad?
Carmen: Freud describe un mecanismo específico. Un joven ha estado muy apegado a su madre. Llega la pubertad y es hora de buscar otro objeto de amor. Pero en lugar de abandonar a su madre, se produce un giro: se identifica con ella. Se transforma *en ella*.
Adrián: ¿Y qué pasa entonces?
Carmen: Empieza a buscar objetos que puedan sustituir a su propio yo. Busca a otros hombres jóvenes a los que pueda amar y cuidar *como su madre lo amó y cuidó a él*. Es una identificación total, que cambia hasta el carácter sexual del yo.
Adrián: Vaya, es un cambio de perspectiva radical. En lugar de desear desde su posición, adopta la posición de su primer objeto de amor. Y con la melancolía, ¿qué ocurre?
Carmen: La melancolía a menudo surge tras la pérdida de un ser amado. Aquí, el yo, en lugar de buscar un sustituto, incorpora al objeto perdido dentro de sí mismo. Lo introyecta.
Adrián: ¿Como en los casos de síntomas que vimos antes?
Carmen: Sí, pero de una forma mucho más intensa. Y esto produce un efecto muy particular: la persona melancólica se critica a sí misma sin piedad, se insulta, se siente inútil... Freud se dio cuenta de algo increíble.
Adrián: ¿El qué?
Carmen: Que todos esos reproches, en realidad, no van dirigidos al propio yo. ¡Van dirigidos al objeto perdido que ahora vive dentro de él! Es la venganza del yo sobre el objeto por haberle abandonado. Es la famosa frase de Freud: «La sombra del objeto ha caído sobre el yo».
Adrián: Es una imagen potentísima. Te odias a ti mismo, pero en realidad estás odiando a la persona que perdiste.
Carmen: Exacto. Y esto revela algo más: que el yo está dividido. Una parte, que Freud llama el «ideal del yo» o la conciencia moral, ataca brutalmente a la otra parte, la que ha sido alterada por la introyección del objeto. Es una guerra civil dentro de la propia mente.
Adrián: Carmen, ha sido un viaje increíblemente revelador. Hemos pasado de un niño que admira a su padre a una guerra civil en la mente de una persona deprimida.
Carmen: Es que la identificación es un pilar central del psicoanálisis. Si tuviéramos que resumirlo para ese examen, diríamos tres cosas clave.
Adrián: A ver, que saco el boli.
Carmen: Primero: la identificación es la forma más original de lazo afectivo. Es *ser*, no *tener*. Segundo: puede sustituir un amor perdido o imposible, por la vía de la regresión, metiendo al objeto dentro del yo. Y tercero: puede nacer de cualquier comunidad de intereses o afectos que percibamos en otra persona, incluso sin conocerla, como en la «infección psíquica».
Adrián: Ser, sustituir e infectar. Suena a película de terror, pero es la clave para aprobar.
Carmen: Totalmente. Si recuerdan eso, y la diferencia entre *ser* y *tener*, ya están por delante del 80% de los estudiantes de los que hablabas al principio.
Adrián: Pues no se me ocurre mejor manera de terminar. Muchísimas gracias, Carmen, por hacerlo tan claro.
Carmen: Un placer, Adrián. Siempre es divertido desmitificar a Freud.
Adrián: Y a vosotros, gracias por escuchar. Esto ha sido Studyfi Podcast. ¡Hasta la próxima!