La Investigación y Autonomía Profesional en Trabajo Social es un tema central que explora cómo la producción de conocimiento es indispensable para que el Trabajo Social se establezca como una práctica profesional verdaderamente autónoma. Este artículo, basado en las reflexiones de Estela Grassi y otros autores, te guiará a través de la importancia de la investigación, el contexto histórico de la disciplina y los desafíos epistemológicos que enfrenta. Entenderás por qué ir más allá del activismo es crucial para consolidar el campo profesional. La implicancia de la investigación social en la práctica profesional del trabajo social es fundamental para su desarrollo y reconocimiento.
La Implicancia de la Investigación en la Práctica Profesional del Trabajo Social
Desde hace tiempo, la relación entre la investigación social y la práctica del Trabajo Social ha sido un punto de debate. Estela Grassi postula que la investigación, como producción de conocimiento, está directamente ligada a la constitución de una práctica profesional relativamente autónoma. Esta idea, que en su momento fue considerada “academicismo elitista”, ahora se enmarca en un debate teórico-epistemológico más fructífero.
La autora, Licenciada en Antropología y Trabajo Social e investigadora, enfatiza que este tema ha sido una preocupación constante en su trabajo docente, especialmente en el Seminario-Taller para la Elaboración de Proyectos de Investigación en la Universidad de Buenos Aires. Su objetivo es incentivar la formación de investigadores en el campo del Trabajo Social.
Supuestos Básicos para la Construcción del Conocimiento en Ciencias Sociales
Para abordar la relación entre Trabajo Social e investigación, es crucial establecer una base epistemológica sólida. Las históricas oposiciones dentro del Trabajo Social (teoría-realidad, objetividad-subjetividad) no son exclusivas de este campo, pero se han intensificado en él. Es fundamental situar estas reflexiones fuera de los enfoques positivistas (que ven al sujeto y objeto de conocimiento como externos) y subjetivistas extremos (que relativizan el discurso teórico y esterilizan la investigación).
El riesgo de un “giro interpretativo” acrítico en las ciencias sociales es que reitere una complicidad inconsciente con el positivismo. Esto ocurre al reemplazar el “dato duro” por lo “sensible” como prueba, aceptando un postulado empirista de una realidad inmediata accesible por lo vivencial. Sin embargo, ni la teoría social refleja un objeto preconstituido, ni la subjetividad es ahistórica. En el proceso de conocimiento, el objeto mismo se transforma al integrar elementos teóricos en los esquemas de interpretación vigentes.
Partimos del reconocimiento de que el objeto de las ciencias sociales tiene una naturaleza propia, lo que exige metodologías de abordaje adecuadas. Al mismo tiempo, las sociedades humanas y los problemas sociales pueden ser comprendidos y explicados, y estas alternativas no son incompatibles. Se puede explicar si se comprende, ya que “la fuerza de un pensamiento está en su intención de explicar alguna cosa” (Montero, 1991).
El Lugar del Conocimiento en la Constitución del Campo Profesional: Una Revisión Histórica
El Trabajo Social ha mantenido una relación conflictiva con la producción de conocimientos. ¿Por qué, siendo un campo cuyo objeto son las manifestaciones de conflicto y contradicción social (los “problemas sociales”), hay tan poca contribución por parte de los trabajadores sociales al conocimiento de su propio objeto? Además, ¿por qué en este campo “se potencian (y al mismo tiempo, se resuelven por la vía de la simplificación) las dicotomías características de la confrontación entre paradigmas en las ciencias sociales” (Danani, 1994)?
La confrontación entre “interpretación de la realidad” (teoría) y “datos empíricos” tiene raíces históricas. Se remonta al siglo XVII, cuando se cuestionaron los sistemas metafísicos y los filósofos iluministas propusieron la Razón y la observación como medios para descubrir la verdad y “subordinar las instituciones a las necesidades humanas” (Zeitlin, 1986). La observación y la razón se convirtieron en los pilares del método para conocer el mundo social, inspirados en las ciencias físico-naturales.
Este proceso de laicización de lo social influyó en las formas de acción social. La filantropía del siglo XVIII rompió con la caridad cristiana, buscando eficiencia y economía de recursos, y proponiendo acciones basadas en “diagnósticos”. Las instituciones asilares se convirtieron en “laboratorios de observación” (Donzelot, 1979). En ese entonces, las intervenciones eran coherentes con el estado del conocimiento y el método disponible; no había activismo ciego.
Sin embargo, mientras las ciencias sociales evolucionaban, el campo de la “asistencia social” (finales del XIX) no desarrolló una confrontación interna sobre el conocimiento. Su vinculación fue con la medicina, la psiquiatría y el derecho. La asistencia social definió su intervención como la “práctica” de principios de estas disciplinas, buscando ajustar comportamientos individuales y familiares a una normalidad predefinida. Mujeres, visitadoras y asistentes sociales, llevaron a cabo estas tareas de normatización, control y policiamiento, con una visión naturalizada de las relaciones sociales (Donzelot, 1979).
En contraste, el trabajo social norteamericano, ejemplificado por “Social Diagnosis” de Mary Richmond, mantuvo una vinculación más estrecha con las ciencias sociales y humanas (psicoanálisis y teorías funcionalistas), lo que le permitió una mayor autonomía.
La Historia Argentina y la División del Trabajo en Trabajo Social
En Argentina, la asistencia social profesionalizada se estructuró bajo la dirección de médicos filántropos (Alayón, 1992; Grassi, 1989). Se estableció una fuerte división del trabajo:
- Médicos higienistas (varones): Portadores del saber “científico” y definidores de los modos de acción.
- Visitadoras y asistentes sociales (mujeres): Instrumentadas para llevar a la práctica las tareas preestablecidas, sirviendo como “auxiliares médicos” y difundiendo normas de higiene y economía doméstica.
Esta división materializó la tensión clásica teoría/empiria, traducida en Trabajo Social como la dicotomía teoría/práctica. Aunque la profesión inició su despegue de los campos médico y jurídico en los años 60, acercándose a las ciencias sociales por nuevas demandas del modelo desarrollista, la “división del trabajo” se reiteró. Ahora, con “productores de conocimiento” de agencias internacionales y trabajadores sociales como “agentes de cambio”, incluyendo la significativa incorporación de varones a la profesión.
Estas condiciones, aunque potencialmente productivas, estuvieron marcadas por la concepción dicotómica de la realidad y la división del trabajo. El Movimiento de Reconceptualización local fue la primera manifestación para redefinir el objeto del Trabajo Social desde dentro del campo profesional, impulsado por una fuerte politización social y corrientes críticas en las ciencias sociales (de inspiración marxista o “pensamiento nacional”). Sin embargo, esta tendencia se expresó en la subsunción de la práctica profesional “reconceptualizada” con el compromiso militante.
La débil formación teórica de los trabajadores sociales reconceptualizados los llevó a asumir que la “vivencia sensible” era fuente de conocimiento y manifestación de lo real sin mediaciones. Se confundió la “praxis” con acciones comunitarias, y la “investigación-acción” o “investigación participante” se adoptaron acríticamente como metodologías propias, a menudo como un “modelo del compromiso vivencial” y “vanguardia metodológica”. Esto no problematizó el conflicto teoría/acción, sino que favoreció la dicotomización, con una complicidad no deseada con el empirismo positivista. La dictadura militar de 1976 bloqueó el desarrollo crítico de este movimiento.
Según Danani (1994), se optó por los “fenómenos”, renunciando a conocer sus fundamentos, lo que hizo que la práctica se convirtiera en “actividad” y la intervención en pragmatismo. La práctica fue concebida como puro “hacer” y el mandato de la intervención como una “alianza” con la realidad inmediata, sin una duda “auténtica”. Es crucial debatir estas cuestiones antes de que la investigación social se convierta en otra moda pasajera o vía de escape, y no de explicación y comprensión.
El Problema de la Construcción del Objeto en el Trabajo Social
Una particularidad central de la relación entre Trabajo Social e investigación es la naturaleza de su “objeto”. El objeto del Trabajo Social es, en primer lugar, un objeto de intervención; su práctica busca producir una modificación en una situación problemática específica. Este objeto empírico son situaciones puntuales que involucran a diversos actores y se enmarcan en lo que una sociedad define como problemas sociales. Esta es la especificidad que define su profesionalidad y recorta su campo.
Clarificar esta especificidad es ineludible para abordar la investigación sin convertirla en una moda, una búsqueda de un “nuevo rol” o una pretensión de transformar a todos los trabajadores sociales en investigadores. La investigación debe estar implicada en el campo del Trabajo Social, constituyendo su práctica. Esto no significa que cada trabajador social haga investigación diaria, sino que su trabajo cotidiano sea el ejercicio de una práctica profesional construida colectivamente. El requisito previo es la posibilidad de construir autónomamente el objeto, lo que implica su problematización para que la intervención sea una práctica profesional orientada por categorías que definen activamente el problema, no por “supuestos implícitos” preestablecidos. “La primera urgencia [...] será tomar por objeto, el trabajo colectivo de construcción del objeto preconstruido” (Bourdieu, 1989).
Desde esta perspectiva, la investigación es un elemento inescindible y un requisito para la constitución de una práctica profesional. Esto significa el dominio, la apropiación y la aprehensión del propio quehacer. Como señala Danani (1994), se trata de desarrollar “la capacidad de dominio sobre nuestras condiciones de trabajo (como) parte del tránsito de la heteronomía a la autonomía”.
Los problemas sociales (vivienda, alimentación, salud, violencia) no son a priori “problemas de investigación” o “problemas sociales”, sino que se constituyen como tales a partir de una definición social. De esta definición depende el reconocimiento de situaciones puntuales como problemáticas que demandan acciones. El objeto del Trabajo Social es, por tanto, un objeto histórico y disputado en su definición.
El ejercicio de una práctica profesional implica desnaturalizar el objeto (los problemas puntuales) y reconstruirlo como objeto de la práctica. Parte de esta reconstrucción crítica es constituirlo como un objeto de conocimiento. No es un “segundo paso” lineal, sino que está implícito en la construcción del objeto de la práctica profesional; sin esta desnaturalización no hay “dominio del propio quehacer”. Problematizar el “problema” que llega al Trabajo Social significa formular preguntas, buscar definiciones múltiples, reconocer a los sujetos que las sostienen y los argumentos (explícitos o implícitos), y buscar relaciones entre fenómenos. Solo así un acontecimiento se convierte en “problema” y se puede redefinir, constituyendo la relativa autonomía de un campo profesional. “Construir el objeto supone también que se tiene, frente a las hechas, una postura activa y sistemática: para romper con la pasividad empirista, que no hace sino ratificar las preconstrucciones del sentido común, no se trata de proponer grandes construcciones teóricas vacías [...] se trata de interrogar sistemáticamente el caso particular...” (Bourdieu, 1989).
Por ello, la investigación en Trabajo Social no es solo una herramienta, sino que se inscribe en la posibilidad misma de constituir la práctica profesional. La problematización de situaciones que no conducen a un diagnóstico inmediato para la acción no está vedada, sino que es una apuesta estratégica para sustentar una práctica crítica. El propio proceso de intervención puede ser objeto de investigación. Cada tipo de investigación tiene diferentes niveles y objetivos, pero todos son legítimos. “El arte, en ciencias sociales, está sin duda en ser capaz de poner en juego “cuestiones teóricas” muy importantes, respecto a objetos “empíricos” muy precisos, frecuentemente menores en apariencia [...]. Lo que cuenta, en realidad, es la construcción del objeto...” (Bourdieu, 1989).
Experiencia o Práctica Profesional: Rompiendo Dualismos
La relación conflictiva del Trabajo Social con el conocimiento se ha manifestado en una forma dicotómica de pensar la realidad, separando radicalmente realidad/teoría y discurso/acción. Para avanzar hacia la implicación de la investigación, es necesario cuestionar esta dualización.
- La teoría como interpretación: La teoría es una interpretación fundada de la realidad. Lo que definimos como realidad es siempre una expresión mediada por esquemas de percepción e interpretación históricamente construidos. La teoría social no es algo ajeno o externo a los sujetos, sino también una mediación de la realidad (Castañeda, 1987).
- Particularidad de la teoría: La teoría busca ser una interpretación válida de fenómenos que trascienden lo inmediato, ubicándolos en estructuras históricas. Es una interpretación reflexiva, una “acción del pensamiento que se organiza a sí mismo en relación con la realidad” (Prada, 1987), que busca el fundamento de los fenómenos, no solo sus formas perceptibles. La teoría debe explicitar y validar sus supuestos y proposiciones.
Los esquemas de percepción e interpretación, constitutivos de toda acción humana, conforman nuestro conocimiento cotidiano de la realidad que nos involucra, nuestra “experiencia”. Esta experiencia es también una realidad mediada socialmente, y los esquemas interpretativos que usamos en ella conforman un conocimiento inmediato no teórico. Su veracidad se deriva de su eficacia en la resolución de problemas cotidianos, no de la cuestionamiento de sus supuestos teóricos. “En nuestra vida cotidiana verdadero y correcto [...] coinciden. [...] si mis cogniciones sobre un instrumento bastan para manejarlo correctamente [...] son verdaderas; si mis cogniciones sobre la sociedad bastan para moverse adecuadamente, también son verdaderas” (Heller, 1977).
La práctica profesional de los trabajadores sociales ha permanecido en el nivel de la experiencia, es decir, de la acción sostenida en el conocimiento inmediato, cuyo único criterio de verdad es el “éxito de la acción” en la resolución de un problema inmediato. Los esquemas de percepción e interpretación se asimilaron acríticamente a la realidad, y el conocimiento cotidiano se convirtió en criterio de validación del conocimiento teórico. Esta relación de externalidad teoría/realidad generó la expectativa de que toda conceptualización teórica debe coincidir con las manifestaciones de los fenómenos y sus interpretaciones cotidianas, bloqueando la constitución de estas expresiones en objeto de conocimiento y la autonomía de la práctica.
Esto se manifiesta en las “crisis” cuando se critica la “formación muy teórica”, implicando que la teoría es inválida porque no “refleja” problemas cotidianos o no ofrece conocimientos para “aplicarlos” inmediatamente. Esta visión presupone una ilusión de transparencia, sin cuestionar los supuestos de las teorías o los problemas definidos. Los elementos teóricos se asimilan al conocimiento cotidiano y se invalidan si no hay éxito inmediato. Muchas frustraciones en Trabajo Social provienen de este proceso inacabado, que necesita pasar de la experiencia de intervención a una práctica profesional que problematice sus supuestos, proposiciones e instrumental, construyendo y transformando su objeto en relación con la realidad. Esta capacidad de construir/transformar el objeto es clave para su autonomía.
Superar el planteo de la “búsqueda de articulación teoría/práctica” es fundamental. Este planteo dualista presupone ámbitos que deben coincidir, asumiendo que la intervención sería más eficiente. Se puede lograr mayor eficiencia sin constituir una práctica profesional autónoma. Es aquí donde la investigación, como medio de producción de conocimiento, cobra sentido. No como una excepción o un pasatiempo, sino como un proceso implícito en la práctica profesional. Esto no significa que cada trabajador social sea un investigador, sino que sea un profesional que opera con un instrumental producido colectivamente y socializado en un campo autónomamente constituido.
Preguntas Frecuentes sobre Investigación y Autonomía en Trabajo Social
¿Qué significa la autonomía profesional en Trabajo Social?
La autonomía profesional en Trabajo Social implica la capacidad de la disciplina para construir y dominar su propio objeto de intervención, problematizando sus supuestos y no aceptando definiciones preconstituidas. Se logra cuando la práctica se orienta por categorías reflexivas y no solo por la experiencia inmediata, lo que requiere de la investigación como medio para generar conocimiento propio y validado.
¿Cómo se relaciona la investigación con la práctica del Trabajo Social?
La investigación no es solo una herramienta complementaria, sino que está implicada en la constitución misma de la práctica profesional del Trabajo Social. Permite desnaturalizar los problemas sociales, reconstruirlos como objetos de conocimiento y práctica, y desarrollar un instrumental propio. Es el camino para pasar de la “experiencia” (acción basada en el conocimiento cotidiano) a una “práctica profesional” (acción reflexiva y fundamentada).
¿Cuáles han sido los principales desafíos del Trabajo Social con la producción de conocimientos?
Históricamente, el Trabajo Social ha enfrentado desafíos como la dicotomización extrema entre teoría y práctica, la asimilación acrítica de la “realidad” con la “práctica”, la influencia de modelos externos (médico, jurídico) que definían su intervención, y la falta de articulación con centros académicos de ciencias sociales. El “Movimiento de Reconceptualización”, aunque bien intencionado, a veces cayó en el activismo y la confusión de la “vivencia sensible” con la validación del conocimiento.
¿Por qué se considera la teoría una “interpretación fundada” de la realidad?
La teoría es una interpretación fundada porque busca trascender lo inmediato y evidente de los fenómenos para ubicarlos en estructuras históricas y entender sus fundamentos. A diferencia del conocimiento cotidiano, la teoría exige la explicitación y validación de sus supuestos y proposiciones sobre la realidad, lo que la convierte en una interpretación reflexiva y sistemática, construida en el marco de la ciencia.