Podcast sobre Factores de Crecimiento Microbiano en Alimentos

Factores de Crecimiento Microbiano en Alimentos: Guía Completa

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Microbiología de los Alimentos: La Zona de Peligro0:00 / 23:53
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Carmen¡Es que es alucinante! O sea, que no todos los microbios de la comida se comportan de la misma manera.
Adrián¡Para nada! Algunos están ahí de fiesta, multiplicándose sin parar, y otros solo usan la comida como si fuera un Uber para llegar a nosotros.
Capítulos

Microbiología de los Alimentos: La Zona de Peligro

Délka: 23 minut

Kapitoly

El Universo Oculto en tu Comida

¿Qué Necesitan para Crecer?

La Zona de Temperaturas Peligrosas

La Regla de Oro: 5 y 65

La Regla de las 4 Horas

Las Defensas Naturales del Alimento

La Batalla Interna

El Factor Agua

Mohos y Levaduras

El Sistema de Barreras Múltiples

La Competencia Invisible

El Poder del pH

El Aire y los Microbios

Las Toxinas Fantasma

El Método de Barreras Múltiples

El Frío No Mata

La Batalla en la Heladera

Cuando Sube la Temperatura

Pasteur vs. Esterilización

Resumen y Despedida

Přepis

Carmen: ¡Es que es alucinante! O sea, que no todos los microbios de la comida se comportan de la misma manera.

Adrián: ¡Para nada! Algunos están ahí de fiesta, multiplicándose sin parar, y otros solo usan la comida como si fuera un Uber para llegar a nosotros.

Carmen: ¡Qué buena analogía! Okay, esto es súper importante. Están escuchando Studyfi Podcast, y hoy vamos a desvelar los secretos de lo que no se ve en nuestros platos.

Adrián: Así es. Empecemos por lo básico. En los alimentos podemos encontrar cuatro tipos de microorganismos: bacterias, hongos, virus y parásitos.

Carmen: Y la gran diferencia, como decías, es que no todos se multiplican en la comida, ¿verdad?

Adrián: ¡Exacto! Esa es la clave. Las bacterias y los hongos, como las levaduras y los mohos, son los que realmente montan una fiesta en tu comida si les das las condiciones adecuadas. Se multiplican y aumentan el riesgo.

Carmen: ¿Y los virus y parásitos?

Adrián: Ellos son los pasajeros del Uber. No se multiplican en el alimento, solo lo usan de transporte para infectar a un ser vivo. Por eso, las condiciones del alimento no les afectan tanto.

Carmen: Vale, entonces, si queremos evitar esa “fiesta” de bacterias y hongos, ¿qué condiciones debemos controlar?

Adrián: Hay dos tipos de factores. Los intrínsecos, que son propios del alimento, como su acidez, los nutrientes que tiene o si tiene alguna cubierta natural que lo proteja.

Carmen: Como la cáscara de una fruta, por ejemplo.

Adrián: Justo. Y luego están los factores extrínsecos, que son los del ambiente donde guardamos la comida: la humedad, el oxígeno y, el más importante de todos, la temperatura.

Carmen: La temperatura. Siempre se habla de la cadena de frío, así que me imagino que por ahí van los tiros.

Adrián: ¡Totalmente! Cada bacteria tiene una temperatura óptima donde se multiplica a máxima velocidad. Como si tuvieran su propio termostato para la fiesta perfecta.

Carmen: ¿Y cuáles son las que nos deben preocupar más?

Adrián: Principalmente las mesófilas. Suenan a nombre de dinosaurio, pero solo significa que les encantan las temperaturas templadas. La mayoría de las bacterias que causan enfermedades transmitidas por alimentos, o ETA, son de este grupo.

Carmen: Y supongo que esas temperaturas templadas coinciden con nuestra temperatura ambiente...

Adrián: ¡Exacto! Por eso en gastronomía definimos algo llamado la “Zona de Temperaturas Peligrosas” o ZTP. Es el rango de temperatura donde estas bacterias se sienten más cómodas para multiplicarse.

Carmen: Okay, ¿y cuál es esa zona que debemos evitar a toda costa?

Adrián: La ZTP va, en general, de los 5 a los 65 grados Celsius. Aunque puede variar un poquito según el país, esa es la referencia estándar.

Carmen: Entonces, la regla es simple: mantener los alimentos fríos por debajo de 5 grados y los calientes, por encima de 65.

Adrián: Esa es la regla de oro. Los alimentos refrigerados siempre a 5 grados o menos. Y los que se sirven calientes, a 65 grados o más en su centro. ¡Ojo! Para alimentos más riesgosos como la carne picada o el pollo, la seguridad sube a 74 grados.

Carmen: Un dato súper importante para tener en cuenta. ¿Y refrigerar es una garantía total?

Adrián: Es una gran protección, pero no es infalible. Algunas bacterias pueden seguir multiplicándose lentamente en el frío. Por eso, además de la temperatura, siempre hay que controlar el tiempo que guardamos la comida.

Carmen: ¡Wow! Entonces la temperatura es mucho más que solo "caliente" o "frío". Es una variable crítica.

Adrián: Exactamente. Y no actúa sola. Siempre va de la mano con otro factor crucial: el tiempo.

Carmen: ¿Tiempo y temperatura? Suena como una fórmula de física.

Adrián: ¡Es la fórmula de la seguridad alimentaria! Piénsalo así: las bacterias necesitan dos cosas para multiplicarse a niveles peligrosos: una temperatura cómoda y tiempo suficiente para hacerlo.

Carmen: Y esa temperatura cómoda es la que llamamos la "zona de peligro", ¿verdad?

Adrián: Correcto. Generalmente entre 5 y 65 grados Celsius. Si un alimento pasa más de 4 horas en total en esa zona... es una fiesta para las bacterias.

Carmen: ¡Cuatro horas! Eso no es mucho tiempo, sobre todo si piensas en un buffet o una fiesta.

Adrián: Para nada. Y aquí está el detalle clave: ese tiempo es acumulativo. No se reinicia.

Carmen: ¿Acumulativo? ¿Cómo así?

Adrián: Si dejas el pollo fuera una hora mientras lo preparas, luego se enfría lentamente por dos horas, y después lo dejas en la mesa otra hora... ya sumaste tus cuatro horas. El riesgo es alto.

Carmen: Entendido. Así que la regla de oro es minimizar el tiempo en la zona de peligro. ¡Nunca más de cuatro horas en total!

Adrián: Esa es una de las reglas más importantes. La combinación de tiempo y temperatura determina todo: si reduces la carga microbiana con calor o si prolongas la vida útil con frío.

Carmen: Hablando de los alimentos mismos, ¿no tienen sus propias formas de protegerse?

Adrián: ¡Claro que sí! Muchos tienen lo que llamamos estructuras biológicas o cubiertas naturales. Son sus propias armaduras.

Carmen: Como la cáscara de una banana o la piel de una manzana.

Adrián: Exacto. La cáscara de los huevos, la piel de los animales, las cáscaras de los frutos secos... Todas son barreras físicas contra la entrada de microorganismos.

Carmen: Pero si se rompen, la protección desaparece.

Adrián: Y el alimento se vuelve mucho más vulnerable. Por eso es vital manipularlos con cuidado, sin golpes ni magulladuras. ¡Y siempre lavar la cáscara antes de pelar!

Carmen: Suena lógico, para no arrastrar la contaminación de afuera hacia adentro. ¿Qué pasa con algo como las pasas de uva?

Adrián: ¡Buena pregunta! La deshidratación crea pequeñas grietas en la piel. Así que, aunque esté seca, esa barrera ya no es tan efectiva como en la uva fresca.

Carmen: Además de las barreras, ¿qué más ocurre dentro del alimento?

Adrián: Bueno, dentro hay una competencia feroz. ¡Es como un campo de batalla microscópico!

Carmen: ¿Una batalla? ¿Por qué luchan?

Adrián: Por los nutrientes y el espacio. Los microorganismos necesitan agua, energía y nutrientes para vivir, igual que nosotros. Se los quitan al alimento.

Carmen: Entonces, si un microbio no puede "comer" lo que hay en un alimento, no puede crecer.

Adrián: Correcto. La composición del alimento ejerce un efecto selectivo. Por eso ciertos microbios prefieren la carne y otros los lácteos. ¡No todos tienen el mismo menú!

Carmen: Y algunos alimentos incluso contraatacan, ¿no?

Adrián: ¡Sí! Tienen componentes antimicrobianos naturales. Son sustancias químicas que inhiben o matan a las bacterias.

Carmen: ¿Como cuáles?

Adrián: La clara de huevo tiene lisozima. La canela tiene aldehído cinámico, el clavo de olor tiene eugenol... ¡Son como los guardaespaldas químicos del alimento!

Carmen: Me encanta esa imagen. Y a veces nosotros les añadimos refuerzos, como los nitritos en los embutidos.

Adrián: Exacto. Se usan industrialmente para prevenir el crecimiento de bacterias peligrosas como el *Clostridium botulinum*. Pero siempre en dosis controladas, porque en exceso pueden ser tóxicos.

Carmen: Ok, hemos hablado de temperatura, tiempo, barreras, nutrientes... ¿qué otro factor es fundamental?

Adrián: Uno de los más importantes: la disponibilidad de agua, o como la llamamos técnicamente, la actividad de agua, "aw".

Carmen: Aw... no es lo mismo que el contenido de agua, ¿cierto?

Adrián: Para nada, y esa es la clave. Un alimento puede tener mucha agua, pero si está "ligada" a otras moléculas como el azúcar o la sal, las bacterias no pueden usarla.

Carmen: Ah, entonces las bacterias necesitan agua "libre", agua pura.

Adrián: Exacto. La actividad de agua (aw) mide esa agua libre, en una escala de 0 a 1. El agua pura tiene una aw de 1.

Carmen: Y cuanto más bajo el valor, menos agua disponible y más seguro el alimento.

Adrián: Precisamente. La mayoría de las bacterias peligrosas no se multiplican por debajo de una aw de 0,85. Por eso alimentos como las mermeladas, con muchísima azúcar, o el jamón crudo, con mucha sal, se conservan tan bien.

Carmen: Aunque tengan agua, está ligada y no disponible para los microbios.

Adrián: ¡Lo captaste! Pero ojo, que no se multipliquen no significa que mueran. Solo quedan latentes, esperando que las condiciones mejoren.

Carmen: Como cuando le agregas agua a una sopa deshidratada. De repente, todo vuelve a la vida.

Adrián: Exactamente. Por eso los alimentos secos son seguros mientras se mantengan secos. Una vez que los rehidratas, el reloj de la seguridad empieza a correr de nuevo.

Carmen: ¿Y qué hay de los mohos y las levaduras? ¿Juegan con las mismas reglas?

Adrián: Son un poco diferentes. Los mohos, por ejemplo, son menos exigentes. Pueden crecer en un rango de pH súper amplio y necesitan menos agua disponible que las bacterias.

Carmen: Por eso a veces vemos moho en la mermelada, aunque las bacterias no puedan crecer ahí.

Adrián: Correcto. Y son aerobios, necesitan oxígeno. Por eso suelen crecer en la superficie de los alimentos. ¡No los verás creciendo en el fondo de una lata sellada!

Carmen: Tiene sentido. ¿Y las levaduras?

Adrián: Las levaduras prefieren ambientes un poco ácidos, con un pH entre 4 y 5. Su temperatura ideal es de 25 a 30 grados. Piensa en el pan levando en un lugar cálido.

Carmen: ¿Y el agua?

Adrián: La mayoría necesita bastante agua, pero hay unas campeonas, las "osmofílicas", que pueden crecer en ambientes con altísimas concentraciones de azúcar, como los almíbares. Son las que a veces pueden fermentar la miel o los dulces.

Carmen: Qué fascinante. Cada microorganismo tiene sus propias preferencias y estrategias de supervivencia.

Adrián: Totalmente. Entender estos factores es la base para saber cómo conservar cada alimento de forma segura.

Carmen: Y hablando de conservación, la forma en que almacenamos la comida también influye muchísimo, ¿no? Me refiero al ambiente que la rodea.

Adrián: Absolutamente. Y eso nos lleva directamente a los factores extrínsecos, como la humedad del aire y la atmósfera de envasado, que es nuestro siguiente gran tema.

Carmen: Entonces, con todo lo que sabemos de cómo se multiplican, ¿cómo los frenamos en la práctica? ¿Hay una sola cosa que sea la más importante?

Adrián: ¡Ojalá fuera tan simple! En seguridad alimentaria no hay una sola bala de plata. La clave es lo que llamamos un sistema de “barreras múltiples”.

Carmen: ¿Barreras múltiples? Suena como una carrera de obstáculos para bacterias.

Adrián: ¡Exacto! Es justo eso. Piensa en una mayonesa de atún casera. Una barrera es usar utensilios súper limpios y desinfectados.

Carmen: Okay, barrera número uno: limpieza.

Adrián: Correcto. La segunda es una buena manipulación al prepararla. La tercera, y muy importante, es enfriarla rapidísimo y mantenerla bien fría.

Carmen: Entendido. Y la combinación de todo eso es lo que la hace segura.

Adrián: Justamente. Cuantas más barreras pongas en todo el proceso, desde que compras el atún hasta que lo sirves, menor es el riesgo de que un solo error cause un problema.

Carmen: Eso tiene mucho sentido. Pero he oído algo que suena contradictorio... que a veces otras bacterias pueden *proteger* la comida. ¿Cómo es posible?

Adrián: ¡Ah, esa es una de mis partes favoritas! Se llama competencia microbiana. Imagina un trozo de carne cruda.

Carmen: De acuerdo, lo imagino.

Adrián: Ahí conviven muchos tipos de bacterias. La mayoría son solo “alteradoras”, no peligrosas. Pero compiten por el espacio y los nutrientes con las que sí son patógenas.

Carmen: ¿Entonces las bacterias “normales” les hacen la vida difícil a las malas?

Adrián: ¡Exacto! Pero aquí viene lo interesante. Cuando cocinas la carne, matas a casi todas las alteradoras. Creas un campo de juego vacío.

Carmen: ¡Oh! Y si después entra un patógeno por contaminación cruzada...

Adrián: ...no tiene competencia. Puede multiplicarse libremente. Por eso los alimentos fermentados como el yogur o el kimchi son tan interesantes, ¡usan microorganismos buenos para protegerse!

Carmen: Qué increíble. Así que la competencia es una barrera natural. ¿Qué otra cosa funciona así?

Adrián: Otra barrera fundamental es la acidez, o lo que medimos como pH. Es una escala del 0 al 14.

Carmen: Donde 7 es neutro, como el agua, ¿verdad?

Adrián: Perfecto. Pues a las bacterias les encanta un ambiente casi neutro, entre 6.5 y 7.5. Y adivina qué alimentos están en ese rango...

Carmen: Déjame adivinar... carnes, pescados, legumbres... casi todo lo rico.

Adrián: Le diste en el clavo. Por eso son tan susceptibles. En cambio, muchas frutas son más ácidas, tienen un pH más bajo, y eso las protege de forma natural.

Carmen: ¡Claro! Por eso el vinagre o el limón se usan para conservar. Bajan el pH y a las bacterias no les gusta.

Adrián: Exacto. Es la razón por la que las gaseosas o el vino duran tanto tiempo. Su acidez es una barrera potentísima. Entender estas barreras naturales es clave, y nos lleva directamente a pensar en los métodos de conservación...

Carmen: ...y por eso el pH y la actividad de agua son tan cruciales. Pero, ¿qué pasa con el aire? A veces pensamos que si algo está envasado al vacío, es invencible.

Adrián: ¡Ese es un punto clave, Carmen! El oxígeno es un factor gigante. Piénsalo así: hay tres tipos de bacterias según su relación con el oxígeno.

Carmen: A ver, ¿como en las relaciones de las redes sociales? ¿Es complicado, soltero, en una relación?

Adrián: ¡Exacto! Primero tienes las aerobias. Ellas necesitan oxígeno, están “en una relación” con él. Viven en la superficie de la comida.

Carmen: Ok, fácil. ¿Y las otras?

Adrián: Luego están las anaerobias estrictas. El oxígeno las mata, son las que dicen “es complicado”. Viven felices sin aire, como en una lata de conserva mal esterilizada o en el centro de un guiso. Ahí es donde puede aparecer el botulismo, que es súper peligroso.

Carmen: ¡Wow! Entonces el vacío puede ser un paraíso para ellas. ¿Y el tercer grupo?

Adrián: Las facultativas. A ellas les da igual, son las “solteras” que se adaptan. Con o sin oxígeno, ellas crecen. Y aquí está el problema: la mayoría de las bacterias que nos enferman son de este grupo.

Carmen: O sea que envasar al vacío o con una atmósfera modificada no es una solución mágica.

Adrián: Para nada. Ayuda a frenar a las aerobias, pero las otras pueden seguir de fiesta. Por eso, aunque un paquete diga “atmósfera protectora”, igual necesita refrigeración. Siempre.

Carmen: Entendido. Ahora, hay algo que siempre me ha preocupado. Si cocino algo que quizás no estaba del todo bien... el calor lo arregla todo, ¿no?

Adrián: Ojalá fuera tan simple. El calor mata a las bacterias, sí. Pero no elimina lo que ellas dejan atrás.

Carmen: ¿A qué te refieres con “lo que dejan atrás”?

Adrián: A las toxinas. Imagina que las bacterias son como pequeños seres vivos. Comen, se reproducen... y también generan desechos. Esos desechos son las toxinas.

Carmen: ¡Qué asco!

Adrián: ¡Lo es! Y aquí viene lo importante: muchas de esas toxinas resisten el calor. No tienen olor ni sabor. Así que puedes cocinar un alimento, matar a todas las bacterias, pero las toxinas venenosas siguen ahí, intactas.

Carmen: Increíble. Es como si el fantasma de la bacteria se quedara para enfermarte.

Adrián: ¡Exactamente! Por eso la prevención es la única salida. No podemos depender de la cocción para arreglar un alimento que ya estaba contaminado. La clave es evitar que las bacterias crezcan en primer lugar.

Carmen: Ok, esto se pone serio. Si no hay una solución única, ¿cómo nos protegemos en la práctica? Por ejemplo, al hacer una ensalada de atún.

Adrián: ¡Gran ejemplo! Aquí es donde usamos la estrategia de “barreras múltiples”. No confiamos en una sola cosa, sino que ponemos varios obstáculos a los microbios. Piénsalo como una carrera de vallas.

Carmen: Me gusta. ¿Cuál sería la primera valla en nuestra ensalada de atún?

Adrián: La temperatura. Antes de abrir la lata de atún o el frasco de mayonesa, los metemos en la nevera un día antes. Así, empezamos a trabajar con ingredientes ya fríos, lo que retrasa el crecimiento de cualquier bacteria desde el segundo uno.

Carmen: ¡Un truco de profesional! Bien, primera barrera superada. ¿La segunda?

Adrián: La higiene personal y de los utensilios. Manos bien lavadas, tablas y cuchillos limpios. Y lavar muy bien el apio y el tomate. Así evitamos añadir “invitados” no deseados a la mezcla.

Carmen: La barrera más obvia, pero seguro que la que más se nos olvida.

Adrián: Totalmente. Tercera barrera: el pH. Usar mayonesa comercial, que es más ácida que la casera, ya ayuda. Y si le añadimos un chorrito de jugo de limón, ¡mejor! Creamos un ambiente ácido donde las bacterias no se sienten cómodas.

Carmen: ¡El limón no es solo por sabor, es un campo de fuerza ácido!

Adrián: ¡Eso es! Y unida a esta barrera, trabajar en lotes pequeños. Así la comida pasa menos tiempo en la “zona de peligro” de temperatura. Y la cuarta y última barrera es enfriar rápido y mantener en frío. Una vez preparada la ensalada, directa a la nevera a 4°C o menos hasta servirla.

Carmen: Entonces, para recapitular: temperatura, higiene, acidez y enfriamiento rápido. No es una sola cosa, es la combinación de todas lo que nos da seguridad.

Adrián: Exacto. Ninguna barrera es perfecta, pero juntas son un sistema de defensa muy potente. Y hablando de defensa, la temperatura es nuestra principal aliada o enemiga, dependiendo de cómo la usemos...

Carmen: Y eso nos lleva perfectamente a nuestro último tema, Adrián. La conservación de alimentos. Porque una vez que la comida está segura, ¿cómo la mantenemos así?

Adrián: Exacto, Carmen. Y todo se reduce a una batalla invisible que controlamos con algo que usamos todos los días: la temperatura.

Carmen: Empecemos por el frío. Meto algo en la heladera y listo, ¿no? Problema resuelto.

Adrián: Ojalá fuera tan simple. El frío es como el botón de 'pausa' o 'cámara lenta' para los microbios. No los mata, solo detiene o retrasa su multiplicación.

Carmen: Ah, okay. O sea que si un alimento ya estaba contaminado, la heladera no lo va a purificar mágicamente.

Adrián: Precisamente. Seguirá contaminado. La refrigeración, que es entre –2 y 5 grados, es ideal para conservar cosas a corto plazo... carnes, lácteos, verduras.

Carmen: ¿Y la congelación?

Adrián: La congelación es el nivel superior. A -18 grados o menos, no solo frenas la multiplicación por el frío, sino que también les quitas el agua disponible, porque se convierte en hielo.

Carmen: ¡Doble golpe! Por eso dura mucho más tiempo.

Adrián: Eso es. Es un excelente método a largo plazo. Pero recuerda, la regla de oro es: el frío no esteriliza. Solo detiene la fiesta de las bacterias.

Carmen: Has mencionado patógenos antes. ¿Qué pasa con ellos en el frío?

Adrián: Gran pregunta. Afortunadamente, a la mayoría de los patógenos no les gusta el frío. Por debajo de los 8 grados, y especialmente por debajo de los 5, les cuesta muchísimo multiplicarse.

Carmen: ¿Y qué hay de los otros microbios? Los que simplemente... arruinan la comida.

Adrián: ¡Ahí está lo interesante! Esos son los microorganismos de alteración. Piensa en ellos como... los vecinos ruidosos de la comida.

Carmen: ¿Los vecinos ruidosos?

Adrián: Sí. Hacen que la comida huela mal o se ponga babosa. Pero aquí viene lo bueno: ellos compiten con los patógenos por el espacio y los nutrientes.

Carmen: Entonces, si los 'vecinos ruidosos' ganan y la comida se echa a perder...

Adrián: ¡Exacto! Le quitan el sitio a los patógenos peligrosos. Así que esa señal de que algo está malo, como un mal olor, es en realidad un aviso de seguridad. Te dice 'no me comas' antes de que los patógenos se vuelvan un problema real.

Carmen: De acuerdo, pasemos del frío al calor. Aquí sí que matamos a los bichos, ¿verdad?

Adrián: Aquí sí. El calor destruye. Hay dos principios básicos: a más temperatura, más destrucción. Y a más tiempo a una temperatura, también más destrucción.

Carmen: Suena lógico. Las temperaturas que usamos para cocinar, entre 65 y 100 grados...

Adrián: Son muy efectivas para destruir las bacterias 'activas', las que llamamos vegetativas. Pero... no todas.

Carmen: Siempre hay un 'pero'.

Adrián: Siempre. Las esporas bacterianas son como semillas súper resistentes. Pueden sobrevivir a la cocción normal. Son las supervivientes del mundo microbiano.

Carmen: Y aquí es donde entran palabras como pasteurización y esterilización, ¿cierto?

Adrián: Justo ahí. La pasteurización, gracias a Louis Pasteur, es un tratamiento térmico más 'suave', por debajo de los 100 grados.

Carmen: Como con la leche.

Adrián: El ejemplo perfecto. El objetivo no es eliminar todo, sino reducir los patógenos a un nivel seguro. Disminuye la cantidad de microbios, pero no destruye esas esporas resistentes.

Carmen: Por eso la leche pasteurizada todavía necesita refrigeración y tiene una fecha de caducidad.

Adrián: Exacto. La esterilización, en cambio, es la opción nuclear.

Carmen: ¿La opción nuclear?

Adrián: Sí. Usa temperaturas mucho más altas, por encima de 121 grados, con alta presión. Esto sí destruye todo: bacterias, patógenos y hasta las esporas más tercas. Por eso los alimentos esterilizados, como las conservas, duran años a temperatura ambiente.

Carmen: Increíble. Entonces, para resumir todo nuestro viaje por la seguridad alimentaria: se trata de entender al enemigo, que son los microbios, y usar nuestras armas... que son la limpieza, la separación, la cocción y el control de la temperatura.

Adrián: No lo podría haber dicho mejor. Desde lavarse las manos hasta entender por qué congelamos o hervimos los alimentos, cada paso es una barrera que ponemos para mantener nuestra comida segura y deliciosa.

Carmen: Ha sido un recorrido fascinante, Adrián. Muchísimas gracias por compartir toda tu sabiduría con nosotros en estos episodios.

Adrián: El placer ha sido mío, Carmen. Espero que haya sido útil para todos los que nos escuchan.

Carmen: Estoy segura de que sí. Y a todos ustedes, gracias por acompañarnos en Studyfi Podcast. ¡Estudien seguros y coman seguro! ¡Hasta la próxima!