Epistemología Feminista y la Ciencia
Délka: 21 minut
La Ciencia no es Neutral
Las Cuatro Influencias del Género
El Hombre como Norma
La Ley Comstock
Un siglo de ignorancia
Más allá de la lógica pura
Valores ocultos en la ciencia
La ciencia transforma la sociedad
Ciencia Y Sociedad: Dos Mundos
Ciencia EN Sociedad: Un Solo Mundo
¿Qué es la comunicación científica?
Tres modelos para entenderla
El viejo modelo del déficit
El Modelo Crítico
Azúcar, Expertos y Sociedad
Farmacias en la selva
Peinados y arqueología
El poder de las historias
De la idea a la acción
Una mirada equilibrada
Promotores vs. Críticos
La Ciencia en tu Día a Día
Conclusión y Despedida
Carmen: Imagina que haces un descubrimiento que cambia el mundo, como la estructura del ADN. Pero dos hombres usan tus datos sin permiso, se llevan el Premio Nobel y uno de ellos te describe en su libro como alguien a quien “había que poner en su lugar”.
Alejandro: Una historia real y tristemente famosa. Y la razón por la que esto le pasó a la científica Rosalind Franklin nos lleva directamente al tema de hoy.
Carmen: Estás escuchando Studyfi Podcast, donde desglosamos los temas complejos de tus exámenes.
Alejandro: Exacto. La filósofa Elizabeth Anderson argumenta algo clave: la ciencia es una práctica social. Los científicos no son robots en un laboratorio; son personas con valores, que viven en una sociedad.
Carmen: Entonces, ¿la idea de una ciencia 100% objetiva y libre de valores es... un mito?
Alejandro: Es más complicado. Anderson no dice que debamos eliminar los valores, ¡eso es imposible! La clave está en reconocerlos. Si tenemos diversidad en la ciencia, los sesgos de una persona son revisados y confrontados por los de los demás.
Carmen: Suena lógico. Como tener distintos puntos de vista en una discusión para llegar a una mejor conclusión.
Alejandro: ¡Precisamente! Y la epistemología feminista identifica cuatro formas principales en que el género influye en la ciencia. La primera es la que mencionaste: las **estructuras de género**.
Carmen: El caso de Rosalind Franklin. A las mujeres se les desanima de entrar en carreras “masculinas” y, si lo hacen, se les reconoce menos. Su valiosísima aportación al descubrimiento del ADN fue minimizada por sus colegas hombres.
Alejandro: La segunda es el **simbolismo de género**. ¿Has oído hablar de ciencias “duras” y “blandas”?
Carmen: Claro, las duras como la física son las serias, y las blandas como la sociología son… menos rigurosas, supuestamente.
Alejandro: ¡Exacto! Se asocia lo “duro” con lo masculino y racional, y lo “blando” con lo femenino y emocional. Es una jerarquía que refleja un prejuicio sexista, no una realidad sobre la validez de las disciplinas.
Carmen: Ok, esas dos son bastante claras. ¿Cuáles son las otras?
Alejandro: La tercera es el **androcentrismo**. Esto es asumir que el hombre es el estándar, la norma, y la mujer es una desviación.
Carmen: Dame un ejemplo que duela.
Alejandro: Hasta hace muy poco, la mayoría de los estudios clínicos para nuevos medicamentos se hacían casi exclusivamente con hombres. Incluso hoy, en fases preclínicas, se usan más ratas macho.
Carmen: ¡Qué! ¿Pero por qué? Nuestros cuerpos reaccionan diferente.
Alejandro: Exacto. Esto pone en riesgo la salud de las mujeres, que tienen más probabilidad de sufrir efectos adversos de medicamentos que no fueron probados adecuadamente en ellas.
Carmen: Eso es increíblemente peligroso. ¿Y la última?
Alejandro: El **sexismo** directo en las teorías. Por ejemplo, describir la reproducción humana con estereotipos de género. El espermatozoide es el héroe activo y valiente en una misión, mientras que el óvulo es la damisela pasiva que simplemente “es transportada”.
Carmen: Una telenovela a nivel celular. ¡No puedo creerlo!
Alejandro: Pues así se ha descrito en muchos libros de texto. La epistemología feminista no busca atacar la ciencia, sino todo lo contrario: busca mejorarla, hacerla más rigurosa y objetiva al exponer estos sesgos ocultos.
Carmen: Okay, entonces no es solo que los médicos con más conocimientos estaban acaparando el mercado. Consiguieron que la opinión pública viera el aborto como algo súper riesgoso, justo cuando se volvía más seguro. ¡Qué paradoja!
Alejandro: Exacto, Carmen. Y no se quedaron en la opinión pública. Usaron esa influencia para cambiar las leyes. La campaña empezó a dar frutos en 1860 con la primera gran promulgación antiabortista.
Carmen: ¿Y qué decía esa primera ley?
Alejandro: Era muy clara. Se oponía al aborto en general, sin importar los movimientos fetales. Las condenas eran de hasta cinco años de prisión y multas de mil dólares. Y no solo eso... la ley consideraba cómplices tanto a los practicantes como a las mujeres que lo solicitaban.
Carmen: O sea, un cierre por todos lados. Pero la cosa se puso peor, ¿no?
Alejandro: Mucho peor. El momento culminante llegó en 1873 gracias a un hombre llamado Anthony Comstock. Con el respaldo de la influyente YMCA, logró que se aprobara la famosa Ley Comstock.
Carmen: ¿Y esa ley qué prohibía exactamente?
Alejandro: Era increíblemente amplia. Prohibía el comercio y la circulación no solo de productos abortivos, sino de CUALQUIER información o material considerado obsceno. Y para ellos, la anticoncepción era obscena.
Carmen: ¡No puede ser! ¿Metieron la planificación familiar en el mismo saco que la obscenidad?
Alejandro: Tal cual. Su puritanismo veía la anticoncepción y el aborto como amenazas directas a la moral pública. Esta ley prohibía incluso hablar sobre el control de la natalidad.
Carmen: Wow... Unir legalmente anticoncepción y obscenidad es muy fuerte. ¿Cuánto tiempo duró eso?
Alejandro: Casi un siglo. Y las consecuencias fueron brutales. Se generó un desconocimiento masivo, incluso en la comunidad médica. Piensa en esto: hasta 1959, en la televisión nacional estadounidense no se podía ni mencionar el tema del control de la natalidad.
Carmen: Me imagino que las más perjudicadas fueron las mujeres con menos recursos.
Alejandro: Por supuesto. El acceso a información era casi nulo para ellas. Un sondeo de la época en Nueva York reveló que cerca de un tercio de las mujeres inmigrantes no conocía ningún método de planificación familiar que no fuera... el aborto clandestino.
Carmen: Qué panorama tan desolador. Pero en un contexto tan adverso, siempre surge alguien que se atreve a desafiar el sistema.
Alejandro: Así es. Y eso nos lleva directamente a una de las figuras más importantes y controvertidas de esta lucha, una enfermera que vio las consecuencias de primera mano y decidió actuar: Margaret Sanger.
Carmen: Okay, entonces si la visión clásica era que la ciencia es solo lógica y evidencia, la visión historicista ya nos muestra que no es tan simple. Que los científicos eligen teorías usando también valores... ¿valores epistémicos, dijiste?
Alejandro: Exactamente, Carmen. Valores como la simplicidad o la precisión de una teoría. Pero la cosa no termina ahí. La epistemología social da un paso más allá y nos hace una pregunta clave.
Carmen: A ver, ¿cuál es esa pregunta?
Alejandro: ¿Pueden los científicos realmente dejar sus valores personales... su cultura, sus creencias... en la puerta del laboratorio antes de entrar?
Carmen: Suena a que la respuesta es un rotundo no. Sería como pedirles que dejen su cerebro fuera también.
Alejandro: ¡Exacto! Es imposible. La epistemología social muestra que la ciencia está influenciada no solo por esos valores epistémicos, sino también por valores contextuales. Valores que vienen de la cultura, de la sociedad, ¡incluso de la institución para la que trabajan!
Carmen: O sea que las creencias personales del investigador, sea consciente de ello o no, se cuelan en su trabajo. Desde cómo describe lo que observa hasta las hipótesis que formula.
Alejandro: Totalmente. Piénsalo así... estos valores actúan como un filtro. Moldean el conocimiento, haciendo que se investiguen más unas cosas y que otras se dejen completamente de lado. La ciencia no está en una burbuja; es parte de la sociedad.
Carmen: Y al mismo tiempo, la ciencia afecta a la sociedad de una forma increíble. Es una calle de doble sentido.
Alejandro: El mejor ejemplo es la pastilla anticonceptiva. Ese avance científico tuvo un impacto social y cultural gigantesco, transformó la vida de millones de personas de una forma radical.
Carmen: Claro. Y precisamente por esa capacidad de transformación, surgió la idea de que la ciencia no podía ser solo para los científicos.
Alejandro: Justo a eso iba. A principios del siglo XX se empezó a ver clarísimo que este conocimiento debía enseñarse en las escuelas y divulgarse en los medios. La gente necesita entenderlo para poder participar en los debates.
Carmen: Entender sus fortalezas, pero también sus límites. Y de eso, de la divulgación de la ciencia, es de lo que hablaremos a continuación.
Carmen: Y justo eso que mencionas sobre los modelos de comunicación me hace pensar en algo más grande, Alejandro... la relación entre la ciencia y la sociedad en general. ¿Son dos mundos separados que a veces se hablan?
Alejandro: ¡Qué buena pregunta, Carmen! Porque justo ahí está el centro del debate. Los expertos distinguen entre dos frases que suenan parecidas pero son muy distintas: "ciencia y sociedad" versus "ciencia en sociedad".
Carmen: A ver, suenan casi igual. ¿Cuál es el truco?
Alejandro: El truco está en la preposición. La idea clásica es "ciencia y sociedad". Esto ve a la ciencia como una entidad autónoma, separada... que necesita estar aislada para no contaminarse con la política o los intereses sociales.
Carmen: Como en una torre de marfil, ¿algo así?
Alejandro: ¡Exacto! Y desde esa torre, se relaciona con la sociedad. Esta visión influye mucho en la "política científica". Es decir, en cómo los gobiernos deciden apoyar y gestionar la investigación.
Carmen: O sea, el gobierno le da dinero y le dice: "Tú investiga tranquilo, no te metas en lo demás".
Alejandro: Precisamente. Piensa en informes del gobierno británico en los 90. Hablaban de crear "puentes" y "diálogo" entre ciencia y sociedad... como si fueran dos islas que necesitan conectarse.
Carmen: Ya veo... asume que de entrada están separadas. ¿Y cuál es la otra visión?
Alejandro: La más reciente es "ciencia en sociedad". Esta perspectiva dice... un momento. La ciencia no es una isla. Es una institución social más, como la educación o la economía. Está *dentro* de la sociedad, no fuera.
Carmen: Ah, eso tiene mucho más sentido. La ciencia la hacen personas que viven en la sociedad, al fin y al cabo.
Alejandro: ¡Claro! Y esta idea cambia todo. Ya no se trata de transmitir conocimiento desde una autoridad lejana, que es la base del modelo de déficit que criticamos antes. Ahora hablamos de interacción constante.
Carmen: Entonces, el modelo de diálogo que promueve la comunicación en dos direcciones encaja perfectamente aquí.
Alejandro: Exacto. Pero ojo, no es tan simple. En la práctica, aunque se hable mucho de diálogo y de "ciencia en sociedad", los viejos hábitos del modelo de déficit... siguen muy presentes. Conviven ambos modelos.
Carmen: Suena a que hay una tensión ahí. Por un lado, la idea de que la ciencia es parte de nosotros y, por otro, la tradición de verla como algo superior y separado.
Alejandro: Justo esa tensión es la que nos lleva a hablar de algo llamado el "contrato social" de la ciencia, que ha cambiado muchísimo desde la Segunda Guerra Mundial.
Carmen: Y es que, si los valores de la sociedad afectan a la ciencia, como vimos, la comunicación entre ambos mundos se vuelve crucial. No es algo que pueda ocurrir en una torre de marfil.
Alejandro: Exacto. Y eso nos lleva directamente a nuestro siguiente gran tema: la comunicación pública de la ciencia y la tecnología, o CPCT para abreviar.
Carmen: Suena importante... pero ¿qué es exactamente? ¿Es solo que los científicos escriban artículos que la gente normal pueda entender?
Alejandro: Es mucho más que eso, y de hecho, no es un concepto fácil de definir. Piénsalo como un campo enorme que abarca un montón de actividades distintas.
Carmen: A ver, dame ejemplos concretos.
Alejandro: Claro. Las noticias de ciencia en un periódico, los documentales de David Attenborough, los museos de ciencia interactivos, los blogs de astrónomos... hasta los manuales de biología del colegio. Todo eso es comunicación pública de la ciencia.
Carmen: Vaya, está por todas partes. Y supongo que no siempre se ha comunicado de la misma manera.
Alejandro: Para nada. La forma en que entendemos esta comunicación ha cambiado muchísimo, a medida que la propia ciencia y su relación con la sociedad han evolucionado.
Carmen: ¿Y cómo podemos organizar esas diferentes formas de entenderla? ¿Hay... modelos o algo así?
Alejandro: ¡Buena pregunta! La investigadora Sarah Tinker Perrault nos da una herramienta genial para esto. Ella identifica tres modelos principales que se pueden ver como un espectro continuo.
Carmen: Un espectro... o sea, ¿no son categorías súper rígidas?
Alejandro: Justamente. En un extremo tienes una comunicación totalmente unidireccional, casi como una orden. En el otro, tienes relaciones mucho más interactivas y críticas. Estos extremos se llaman PAST y CUSP.
Carmen: Empecemos por el principio, entonces. ¿Qué es ese modelo PAST?
Alejandro: PAST significa “Apreciación Pública de la Ciencia y la Tecnología”. También se le conoce como el “modelo de déficit”. Y la idea es muy simple...
Carmen: A ver...
Alejandro: Los científicos tienen todo el conocimiento y el público no sabe nada. El público es visto como un recipiente vacío que hay que llenar. Un cuerpo “ignorante y refractario”, como se decía.
Carmen: ¡Qué fuerte! O sea, ¿la única misión del público era escuchar, callar y aplaudir? ¡Qué gran papel nos tocaba!
Alejandro: Básicamente, sí. La información fluía en una sola dirección: del experto al lego. El objetivo no era que la gente entendiera o cuestionara, sino que simplemente *apreciara* la ciencia como algo maravilloso e incuestionable.
Carmen: Entiendo. Es una visión muy jerárquica y, la verdad, un poco condescendiente. Ya me imagino que ese modelo debía tener unos cuantos problemas...
Alejandro: Unos cuantos, sí. Y son problemas bastante serios que nos obligaron a repensar todo. Pero de esas grietas en el modelo de déficit hablaremos justo después de la pausa.
Carmen: Entonces, si los modelos de déficit y diálogo tienen sus problemas... ¿cuál es la alternativa, Alejandro?
Alejandro: La hay. En el otro extremo del espectro está el modelo CUSP, o de Comprensión Crítica de la Ciencia y la Tecnología. Suena complicado, pero la idea es simple.
Carmen: A ver, explícamela. ¿Qué lo hace tan diferente?
Alejandro: Pues que entiende que la ciencia no es una burbuja aislada. Se pregunta por el contexto: ¿quién produce ese conocimiento?, ¿quién lo financia?, ¿a quién beneficia? La comunicación es multidimensional.
Carmen: O sea, no se trata solo de transmitir un dato y ya está. Es mucho más profundo.
Alejandro: ¡Exacto! Se enfoca más en cómo usamos socialmente ese conocimiento. Por eso su base epistemológica es social. Entiende que el conocimiento es un proceso colectivo, no individual.
Carmen: Tiene sentido. Y esto implica que hay muchos actores involucrados, no solo los científicos.
Alejandro: Correcto. Y esa es una de sus grandes diferencias. CUSP nace de la reflexión académica, mientras que los otros modelos suelen venir de las propias instituciones científicas.
Carmen: Y en la práctica, ¿qué ventajas tiene este enfoque?
Alejandro: La principal es que pone el foco en la interacción. Piénsalo con el azúcar. Un dato científico aislado es que el azúcar es necesaria para el cerebro. Suena bien, ¿no?
Carmen: Sí, claro. ¡Dame más azúcar!
Alejandro: ¡Pero espera! En un contexto de sedentarismo y consumo excesivo, ese dato se relativiza. El significado cambia según quién lo comunique y con qué objetivo. No es lo mismo una empresa de refrescos que un nutricionista infantil.
Carmen: Por supuesto. La perspectiva lo es todo.
Alejandro: Y ahí está la segunda ventaja. La experticia se ve como algo múltiple. Todos tienen algo valioso que aportar al debate... no solo los que llevan bata blanca. Así pasamos de la simple difusión de datos a una construcción de significado mucho más rica y relevante para todos.
Carmen: Y esa idea de que el conocimiento popular y el científico se necesitan es súper potente. No son enemigos, para nada.
Alejandro: Para nada. De hecho, hay disciplinas enteras que se basan en eso. Pensemos en una que suena complicada pero es fascinante: la etnofarmacología.
Carmen: ¿Etno-farma-qué? Suena a que necesito un manual para pronunciarlo.
Alejandro: Es más simple de lo que parece. Combina antropología, química, biología... para estudiar el conocimiento médico de los pueblos indígenas.
Carmen: O sea, ¿investigar las plantas que usaban las abuelas de las abuelas?
Alejandro: ¡Exacto! La idea es que estas comunidades tienen un conocimiento valiosísimo sobre plantas, hongos y minerales. Sabiduría que se pasó de generación en generación.
Carmen: ¿Y funciona? ¿Hemos sacado medicamentos reales de ahí?
Alejandro: ¡Claro! Muchos fármacos que usamos hoy, como la atropina o la digoxina, surgieron del estudio de remedios indígenas. Los químicos aún usan esas plantas como prototipos para crear medicinas más eficaces.
Carmen: Es increíble. Así que no es solo en medicina donde pasa esto.
Alejandro: Para nada. Otro ejemplo que me encanta es de la arqueología. Por años, los historiadores creyeron que los peinados romanos súper elaborados eran pelucas.
Carmen: Suena lógico, algunos parecen imposibles de hacer.
Alejandro: ¡Eso pensaban! Pero una peluquera, Janet Stephens, que era aficionada a la historia, demostró que no. Usando solo aguja e hilo, como se hacía en la época, logró recrearlos perfectamente en cabello real.
Carmen: ¿En serio? ¿Una peluquera le enseñó a los arqueólogos?
Alejandro: ¡Así mismo! Y publicó sus hallazgos en revistas científicas. Demostró que la dicotomía entre conocimiento popular y científico es falsa. Ambos se necesitan y son muy valiosos.
Carmen: Wow, qué gran ejemplo. Y eso me hace pensar en cómo se comunican estos hallazgos... Porque si una peluquera puede publicar un artículo, ¿significa que la comunicación científica está cambiando?
Carmen: Exacto. Entonces, si necesitamos un nuevo "contrato" entre la ciencia y la sociedad, ¿cómo lo construimos? No podemos simplemente chasquear los dedos.
Alejandro: No, para nada. Y aquí es donde entra la comunicación científica crítica. Piensa en todas las formas en que la ciencia se populariza: artículos, museos, blogs... todo eso puede jugar un papel clave.
Carmen: ¿Cómo exactamente? ¿Solo por dar más información?
Alejandro: No es solo informar. Una experta, Tinker Perrault, dice que la escritura de divulgación científica es un trabajo "discursivo". Suena complicado, pero no lo es.
Carmen: A ver, tradúcemelo.
Alejandro: Significa que estos textos no solo te dan datos. Construyen nuestra manera de entender la ciencia, las relaciones de poder, todo. Te cuentan una historia sobre cómo funciona la ciencia y cuál es su lugar en el mundo.
Carmen: O sea, ¿que la forma en que contamos la ciencia importa tanto como los hechos mismos?
Alejandro: ¡Precisamente! Esas historias se convierten en nuestra forma de hablar y pensar sobre temas científicos. Y cuando ese pensamiento se traduce en acción, se consolida en prácticas sociales reales.
Carmen: Entiendo. Así que una comunicación más crítica y comprometida podría llevar a un uso más democrático de la ciencia.
Alejandro: Exacto. Este modelo no intenta "corregir" al público de forma didáctica. Acepta que la gente tiene una percepción ambivalente de la ciencia, y eso está bien.
Carmen: Claro, no es todo blanco o negro.
Alejandro: Para nada. La idea es poder elogiar a la ciencia cuando se lo merece y desafiarla cuando sea necesario. Se trata de situarla en su contexto real: social, cultural y material.
Carmen: Mantener una imagen proporcional, digamos.
Alejandro: Justo eso. Una imagen proporcional a los beneficios que realmente ofrece. Y esa perspectiva equilibrada es fundamental para entender los debates actuales, como el que veremos a continuación sobre la inteligencia artificial.
Carmen: Y esa idea de cómo se toman las decisiones nos lleva directamente a nuestro último tema, Alejandro. La comunicación científica institucional.
Alejandro: Exacto. Y aquí hay dos grandes perspectivas, casi como dos equipos. Por un lado, están los "promotores".
Carmen: Suena a que son los porristas de la ciencia.
Alejandro: ¡Básicamente! Ellos ven la ciencia como algo maravilloso y al público como... bueno, un poco ignorante. Su meta es hacer relaciones públicas para que la gente apoye las prioridades de los científicos.
Carmen: Ya veo. Y si alguien cuestiona algo, ¿qué pasa?
Alejandro: Lo tachan de miedoso o de seguir modas. Pero luego está el otro equipo: los "críticos". Su rol es más como el de un crítico de arte. Combinan la apreciación con el análisis.
Carmen: Entiendo. No se trata de atacar, sino de analizar constructivamente.
Alejandro: Precisamente. Su propósito es el control democrático de la tecnología. Quieren que todos —científicos y ciudadanos— evalúen las consecuencias de los avances.
Carmen: Y esto nos afecta a diario. Por ejemplo, al decidir si compramos alimentos orgánicos por los pesticidas.
Alejandro: Totalmente. O al elegir un tratamiento médico, un método anticonceptivo, o hasta qué auto comprar según su consumo de combustible. Son decisiones cotidianas con base científica.
Carmen: Entonces, ¿dónde choca todo esto?
Alejandro: En la toma de grandes decisiones. Los promotores dicen: "Dejen que los expertos decidan sobre la energía nuclear o los agroquímicos".
Carmen: Mientras que los críticos dirían... "un momento, esta decisión es de todos".
Alejandro: ¡Ahí está la clave! Los críticos abogan por una ciudadanía comprometida y con pensamiento crítico. Aquí es donde se habla del "contrato social" entre la ciencia y la sociedad.
Carmen: Entonces, para resumir, tenemos dos modelos: uno que busca convencer al público y otro que busca involucrarlo en un debate.
Alejandro: Exacto. Uno ve la ciencia como una entidad autónoma y siempre benéfica, y el otro la ve como parte de la sociedad, con sus pros y sus contras. Es una tensión fundamental sobre el rol de la ciencia hoy en día.
Carmen: Un tema increíble para cerrar. Muchísimas gracias, Alejandro, por acompañarnos hoy y aclarar tantas cosas.
Alejandro: El placer ha sido mío, Carmen. ¡Un saludo a todos los que nos escuchan!
Carmen: Y a ustedes, gracias por estudiar con nosotros en Studyfi Podcast. ¡Hasta la próxima!