Podcast sobre El Malestar en la Cultura: Perspectivas Críticas
El Malestar en la Cultura: Perspectivas Críticas y Actuales
Podcast
El Malestar en la Cultura y la Búsqueda de la Felicidad
Délka: 23 minut
Kapitoly
¿Por qué evitamos estudiar?
Las tres fuentes del sufrimiento
El Pacto de la Cultura
La Renuncia y el Sufrimiento
La Cultura del Malestar
El Círculo Vicioso de la Libertad
Instituciones y el malestar
La agresión y el prójimo
El Cerebro que Compra
El Manual de la 'Normalidad'
¿Estamos Todos Enfermos?
El Modelo Enciclopédico
La Crisis del Templo del Saber
Aprender Jugando y Siendo Uno Mismo
Causar el Deseo de Saber
La Crisis del Rol Docente
¿Educación o Escuela?
Las Tres Operaciones Educativas
Educar es Socializar
Los Pilares del Currículo
¿Intervenir o Acompañar?
La Crisis es Buena
Resumen y Despedida
Přepis
Hugo: ¿Alguna vez te has encontrado evitando estudiar viendo una temporada entera de una serie en un solo fin de semana? ¿O pasando horas en TikTok sin darte cuenta?
Lucía: Creo que todos hemos estado ahí. Bueno, según un señor con barba muy famoso, eso no es solo procrastinación. Es tu cerebro defendiéndose del sufrimiento.
Hugo: ¿Defendiéndose del sufrimiento de estudiar para el examen de historia? Suena un poco dramático.
Lucía: Del sufrimiento de la vida en general, según Freud. Estás escuchando Studyfi Podcast, donde te ayudamos a entender estas grandes ideas.
Hugo: Exacto. Así que, Lucía, ¿Freud diría que mi maratón de series es básicamente una terapia?
Lucía: Algo así. Él lo llamaría un "calmante". Freud creía que la vida es intrínsecamente difícil. Nos trae dolor, decepciones... ya sabes, lo típico.
Hugo: Vaya, qué optimista era el señor Freud. Un encanto de persona.
Lucía: Totalmente. Pero su punto es que, para soportar todo esto, buscamos "quitapenas". Y no habla solo de sustancias, sino de distracciones, como las series, o satisfacciones sustitutivas.
Hugo: Entiendo. ¿Y de dónde viene todo ese sufrimiento del que necesitamos escapar?
Lucía: Freud identifica tres fuentes principales. Primero, nuestro propio cuerpo, que envejece y se enferma. Segundo, el mundo exterior, con sus desastres naturales y sus crisis.
Hugo: Ok, hasta ahí todo claro. ¿Y la tercera?
Lucía: Y la tercera, que según él es a menudo la más dolorosa... son las relaciones con otras personas. Los desengaños, los conflictos...
Hugo: Auch. Esa duele. Entonces, ¿estamos condenados a ser miserables?
Lucía: No exactamente. Aquí es donde se pone interesante. Él dice que desarrollamos estrategias para manejarlo. Una es la sublimación. Piénsalo así: canalizas esa energía frustrada en algo productivo.
Hugo: ¿Como un artista que crea una obra maestra después de una ruptura amorosa?
Lucía: ¡Exacto! O un científico que se obsesiona con resolver un problema. Conviertes el dolor en algo... superior. Otra estrategia es el amor.
Hugo: Ah, el amor. El gran tema. ¿Cómo encaja aquí?
Lucía: Freud dice que amar y ser amado nos da la sensación de placer más intensa que existe. Es nuestro modelo para la felicidad. Pero, también es nuestra mayor debilidad.
Hugo: Claro... "Nunca estamos menos protegidos contra las cuitas que cuando amamos". Lo leí en la guía de estudio.
Lucía: Justo eso. Cuando amamos, somos increíblemente vulnerables a que nos hagan daño. Es una apuesta de alto riesgo y alta recompensa. Como apostar todas tus fichas en un solo número.
Hugo: Entonces, para Freud, ¿la felicidad es solo un momento fugaz que aparece entre largos periodos de sufrimiento inevitable?
Lucía: En gran parte, sí. Él diría que la felicidad es un "fenómeno episódico", mientras que la desdicha es mucho más común. El famoso "malestar en la cultura" es que este conflicto es parte de ser humano. No podemos eliminarlo del todo.
Hugo: Bueno, al menos ahora tengo una excusa intelectual para mi próximo maratón de series. Es un mecanismo de defensa psicológico.
Lucía: Úsalo con sabiduría. Ahora, cambiando de tema, hablemos de otro pensador que tenía una visión bastante diferente sobre la sociedad...
Hugo: Y hablando de cómo nos relacionamos... eso nos lleva directamente a la idea de cultura. ¿Cómo pasamos de ser individuos a una comunidad?
Lucía: ¡Gran pregunta! Freud lo describe como un paso cultural decisivo. Básicamente, cambiamos el poder del individuo, esa "violencia bruta", por el poder de la comunidad, que llamamos "derecho".
Hugo: Suena a un buen trato. ¿No?
Lucía: En teoría, sí. Pero tiene un precio. La esencia de la cultura es que los miembros de la comunidad limitamos nuestras posibilidades de satisfacción. Algo que un individuo aislado no haría.
Hugo: O sea que la cultura se basa en decirnos que no podemos tener todo lo que queremos. ¿A eso se refiere con la "renuncia de lo pulsional"?
Lucía: Exactamente. La cultura se edifica sobre esa renuncia a nuestros impulsos más básicos. Y aquí viene lo interesante... esta negación constante es la causa de la hostilidad que sentimos hacia la propia cultura.
Hugo: Claro, porque nos reprime. Y supongo que eso tiene consecuencias psicológicas.
Lucía: ¡Muchas! Freud decía que los neuróticos, por ejemplo, se crean satisfacciones sustitutivas en sus síntomas. Pero eso, al final, solo les causa más sufrimiento con su entorno.
Hugo: Esto suena un poco del siglo pasado. ¿Sigue siendo relevante hoy?
Lucía: Más que nunca. El sociólogo Murillo habla de la "cultura del malestar", refiriéndose al neoliberalismo. Es un sistema que nos gobierna a distancia.
Hugo: ¿A distancia? ¿Cómo un dron?
Lucía: Algo así. Nos insta a centrarnos solo en el "cuidado de sí mismos", a olvidarnos del prójimo y a perder los lazos sociales. Esto crea una sensación constante de inseguridad y angustia.
Hugo: Entonces, ¿ese individualismo extremo nos hace sentir peor?
Lucía: Es una paradoja. Se promueve una idea de libertad... pero es una libertad negativa. Es la libertad *respecto* del otro. El otro se convierte en un obstáculo para mi deseo.
Hugo: Uf, eso suena a competencia constante.
Lucía: Lo es. Y esa competencia genera desconfianza y rivalidad. Es un círculo vicioso: el ensimismamiento produce más malestar, lo que agudiza la violencia y la angustia. El sufrimiento se vuelve una forma de control.
Hugo: Qué fuerte. Y esta idea de competencia y desconfianza constante debe impactar muchísimo en cómo construimos nuestra propia identidad, que es justo de lo que hablaremos ahora.
Hugo: ...así que esa es la base del comportamiento individual. Pero, ¿cómo pasamos de eso a cómo actuamos en sociedad? Porque ahí es donde las cosas se complican.
Lucía: Exacto. Y para entender eso, un autor llamado Tizio nos da una clave. Las instituciones no son solo edificios o reglas... son necesarias porque los humanos vivimos en un mundo simbólico.
Hugo: ¿Un mundo simbólico? ¿Qué quieres decir con eso?
Lucía: Que vamos más allá de nuestras necesidades biológicas, como comer o dormir. Nos movemos por el lenguaje, la cultura, los significados... y eso, inevitablemente, genera conflictos. No todos queremos lo mismo.
Hugo: Suena a la idea de que la sociedad nos corrompe, ¿no? Que en el fondo somos buenos.
Lucía: Freud diría que no tanto. Él hablaba del "malestar en la cultura". Es un malestar que viene de fábrica, es inherente a vivir en sociedad.
Hugo: ¿Y por qué? ¿De dónde viene ese malestar?
Lucía: Freud identifica tres causas principales. Primero, no podemos dominar la naturaleza por completo. Segundo, no podemos evitar que nuestro cuerpo se deteriore. Y tercero, y la más importante aquí, es imposible regular perfectamente las relaciones entre nosotros.
Hugo: O sea, estamos condenados al fracaso en tres frentes. Qué optimista.
Lucía: Un poco, sí. Pero aquí es donde entran las instituciones. Son como contenedores de ese malestar. Intentan darle una solución, pero... aquí está la trampa... al hacerlo, generan un nuevo problema.
Hugo: ¿Cómo es eso?
Lucía: Piensa en una ley. Regula un conflicto, pero a la vez crea una nueva forma de "goce", un término que en psicoanálisis no es placer, sino un exceso, una tensión. La institución regula ese goce para que sea socialmente aceptable, pero también lo produce. Es un ciclo.
Hugo: Hablando de regular cosas... eso me lleva directo a la agresión. Freud tenía mucho que decir sobre eso, ¿verdad?
Lucía: Muchísimo. Para él, la cultura nos exige reprimir dos pulsiones básicas: la sexual y la agresiva. Para crear una comunidad, necesitas que la gente se identifique entre sí, que formen lazos de amistad. Y eso implica ponerle un freno a la agresión.
Hugo: De ahí viene el famoso "amarás a tu prójimo como a ti mismo".
Lucía: Justamente. Pero Freud lo analiza de forma muy crítica. Dice... ¿por qué debería hacerlo? Mi amor es algo valioso. Si amo a otro, es porque se parece a mí, o porque es un ideal para mí. Pero, ¿amar a mi enemigo?
Hugo: Sí, eso ya es pedir demasiado. ¡Apenas aguanto a mi vecino cuando pone la música alta!
Lucía: Exacto. Freud dice que el ser humano no es un ser manso y amable. Tenemos una buena dosis de agresividad. El prójimo no es solo un amigo potencial, sino también una tentación para explotarlo, humillarlo o atacarlo.
Hugo: Suena bastante oscuro.
Lucía: Es que lo es. Y por eso la cultura tiene que hacer de todo para ponerle límites a esa agresión. El problema es que es más fácil unir a un grupo si tienen a otro grupo al que odiar.
Hugo: El narcisismo de las pequeñas diferencias, ¿no? Nos unimos en contra de "los otros".
Lucía: Precisamente. Al final, Freud concluye que el hombre civilizado cambió un poco de su felicidad por un poco de seguridad. Renunciamos a la libertad total de nuestras pulsiones para no matarnos entre todos.
Hugo: Un trato que parece necesario, aunque no nos haga del todo felices. Es una píldora difícil de tragar.
Lucía: Es la tensión constante entre el individuo y la sociedad. Y esa tensión es clave para entender cómo nos comportamos en grupo, lo que nos lleva directamente al fenómeno de la conformidad...
Hugo: ...así que no todo fue una aceptación pasiva. Hubo respuestas significativas a esa cultura.
Lucía: Para nada. Y aquí es donde la cosa se pone casi de ciencia ficción. Entramos en el terreno de la neuroeconomía y su aplicación, el neuromarketing.
Hugo: Suenan a palabras muy complicadas. ¿Qué son exactamente?
Lucía: Piénsalo de esta forma. En lugar de preguntarte qué quieres, los científicos usan imágenes cerebrales para ver qué partes de tu cerebro se "encienden" cuando tomas una decisión.
Hugo: O sea, ¿me espían el cerebro para venderme unas zapatillas nuevas?
Lucía: ¡Básicamente! Se rompe la vieja idea de que somos seres súper racionales. El neuromarketing estudia cómo funciona el sistema nervioso al momento de decidir.
Hugo: Y con eso, las probabilidades de control se hacen gigantes, ¿no?
Lucía: Muchísimo. Pero no solo para venderte cosas. Este enfoque también se aplica a cómo entendemos nuestra propia mente.
Hugo: ¿A qué te refieres? ¿Cómo se conecta esto con la salud mental?
Lucía: Aquí entra el famoso DSM V, el manual de diagnóstico de la Asociación Americana de Psiquiatría.
Hugo: He oído hablar de él. Suena importante.
Lucía: Lo es. Y, muy influenciado por las neurociencias, hace algo muy específico: elimina las condiciones sociales del sufrimiento psíquico.
Hugo: Espera, ¿cómo?
Lucía: Si te sientes mal, el acento no se pone en la presión de los estudios, en problemas familiares o en el trabajo. El problema, según esta visión, está en tus redes neuronales.
Hugo: Eso suena bastante extremo. ¿Puedes darme un ejemplo concreto?
Lucía: ¡Claro! La tristeza por un duelo que dura más de dos semanas... se considera una patología. La timidez es una fobia social. ¿Y la rebeldía adolescente?
Hugo: No me digas...
Lucía: Se presenta como una criminalidad potencial. Es una lógica muy simple: lo normal es lo que se adapta a la media. Todo lo que se desvía de eso es patológico.
Hugo: Wow. Y la solución, supongo, es medicar esa "desviación".
Lucía: Exacto. Se enfoca en terapias para fortalecer el "yo" y en un aumento enorme del consumo de medicamentos. Se trata al individuo, no al entorno. Y eso nos lleva directamente a cómo las terapias han cambiado...
Hugo: ...así que esa es la base. Pero, ¿cómo organizan las escuelas todo este conocimiento? No es que simplemente nos lancen los libros a la cabeza, ¿verdad?
Lucía: Esperemos que no. Es una gran pregunta, Hugo. El conocimiento se agrupa en disciplinas, como Mates o Historia, por tres razones clave.
Hugo: A ver, ilumíname.
Lucía: Primero, para enseñarlo de forma ordenada. Es el concepto didáctico. Segundo, para que adquieras habilidades útiles para la vida, como un concepto instrumental. Y tercero, porque cada campo tiene su propia lógica. Eso es lo epistemológico.
Hugo: Suena lógico. Pero he oído hablar del "modelo enciclopédico". Suena... antiguo. Como a una estantería llena de polvo.
Lucía: ¡Exacto! Es el formato escolar clásico. El problema es que este modelo ignoraba los saberes previos del alumno. Te decía: "Olvida lo que sabes, esto es lo que importa".
Hugo: Vaya, un poco autoritario. ¿Y funcionaba?
Lucía: Creían que sí. Pensaban que adaptando a todos a los mismos valores se lograban los fines de la educación. Pero en realidad, creaba una desconexión total.
Hugo: Entonces, ¿la escuela no debería ser un "templo del saber" intocable?
Lucía: Para nada. La escuela es donde el saber se hace público, se debate, se critica. Se vuelve un proceso vivo de enseñanza y aprendizaje. No un dogma.
Hugo: Pero ahí es donde surgen los problemas, ¿no? La crisis.
Lucía: Exacto. Cuando la escuela se cree un templo, se desfasa. Hoy, el conocimiento es casi una simulación virtual de la realidad. Quien conoce es un sujeto que imagina posibilidades, no que solo repite datos.
Hugo: Y esto afecta también a la enseñanza y al aprendizaje.
Lucía: Totalmente. La enseñanza se "normalizó", se estancó. Pero el saber es histórico, ¡cambia! Hay que moverse en la incertidumbre, innovar. Y luego está la crisis de lo lúdico.
Hugo: ¿Lo lúdico? ¿Te refieres a jugar?
Lucía: Sí. Aprender es un acto creativo, gozoso. Es un tiempo para producir sentidos. La escuela pierde su alma cuando, para aprender, tienes que dejar de ser tú mismo en la puerta.
Hugo: O sea que no tenía que haber dejado mi personalidad en la taquilla cada mañana. ¡Ahora me lo dices!
Lucía: ¡Exacto! El sujeto que aprende es el que produce, no el que se anula. Y aquí es donde entran nuevas formas de organizar el conocimiento para solucionar esto...
Hugo: Y justo eso me hace pensar… si el saber necesita del lenguaje para existir, ¿cuál es el verdadero rol del maestro en todo esto?
Lucía: ¡Exacto! Esa es la pregunta clave, Hugo. La pedagogía no asume que el "deseo de saber" ya existe. No es como tener hambre.
Hugo: Ojalá fuera tan fácil, ¿no? Solo servir un plato de logaritmos y listo.
Lucía: ¡Imagínate! El verdadero trabajo del maestro es *causar* ese interés. Producir, de alguna forma, el consentimiento del sujeto para aprender. Aquí entra en juego la transferencia.
Hugo: O sea que el maestro es la pieza clave de todo el proceso educativo.
Lucía: Lo es. Es el principal agente. Su posición es, fundamentalmente, despertar la curiosidad del alumno.
Hugo: Pero hoy en día... ¿no se ha devaluado un poco esa figura? Siento que ya no tienen el mismo peso social que antes.
Lucía: Totalmente. Piensa que el médico, el capellán y el maestro eran las figuras de referencia. Hoy, la cultura de la imagen, internet y la pérdida de seguridad en el futuro han cambiado su valor.
Hugo: Claro, ahora todos buscan la respuesta en un video de treinta segundos.
Lucía: Exacto. Y a la escuela se le pide que intervenga en todo, descuidando su función específica: producir sujetos que sepan leer y escribir.
Hugo: Y cuando algo falla, empieza el juego de culpas: los maestros, los padres, la sociedad...
Lucía: Sí, y no se trata de culpar, sino de ver las razones estructurales. Lo que realmente opera es el deseo del agente de educar, un deseo que sepa equilibrar lo general y lo particular.
Hugo: Es que hay tantos factores... el exceso de alumnos, las evaluaciones constantes... Parece que los maestros ni siquiera tienen un lugar para hablar de sus dificultades.
Lucía: Ese es un punto crucial. Y es algo que tenemos que abordar, porque la educación depende del consentimiento del sujeto, y eso hay que analizarlo caso por caso.
Hugo: Y justo hablando de eso... me pregunto, Lucía, ¿qué es exactamente la "educación"? Suena simple, pero creo que no lo es.
Lucía: Para nada, Hugo. Es una pregunta clave. El autor Diker dice que definirla tiene al menos dos obstáculos enormes.
Hugo: ¿Obstáculos? ¿Como cuáles?
Lucía: Bueno, el primero es que es difícil distinguirla de otras cosas... como la socialización o la crianza. ¿Dónde termina una y empieza la otra?
Hugo: Claro, es una línea borrosa. ¿Y el segundo?
Lucía: Es uno en el que todos caemos: identificar "educación" con "escuela". Es un error súper común.
Hugo: Espera, pero... ¿no es lo mismo? Digo, ahí es donde nos educamos.
Lucía: ¡Exacto! Es una trampa mental. Desde el siglo diecisiete, la forma escolar se expandió tanto que se convirtió en nuestra única referencia.
Hugo: Así que la pedagogía, como campo de estudio, se enfocó casi por completo en la escuela.
Lucía: Precisamente. Y al hacerlo, dejó invisibles un montón de otras prácticas educativas que ocurren fuera de esas paredes.
Hugo: Tiene sentido, sobre todo hoy en día que aprendemos de todos lados, desde internet hasta en la propia ciudad.
Lucía: Totalmente. Por eso Diker intenta rescatar lo específico de la educación y dice que una acción es educativa cuando cumple tres operaciones. ¿Vemos la primera?
Hugo: ¡Claro! Dispara.
Lucía: La primera es transmitir un "fondo cultural común". O sea, conocimientos, valores, saberes... lo que una sociedad considera valioso.
Hugo: Como pasar la herencia cultural a los que vienen llegando, ¿no?
Lucía: ¡Justo eso! Es una acción entre generaciones. Pero aquí viene lo interesante... esa herencia no es neutral.
Hugo: ¿A qué te refieres?
Lucía: A que hay una lucha política constante por decidir qué se incluye en ese "fondo común" y quiénes son los "herederos" legítimos. No es un simple traspaso de información.
Hugo: Wow, ok. Eso le da una dimensión completamente nueva. Entonces, ¿cuáles son las otras dos operaciones?
Hugo: Y con eso, llegamos a nuestro último gran tema. Después de todo lo que hemos hablado, me pregunto... ¿cuáles son los cimientos de todo esto? La teoría pura y dura detrás de la educación.
Lucía: Me encanta que lo llames “la teoría pura y dura”. Es una pregunta clave, Hugo. Y para responderla, podemos empezar con un autor, Cullen, que dice algo muy simple pero potente.
Hugo: A ver, dispara. ¿Qué dice Cullen?
Lucía: Él define la educación como “socializar mediante el conocimiento”. Es decir, su función principal es integrarnos en la sociedad a través de lo que aprendemos.
Hugo: Suena lógico. Pero, ¿por qué los filósofos lo complican tanto entonces?
Lucía: ¡Porque no es tan simple! Primero, la idea de “conocimiento” ha cambiado muchísimo a lo largo de la historia. Y segundo, la función social que le damos a la educación también ha variado.
Hugo: Vale, entiendo. Entonces, ¿cómo se reflejan esas ideas en algo práctico como el currículo escolar?
Lucía: Buena pregunta. El currículo se apoya en tres fundamentos. Piensa en ellos como las patas de una mesa, necesita las tres para ser estable.
Hugo: De acuerdo, soy todo oídos.
Lucía: La primera es la coherencia normativa. Básicamente, que el currículo esté alineado con los valores éticos y políticos de la sociedad. La segunda es la consistencia racional. Esto significa que lo que se enseña tiene que tener lógica, ser crítico y argumentado. No vale el “porque sí”.
Hugo: ¿Y la tercera pata de la mesa?
Lucía: La prudencia razonable. Suena muy formal, pero solo significa que el currículo debe ser realista. Que los profes puedan aplicarlo y adaptarlo en el aula. De nada sirve un plan perfecto si es imposible de llevar a cabo.
Hugo: Tiene sentido. Ahora, sobre la acción misma de educar... he oído que hay como dos grandes bandos. ¿Es así?
Lucía: Totalmente. Por un lado, está la idea de “ayudar a sacar algo que ya tienes dentro”. Viene de Rousseau y es la base de las pedagogías activas. El foco está en el aprendizaje del niño, en su desarrollo.
Hugo: Como un jardinero que cuida una planta para que crezca por sí misma.
Lucía: ¡Exacto! Y por otro lado, está la idea de “intervenir para formar a alguien”. Esta es más como la del escultor que moldea la arcilla. Viene del empirismo, de la idea de la *tabula rasa* de Locke, donde el niño es una pizarra en blanco.
Hugo: Y supongo que la realidad está en algún punto intermedio, ¿no? No somos ni pizarras en blanco ni plantas que crecen solas.
Lucía: Justo ahí está la clave. La educación siempre está en esa tensión entre conservar lo que ya hay y crear algo nuevo. Es una intervención que, en cierto modo, siempre está “en falta”, porque nunca logra un resultado perfecto... y gracias a esa imperfección, surge un sujeto nuevo y diferente.
Hugo: Hablando de un mundo nuevo, hoy todo parece estar en crisis, incluida la educación. ¿Cómo afecta eso a estos fundamentos?
Lucía: Pues, otro autor, Meirieu, diría algo sorprendente: ¡la crisis de la educación es el precio que pagamos por vivir en democracia!
Hugo: Vaya, eso es un giro. ¿A qué se refiere?
Lucía: En una democracia, nadie tiene la verdad absoluta sobre cómo educar. No hay una única dirección. Esa incertidumbre es la crisis. Y Meirieu dice que debemos reivindicarla, porque significa que somos libres.
Hugo: Pero se siente como si todo se estuviera desmoronando... la brecha entre generaciones, la tecnología...
Lucía: Es que a esa crisis se suman otros problemas. Por ejemplo, vivimos en un mundo mediático que nos trata como niños caprichosos. La publicidad nos grita “¡tus deseos son órdenes!”.
Hugo: Y la escuela tiene que decir justo lo contrario. Qué tarea tan difícil.
Lucía: Exacto. La educación nos enseña a aplazar el deseo, a pensar antes de actuar. A entender que no somos el centro del mundo y que hay reglas comunes para poder vivir juntos.
Hugo: Qué buen cierre para nuestra charla, Lucía. Entonces, para recapitular todo lo que vimos hoy... La educación es, en esencia, socializar a través del conocimiento.
Lucía: Sí, y el currículo que lo organiza necesita ser coherente con nuestros valores, lógicamente sólido y, sobre todo, práctico en el aula.
Hugo: Y aunque debatamos entre ser jardineros o escultores de mentes, la verdadera magia está en ese equilibrio entre conservar la cultura y permitir que surja algo completamente nuevo.
Lucía: Exacto. Aceptando la “crisis” como una señal de libertad democrática, donde educar es enseñar a pensar, a esperar y a convivir. No es una tarea fácil, pero es fundamental.
Hugo: Pues con esa reflexión tan potente, cerramos este capítulo. Lucía, como siempre, un placer tenerte aquí en Studyfi Podcast. Ha sido un viaje increíble por la pedagogía.
Lucía: El placer ha sido mío, Hugo. Gracias a ti y a todos los que nos han escuchado. ¡Hasta la próxima!
Hugo: Y a todos ustedes, gracias por acompañarnos. Sigan estudiando, sigan cuestionando y nos oímos en el próximo podcast. ¡Adiós!