Podcast sobre Sociología del Desarrollo Científico
Sociología del Desarrollo Científico: Factores y Avance
Podcast
Estructura y práctica científica
Délka: 23 minut
Kapitoly
La carrera por ser el primero
¿De quién es la idea?
La Invención del Progreso
Newton Necesitaba un Empujón
La Inmortalidad Científica
La necesidad, madre de la invención
La conversación científica
La ciencia utilitaria
Una nueva educación
Progreso y Ciencia
El Peligro de lo Inevitable
La nueva antigüedad
El optimismo utilitario
Progreso divino y pólvora
Batallas por la Gloria
El Reclamante Universal
La fama científica
Más allá de los nombres
Cocinando los Datos
Robar Ideas... o Acusar de Robo
El Precio de la Fama Científica
Resumen y Despedida
Přepis
Valeria: Imagina a una estudiante, llamémosla Sofía. Pasa meses en un laboratorio, a punto de hacer un descubrimiento increíble. Y justo cuando va a publicar sus hallazgos, ¡BUM! Se entera de que un equipo al otro lado del mundo publicó exactamente lo mismo la semana anterior.
Daniel: Qué pesadilla. Toda esa emoción, todo ese trabajo, y de repente sientes que no sirvió para nada. Es una sensación terrible.
Valeria: Y súper común en la ciencia, ¿verdad? Estás escuchando Studyfi Podcast, donde analizamos cómo funcionan realmente las cosas.
Daniel: Totalmente. Porque esa “carrera” no es un accidente. Es parte de la estructura social de la ciencia. La institución científica valora la originalidad por encima de casi todo. Ser el primero en descubrir algo es la máxima recompensa.
Valeria: Entonces, el reconocimiento es como la moneda de cambio de la ciencia. ¿Pero qué pasa con la idea en sí? ¿No es tu “propiedad intelectual”?
Daniel: Ahí está lo interesante. A diferencia de un invento que puedes patentar, una vez que publicas un descubrimiento científico, ya no te pertenece. Pasa a ser de dominio público, para que otros puedan usarlo y construir sobre él.
Valeria: O sea, ¿no podrías patentar la ley de la gravedad y cobrarle a la gente por no salir flotando?
Daniel: ¡Exacto! Aunque a Newton probablemente le habría encantado la idea. El único “derecho de propiedad” que te queda es el reconocimiento social, el prestigio de que tu nombre quede asociado a ese hallazgo para siempre.
Valeria: Por eso las disputas sobre quién fue el primero son tan intensas. ¡Se están jugando su legado!
Daniel: Precisamente. Esa presión institucional explica por qué científicos, que suelen ser personas súper íntegras, a veces se obsesionan tanto con la prioridad. Es el motor que impulsa gran parte del avance científico, aunque a veces sea un poco estresante.
Valeria: Un motor potente y a veces conflictivo. Ahora, hablemos de cómo esa competencia se organiza en la práctica...
Valeria: Entonces, no es solo el método científico lo que importa, sino también el contexto cultural, ¿verdad?
Daniel: Exactamente. Y un cambio clave fue la propia idea de progreso. Hoy la damos por sentada, pero en el siglo XVII fue revolucionaria.
Valeria: ¿Revolucionaria? ¿No se suponía que siempre queríamos mejorar?
Daniel: No realmente. Durante siglos, el pensamiento dominante miraba hacia atrás, a una supuesta "Edad de Oro" del pasado. La idea de un futuro mejor, impulsado por la ciencia, era totalmente nueva.
Valeria: Vaya, es como si de repente hubieran cambiado el mapa de "dónde venimos" por uno de "hacia dónde vamos".
Daniel: ¡Esa es una gran analogía! Y ese optimismo fue el motor que impulsó descubrimientos increíbles.
Valeria: Pero, ¿esos descubrimientos no eran obra de genios solitarios en sus laboratorios?
Daniel: A menudo pensamos eso, pero la ciencia es fundamentalmente una actividad social. Pensemos en Isaac Newton.
Valeria: El de la manzana, ¡claro!
Daniel: El mismo. Tuvo sus ideas sobre la gravedad en 1666, pero las guardó durante casi veinte años. No las publicó.
Valeria: ¿¡Veinte años!? ¿Por qué?
Daniel: No estaba del todo seguro de algunos detalles. Solo publicó sus famosos *Principia* después de que su amigo Halley lo visitara y lo animara. La interacción fue crucial.
Valeria: Así que hasta Newton necesitaba que un amigo le dijera: "Oye, ¿ya terminaste tu tarea?".
Daniel: ¡Básicamente! Demuestra que la ciencia es conocimiento público, no privado. Debe ser validado por otros.
Valeria: Y si es una actividad social, supongo que también hay recompensas sociales, más allá del dinero.
Daniel: Desde luego. La recompensa máxima es la eponimia.
Valeria: ¿La epo-qué?
Daniel: Eponimia. Es cuando un descubrimiento lleva tu nombre. Piensa en la ley de Hooke, el cometa de Halley o la era newtoniana.
Valeria: Ah, claro. Es como si tu nombre quedara grabado para siempre en la historia de la humanidad.
Daniel: Exacto. Es una forma de inmortalidad. Y ese reconocimiento ha sido un incentivo potentísimo a lo largo de los siglos. Ahora, hablemos de cómo las instituciones formales, como las academias, ayudaron a organizar todo esto...
Valeria: ...y esa explosión demográfica de la que hablábamos trajo consigo un montón de desafíos que nadie esperaba. Problemas que necesitaban soluciones... y rápido.
Daniel: Exacto. Y aquí es donde la historia de la ciencia y la tecnología se pone fascinante. Porque las nuevas necesidades dirigen la investigación. No se inventa en el vacío, sino para resolver algo concreto.
Valeria: A ver, dame un ejemplo claro. ¿Cómo funcionaba eso en la práctica?
Daniel: Piensa en la comida. Más gente en las ciudades significa que necesitas más comida. Esto estimuló un montón de mejoras agrícolas. De repente, todos buscaban cómo hacer la tierra más fértil o cómo sembrar de forma más eficiente.
Valeria: ¿Como con magia?
Daniel: Casi. Hubo patentes para cosas como «arar la tierra sin caballos ni bueyes». ¡Imagínate! Y por supuesto, la famosa sembradora de Jethro Tull, que cambió las reglas del juego para plantar cereales.
Valeria: Claro, una cosa es producir más comida... pero luego hay que llevarla a la gente. Y las carreteras de la época no eran precisamente autopistas.
Daniel: ¡Ese fue otro gran problema! El transporte terrestre era carísimo y súper lento. Por eso, muchos inventores y científicos se centraron en mejorar el transporte por agua, que era mucho más eficiente para grandes volúmenes.
Valeria: ¿Y qué tipo de cosas inventaron para eso?
Daniel: Pues, por ejemplo, máquinas de dragado para hacer los ríos más profundos y navegables. El «arado acuático» de John Gilbert es un buen ejemplo. La idea era limpiar los ríos para que los barcos pudieran pasar con todas esas mercancías.
Valeria: Y supongo que lo mismo pasó con el agua potable en las ciudades, ¿no? Más gente, más sed.
Daniel: Totalmente. Se necesitaron bombas de agua más potentes y sistemas para llevarla a las casas. Aquí está la clave de todo: una invención se vuelve mucho más valiosa cuando soluciona el problema de miles de personas a la vez.
Valeria: Así que, a mayor población, mayor incentivo para inventar. Es un ciclo que se retroalimenta.
Daniel: Exacto. Y ese ciclo nos lleva a pensar no solo en los inventos, sino en las personas que los crearon, los llamados «padres de la ciencia»...
Valeria: Entonces, no basta con tener mucha gente inteligente en un lugar. Parece que falta un ingrediente clave para que la innovación realmente despegue.
Daniel: Exacto, Valeria. Piensa en ello como una fiesta. Puedes tener a los invitados más interesantes del mundo, pero si nadie habla con nadie... ¡es la fiesta más aburrida de la historia!
Valeria: ¡Totalmente! Entonces, ¿la ciencia necesita ser más sociable?
Daniel: ¡Mucho más! La interacción social es el motor. Cuando las mentes chocan, surgen chispas. Por el contrario, la falta de contacto lleva al estancamiento, a que las ideas se queden viejas y polvorientas.
Valeria: Okay, eso tiene sentido. ¿Tienes algún ejemplo famoso de esto en acción?
Daniel: Claro, hay una historia genial del siglo diecisiete. Se trata de un astrónomo llamado Jean Richer que viajó de París a la Guayana Francesa.
Valeria: Suena a una aventura...
Daniel: ¡Lo fue! Se llevó su reloj de péndulo, que era súper preciso en París. Pero al llegar a la Guayana... ¡empezó a atrasarse dos minutos y medio cada día! Un misterio total.
Valeria: Qué raro. ¿Le echó la culpa a la humedad tropical?
Daniel: Podría haberlo hecho, ¡pero no tenía explicación científica! Él solo observó el hecho. Aquí está la parte crucial: no se guardó el misterio. Se lo comunicó a otro científico brillante, Christiaan Huyghens.
Valeria: Y supongo que Huyghens sí tenía la respuesta...
Daniel: ¡Bingo! Huyghens conectó los puntos. Se dio cuenta de que se debía a la fuerza centrífuga de la Tierra, que es mayor cerca del ecuador. La observación de Richer, que por sí sola no significaba nada, se convirtió en una prueba clave de cómo funciona nuestro planeta.
Valeria: Wow. Así que el punto clave es que una observación sin comunicación es solo una anécdota. Pero compartida, puede impulsar una teoría completamente nueva.
Daniel: Precisamente. Y esto nos lleva a pensar no solo en la comunicación, sino en el ambiente que la fomenta. Hablemos un poco de los valores culturales...
Valeria: Y eso que mencionas sobre la utilidad se conecta directamente con cómo cambió la ciencia en esa época, ¿no es así?
Daniel: Exacto. De hecho, el utilitarismo se metió hasta el corazón del método científico. Fue un cambio de mentalidad brutal.
Valeria: ¿A qué te refieres con que se metió en su corazón? Suena... intenso.
Daniel: Lo fue. Piénsalo así: antes, un filósofo o un esteta podía mirar una flor y maravillarse de su belleza única. Pero la nueva ciencia la veía diferente.
Valeria: ¿Cómo la veía?
Daniel: La veía como un simple ejemplo de una especie. No importaba *esa* flor en particular, sino lo que tenía en común con todas las demás para poder establecer una ley general, una regularidad.
Valeria: O sea, se perdió el interés por lo único para centrarse en lo repetitivo.
Daniel: Justo eso. El objetivo ya no era solo contemplar, sino predecir y controlar la naturaleza. Y para controlar algo, necesitas que sea predecible, ¿cierto?
Valeria: Claro, tiene sentido. Necesitas reducir todo a variables que puedas medir y manejar.
Daniel: Exactamente. Es la famosa frase de Francis Bacon: "el conocimiento es poder". El objetivo era mejorar la condición humana a través del control del entorno. Una idea muy poderosa.
Valeria: ¿Y esta nueva forma de pensar se quedó solo en los laboratorios?
Daniel: ¡Para nada! Se extendió rápidamente a la educación. Al principio, las universidades eran súper tradicionales. De hecho, si un estudiante no seguía a Aristóteles al pie de la letra, ¡lo multaban con cinco chelines!
Valeria: ¡No puede ser! ¿En serio?
Daniel: Sí. Pero esa rigidez no duró. El cambio fue tan grande que incluso el Parlamento inglés invitó a un pedagogo, Comenius, a crear un colegio basado en estas nuevas ideas de Bacon.
Valeria: Wow, un cambio radical. Y supongo que ese pragmatismo no se detuvo ahí, ¿verdad? Nos lleva a pensar en cómo se recompensa hoy en día a los científicos...
Valeria: Entonces, ese avance científico que mencionabas no ocurrió en el vacío. ¿Cómo se conectó con la idea general de 'progreso' que estaba naciendo en esa época?
Daniel: ¡Exacto! Es una relación de ida y vuelta. Piensa que la gente veía avances reales en ciencia y tecnología. Y claro, eso les hacía creer que la sociedad en general estaba mejorando, que estaba progresando.
Valeria: Tiene sentido. Si inventas el telescopio, de repente te sientes bastante avanzado.
Daniel: Totalmente. Pero aquí viene lo interesante... esa misma fe en el progreso se convirtió en combustible para más ciencia. El filósofo Francis Bacon lo dijo claro: la desesperanza es el mayor obstáculo. Si crees que puedes lograr algo, te esfuerzas más.
Valeria: Como un círculo virtuoso. El éxito alimenta la confianza, y la confianza alimenta más éxito.
Daniel: Precisamente. Era una mentalidad dinámica. La gente creía que el progreso era *posible*, y eso los motivaba a trabajar para conseguirlo.
Valeria: Espera, has dicho que creían que era *posible*... ¿Acaso esa idea cambió después?
Daniel: ¡Gran observación! Sí, cambió drásticamente. Para el siglo diecinueve, la idea se transformó. El progreso ya no era solo una posibilidad, sino una ley inevitable de la naturaleza. Algo que iba a pasar sí o sí.
Valeria: Ah, genial. Entonces me puedo sentar a esperar que todo mejore solo. ¿Para qué molestarse en inventar cosas?
Daniel: Exacto, ese es el peligro. Esa visión puede llevar al quietismo, a una actitud fatalista. Si el tren del progreso avanza solo, ¿para qué empujarlo? Se pierde ese incentivo para la acción diligente que existía antes.
Valeria: Ya veo. Así que la *creencia* en el progreso es útil, pero solo hasta cierto punto. Además, me imagino que también intentaron aplicar otras 'leyes' de la ciencia a la sociedad, ¿no?
Daniel: Totalmente. Pero esa transferencia de ideas, de la física a lo social, es un tema fascinante y complejo... que veremos justo a continuación.
Valeria: Entonces, esta nueva forma de pensar sobre la ciencia no se quedó solo en los laboratorios, ¿verdad? Cambió por completo la idea que la gente tenía sobre el futuro.
Daniel: Exacto, Valeria. Francis Bacon lo resumió perfectamente. Dijo que la verdadera antigüedad era su propia época, no la de los griegos o romanos. Nosotros somos los 'antiguos', porque acumulamos todo su conocimiento... y más.
Valeria: ¡Claro! Es como si tuviéramos toda la sabiduría de la historia y además, internet.
Daniel: Justamente. Y para Bacon, el progreso era práctico. Significaba desarrollar herramientas para dominar la naturaleza y, en teoría, aumentar nuestro bienestar y felicidad.
Valeria: Suena muy lógico ahora, pero en ese momento debió ser una idea revolucionaria, sobre todo para la gente religiosa.
Daniel: Lo fue. Para un cristiano medieval, la felicidad terrenal era secundaria. Pero la cultura estaba cambiando. Ideas como la del calvinismo, donde el éxito práctico podía ser una señal de la gracia divina, encajaban muy bien con esta nueva fe en el progreso social.
Valeria: O sea que la mentalidad se volvió mucho más... utilitaria.
Daniel: Totalmente. Y esto desató un optimismo increíble. Un pensador, Joseph Glanvill, decía que si habían avanzado tanto en pocos años, el futuro traería una aceleración del conocimiento aún mayor.
Valeria: ¿Y qué pasaba con la religión? ¿No se sintió amenazada por esta explosión de conocimiento secular?
Daniel: Aquí viene lo sorprendente. Muchos líderes religiosos se subieron al carro. Un teólogo llamado John Edwards argumentó que si el conocimiento secular avanzaba, ¿por qué no podría hacerlo también el 'conocimiento divino'?
Valeria: Tiene sentido... si un área mejora, la otra también puede hacerlo.
Daniel: Exacto. Y usaba ejemplos como la brújula, la imprenta y... la pólvora.
Valeria: Espera, ¿la pólvora como ejemplo de progreso? ¿Cómo justificó eso?
Daniel: Con un utilitarismo extremo. Dijo que era un medio más rápido y económico para matar enemigos. Su lógica era que, como las guerras son inevitables, era bueno tener un método eficiente que ahorrara tiempo y sangre.
Valeria: Wow. Eso es... increíblemente práctico. Se ve cómo esa mentalidad de eficiencia estaba empezando a dominarlo todo.
Daniel: Así es. Y esa idea de medir todo por su utilidad práctica nos lleva directamente a nuestro siguiente punto: las consecuencias sociales de esta nueva forma de ver el mundo.
Valeria: Así que, a pesar de todo ese sistema de colaboración que mencionabas, parece que el mundo de la ciencia no siempre es tan... ¿armonioso?
Daniel: Para nada. De hecho, aquí es donde la cosa se pone interesante y un poco turbia. La historia de la ciencia está llena de disputas, a veces bastante sórdidas, por la prioridad en los descubrimientos. Son tan comunes que los alemanes tienen una palabra para ellas: Prioritätsstreit.
Valeria: Me imagino. A nadie le gusta que le roben una idea. ¿Tenemos ejemplos famosos?
Daniel: ¡Claro que sí! Y no hablamos de científicos menores. Pensemos en Galileo. Él se convirtió en un verdadero veterano de estas batallas. Defendió con uñas y dientes que él inventó la 'brújula geométrica y militar' y no un tal Baldassar Capra.
Valeria: ¿En serio? ¿El gran Galileo en una pelea por una brújula?
Daniel: ¡Y eso no es todo! Se enfrentó a un sacerdote, Horatio Grassi, que quería quitarle el mérito del telescopio para uso astronómico. Y a otro tipo que decía haber visto las manchas solares primero. ¡Incluso llamó 'villano' a alguien que intentó robarle la gloria!
Valeria: Wow, un 'villano'... suena a película de superhéroes. Galileo contra el Doctor Plagio.
Daniel: Totalmente. Y si Galileo era un combatiente, Isaac Newton libró batallas épicas con Robert Hooke por ideas sobre óptica y mecánica celeste. Y ni hablar de su enorme controversia con Leibniz por la invención del cálculo.
Valeria: Parece que ser un genio implicaba tener buenos abogados.
Daniel: Prácticamente. Y el propio Hooke era otra categoría. Lo llamaban el 'reclamante universal'. Prácticamente no había descubrimiento en su época que no dijera que él había hecho primero. Y aquí está lo interesante... a menudo tenía razón. Fue uno de los hombres más inventivos de su siglo.
Valeria: Un personaje realmente complejo. Suena a que tenemos que hablar más de él y de cómo estas peleas realmente moldeaban la ciencia de la época.
Valeria: Entonces, si la originalidad es tan crucial, el sistema de recompensas debe ser... intenso. ¿Cómo reconoce la ciencia a sus estrellas?
Daniel: Buena pregunta. La forma más duradera es la "eponimia". Es cuando un descubrimiento o unidad lleva tu nombre. Piensa en el voltio, el ohmio, el amperio... todos son apellidos de físicos.
Valeria: ¡Claro! Es como alcanzar la inmortalidad científica. Tu nombre se convierte literalmente en parte del lenguaje de la ciencia.
Daniel: Exacto. Pero no todos estaban de acuerdo. A Darwin, por ejemplo, le indignaba la costumbre en biología de nombrar una especie por quien la describía primero.
Valeria: ¿En serio? ¿Por qué?
Daniel: Él decía que premiaba el trabajo apresurado y negligente. Llamaba a algunos naturalistas "traficantes de especies" que solo querían una inmortalidad fácil.
Valeria: "Traficantes de especies"... Suena como el villano de una película de ciencia ficción.
Daniel: Totalmente. Pero la eponimia es solo la punta del iceberg. El sistema de recompensas tiene muchos más niveles.
Valeria: Me imagino que sí. No todos pueden tener una unidad eléctrica con su nombre.
Daniel: Para nada. Quizá el más famoso hoy es el Premio Nobel. Pero también hay medallas, membresías en academias de élite como la Royal Society, e incluso títulos de nobleza.
Valeria: ¿Títulos? ¿Como en la realeza?
Daniel: ¡Sí! A Newton lo nombraron caballero, y a William Thomson lo convirtieron en Lord Kelvin. Las universidades también dan títulos honorarios. ¡Hasta los historiadores de la ciencia participan!
Valeria: ¿Cómo es eso?
Daniel: Al determinar quién fue el "primero" en descubrir algo, ayudan a cimentar ese legado. Así que, como ves, todo el sistema está diseñado para reforzar un valor central.
Valeria: La originalidad. Ser el primero lo es todo.
Daniel: Exactamente. Pero aquí viene lo interesante... esa enorme presión por ser original y reconocido choca directamente con otro valor fundamental de la ciencia.
Valeria: Entonces, esa presión por ser el primero en descubrir algo es enorme. Pero, ¿qué pasa cuando esa competitividad... se vuelve tóxica?
Daniel: Esa es la pregunta clave, Valeria. Y nos lleva al lado oscuro de la ciencia. Cuando la necesidad de 'ganar' es tan grande, algunos científicos cruzan la línea.
Valeria: Cruzar la línea... ¿te refieres a hacer trampa directamente?
Daniel: Exactamente. Fraude. El matemático del siglo diecinueve, Charles Babbage, lo describió de una forma muy gráfica. Habló de científicos que se dedican a "recortar" y "cocinar" los datos.
Valeria: ¿Cocinar? Espero que no se refiera a poner un experimento en una sartén.
Daniel: No, no. "Cocinar" los datos significa que haces un montón de observaciones, pero solo publicas las que encajan perfectamente con tu hipótesis. Es deshonestidad intelectual pura y dura.
Valeria: Ah, ya entiendo. Es una verdad a medias, que a veces es peor que una mentira. ¿Hay casos famosos de esto?
Daniel: Por supuesto. El biólogo Paul Kammerer falsificó especímenes de salamandras para probar una teoría. Y ni hablar del Hombre de Piltdown, un supuesto cráneo prehistórico que fue un engaño cuidadosamente fabricado y aceptado por cuarenta años.
Valeria: Wow. ¿Pero esto es común? Porque si no, ¿cómo podemos confiar en la ciencia?
Daniel: Aquí está la buena noticia: el fraude directo es muy raro. La ciencia tiene un sistema de auto-corrección. Tus colegas revisan tu trabajo e intentan replicar tus experimentos. Es difícil salirse con la tuya por mucho tiempo.
Valeria: Ok, eso me tranquiliza. ¿Qué es más frecuente entonces?
Daniel: Algo más sutil. El plagio... y más a menudo todavía, las acusaciones de plagio. A veces falsas. El ambiente se ponía tan tenso que todos se acusaban entre sí de robar ideas.
Valeria: ¿Como quién?
Daniel: Descartes, el famoso filósofo, acusó a Hobbes y a un joven Pascal de plagiarlo. Pero a su vez, ¡otros lo acusaban a él! Era un círculo vicioso de desconfianza.
Valeria: Suena a un drama de secundaria, pero con genios.
Daniel: Totalmente. Lo que nos muestra que la cultura de la ciencia, al poner tanto énfasis en la originalidad, puede volverse... patogénica. Puede, en cierto modo, enfermar el ambiente de trabajo.
Valeria: Entonces, para resumir, el mismo sistema que incentiva los grandes descubrimientos también puede crear estos dilemas éticos. La clave está en la vigilancia y la honestidad de toda la comunidad. Ahora, hablemos un poco más de ese sistema de control: la revisión por pares.
Valeria: Y toda esta presión por ser el primero... me imagino que tiene consecuencias, ¿no? No todo puede ser positivo.
Daniel: Para nada. De hecho, la historia está llena de trucos para asegurar la prioridad. En el siglo XVII, Galileo y Hooke anunciaban descubrimientos usando... ¡anagramas!
Valeria: ¿Como en un código secreto? ¡Qué dramático!
Daniel: Totalmente. El objetivo era doble: marcar la fecha de tu idea, pero sin que tus rivales la entendieran hasta que estuvieras listo. Otros depositaban manuscritos sellados en academias. Era una carrera de ingenio y desconfianza.
Valeria: Pero esa competencia también tiene un lado oscuro, me imagino.
Daniel: Definitivamente. Para muchos, la presión de ser original y publicar constantemente es abrumadora. La ciencia avanza con pequeños pasos, pero el sistema solo parece recompensar los saltos gigantes.
Valeria: Y si no das ese salto... ¿qué pasa?
Daniel: Algunos caen en conductas poco éticas. Pero otros simplemente se retiran. El físico Waterston abandonó la ciencia por completo después de que rechazaran su trabajo. O peor, Robert Mayer, uno de los padres del principio de conservación de la energía, tuvo una crisis tan grave por las disputas de prioridad que intentó quitarse la vida.
Valeria: Es una lección increíble. El sistema que impulsa el descubrimiento también puede quebrar a las personas que lo hacen posible. Un recordatorio de que la ciencia, al final, es profundamente humana.
Daniel: Exacto. Desde los fundamentos de la sociología hasta la ética de la investigación, todo gira en torno a esa interacción humana. Ha sido un placer explorar estos temas contigo.
Valeria: Igualmente, Daniel. Y gracias a todos por acompañarnos en Studyfi Podcast. Esperamos que hayan disfrutado el viaje. ¡Hasta la próxima!