Podcast sobre Psicoterapia Racional Emotiva: Orígenes y Fundamentos
Psicoterapia Racional Emotiva: Orígenes y Fundamentos
Podcast
Psicoterapia Racional-Emotiva: Tu Mente, Tu Aliada
Délka: 25 minut
Kapitoly
Orígenes Sorprendentes
El Viaje de un Terapeuta Rebelde
El Gran Descubrimiento: Tu Diálogo Interno
De Deseos a Exigencias Absolutas
Pensamiento y Emoción: No Son Enemigos
Conclusión y Avance
La Perspectiva Emocional
De Perros y Pacientes
El Obstáculo Humano
La Campana y la Saliva
Aprendiendo y Desaprendiendo
El Cerebro Piensa, Luego Siente
La Teoría de la Apreciación
Reflejos y Reflexiones
La falsa necesidad de depender
Colaborador vs. Servil
El Castigo No Funciona
La Actitud Racional
Cuando la Realidad Frustra
Dependencia vs. Autonomía
El Pasado No Te Define
Resumen y Despedida
Přepis
Álvaro: …espera, espera, ¿entonces me estás diciendo que la base de una de las terapias psicológicas más importantes del siglo XX no se inventó en un laboratorio moderno, sino que viene de los antiguos filósofos estoicos? ¡Eso es increíble, Lucía!
Lucía: ¡Exacto! Suena a ciencia ficción, pero es totalmente cierto. Estás escuchando Studyfi Podcast, y sí, vamos a hablar de cómo ideas de hace dos mil años pueden ayudarte a aprobar tu próximo examen y a sentirte mejor.
Álvaro: Me has dejado alucinado. ¿Hablamos de gente como Marco Aurelio, el emperador romano?
Lucía: El mismísimo. Él, Epicteto, y otros pensadores budistas y taoístas ya decían lo esencial de la Terapia Racional-Emotiva, o TRE. Lo que hizo su fundador, Albert Ellis, fue aplicar estas ideas milenarias directamente a la psicoterapia.
Álvaro: Vale, ¿y quién era este Albert Ellis? ¿Cómo llegó a conectar la filosofía antigua con los problemas de ansiedad de, no sé, un contable en Nueva York?
Lucía: ¡Buena pregunta! Ellis empezó como un psicoanalista súper tradicional, de los de diván y hablar de la infancia durante años. Pero se dio cuenta de algo frustrante.
Álvaro: ¿Qué cosa?
Lucía: Que sus pacientes tenían grandes revelaciones, como «¡Ah, ahora entiendo que todo viene porque odio a mi padre!». Se sentían genial por un día… pero luego volvían exactamente con los mismos problemas. No podían levantarse para ir a trabajar, seguían discutiendo con su pareja…
Álvaro: O sea, que saber por qué estás metido en un hoyo no te saca automáticamente del hoyo.
Lucía: ¡Exactamente! Necesitas una escalera, no un mapa detallado del hoyo. Ellis se cansó de esa ineficacia y empezó a buscar un método más directo, más activo.
Álvaro: Y ahí es donde entra la parte «racional», supongo. ¿Cuál fue su gran descubrimiento?
Lucía: Descubrió que la causa principal de nuestro sufrimiento emocional no son los eventos en sí, sino lo que nos *decimos a nosotros mismos* sobre esos eventos. Nuestro diálogo interno.
Álvaro: ¿Cómo funciona eso? Dame un ejemplo que podamos entender todos.
Lucía: Claro. Imagina que suspendes un examen. El evento es neutro: una nota en un papel. Pero casi nadie lo deja ahí. Tu diálogo interno empieza a toda máquina.
Álvaro: ¿Y qué se dice uno mismo?
Lucía: Una persona puede decirse: «Esto es terrible, es el fin del mundo. Significa que soy un fracaso y que nunca conseguiré nada en la vida». El resultado es una ansiedad paralizante y ganas de abandonar.
Álvaro: Uf, suena familiar. ¿Y la alternativa racional?
Lucía: La alternativa es pensar: «Vaya, he suspendido. Es una faena y no me gusta, pero no es el fin del mundo. No significa que sea un fracaso, solo que tengo que estudiar más o de otra forma para la próxima». El resultado es decepción, sí, pero también motivación para mejorar.
Álvaro: La diferencia es brutal. Y todo depende de las frases que te dices a ti mismo en tu cabeza.
Lucía: Precisamente. Ellis se dio cuenta de que los humanos somos expertos en convertir nuestros *deseos* en *necesidades* absolutas y tiránicas.
Álvaro: ¿Deseos convertidos en necesidades? ¿A qué te refieres?
Lucía: Es normal *desear* que te vaya bien, *desear* gustarle a la gente, *desear* que la vida sea justa. Son preferencias lógicas. El problema empieza cuando conviertes ese deseo en una exigencia: «*DEBO* aprobar», «La gente *TIENE QUE* tratarme bien», «Las cosas *DEBERÍAN* ser fáciles».
Álvaro: Ya veo. Pasas de «me gustaría» a «tiene que ser sí o sí».
Lucía: Y como el universo no obedece tus órdenes... cuando esa exigencia no se cumple, concluyes que es «terrible» y que «no lo puedes soportar». Ahí nace la ansiedad, la ira, la depresión… en esas frases ilógicas que nos repetimos sin parar.
Álvaro: O sea que, según Ellis, somos nosotros mismos los que, sin darnos cuenta, mantenemos viva nuestra propia ansiedad repitiéndonos estas ideas una y otra vez.
Lucía: ¡Bingo! Ellis decía que somos animales increíblemente autosugestionables. Nos adoctrinaron con ideas irracionales en la infancia, sí, pero lo más importante es que, como adultos, ¡seguimos re-adoctrinándonos activamente cada día!
Álvaro: Esto rompe un poco el mito de que la razón y la emoción son como el aceite y el agua, ¿no? Siempre se dice: «piensa con la cabeza, no con el corazón».
Lucía: Totalmente. La TRE sostiene que el pensamiento y la emoción no son procesos separados, sino que están profundamente entrelazados. Para casi cualquier fin práctico, son la misma cosa. No puedes tener un sentimiento intenso sin un pensamiento que lo genere.
Álvaro: Así que si quieres cambiar cómo te sientes…
Lucía: Tienes que cambiar cómo piensas. Es la vía más directa y poderosa. Ellis decía que se puede intentar controlar las emociones con otras vías, como el ejercicio o la medicación, pero la terapia más profunda y duradera es la que va a la raíz: a tus procesos cognitivos, a las frases que te dices.
Álvaro: Suena súper lógico, pero me pregunto si es realmente tan eficaz. Parece demasiado sencillo.
Lucía: Pues aquí viene un dato que te va a sorprender. Ellis afirmaba que, mientras otras terapias conseguían una mejora significativa en un 65% de los pacientes, ¡con la Terapia Racional-Emotiva, el 90% de los pacientes que hacían 10 sesiones o más mostraban una mejoría clara e importante!
Álvaro: ¡Un 90 por ciento! Eso es una barbaridad. Es una técnica de estudio para tus emociones.
Lucía: Me gusta esa analogía. Es exactamente eso. Aprender a pensar de una manera más sana y realista para vivir mejor. No se trata de eliminar las emociones negativas, sino de tener emociones apropiadas. Es normal sentirte triste si suspendes, pero no devastado.
Álvaro: Vale, esto es súper útil. La idea de que tenemos el poder de cambiar nuestras emociones analizando y cambiando nuestro diálogo interno es… revolucionaria. Me siento como si me hubieran dado un superpoder.
Lucía: Es que lo es. Es aprender a ser tu propio terapeuta. Y lo mejor es que se aplica a todo, desde el estrés de los exámenes hasta las relaciones con amigos o la familia.
Álvaro: Genial. Entonces, para resumir: la Terapia Racional-Emotiva nos enseña que no son los hechos, sino nuestras creencias sobre los hechos, lo que causa nuestro malestar. Y podemos cambiar esas creencias.
Lucía: No lo podrías haber dicho mejor. Identificar esas exigencias absolutistas —los «debo» y «tengo que»— y debatirlas activamente es el camino. Un camino que, como vemos, ya intuían los estoicos hace milenios.
Álvaro: Pues me parece una herramienta fundamental para la vida. Y hablando de herramientas, creo que esto conecta perfectamente con nuestro siguiente tema, que se centra en cómo aplicar técnicas específicas para manejar la presión antes de un gran examen.
Álvaro: Entonces, incluso cuando los pacientes lograban entender el origen de sus problemas, los resultados no eran... definitivos.
Lucía: Exacto. Ese fue el gran muro con el que chocaron muchos de los primeros terapeutas. Los pacientes mejoraban, sí. Tenían momentos de gran claridad, lo que llamamos "introspección".
Álvaro: El momento "¡Ajá!".
Lucía: ¡Ese mismo! Pero el problema era que, después del "¡Ajá!", la ansiedad y la hostilidad seguían ahí, al menos en parte. Era frustrante para todos.
Álvaro: Me imagino al paciente diciendo: "Vale, ya entiendo por qué me pasa esto, pero... ¡me sigue pasando! ¿Ahora qué hago?".
Lucía: Y esa era la pregunta del millón. Los terapeutas a menudo respondían con cosas como: "Bueno, es que tuviste una comprensión intelectual, pero no una emocional".
Álvaro: Suena un poco a excusa, ¿no? Como decir "no lo has entendido *de verdad*".
Lucía: Totalmente. O peor aún, a veces se recurría al clásico: "Quizá en el fondo no quieres mejorar. Te estás castigando a ti mismo". Era un callejón sin salida.
Álvaro: Entonces, ¿cómo salieron de ese bucle? ¿De dónde vino la siguiente idea?
Lucía: Pues, curiosamente, de los experimentos de Pavlov con sus perros. La idea del condicionamiento.
Álvaro: ¿La campana y la salivación?
Lucía: Esa misma. La teoría era que, al igual que un perro asocia una campana con comida, los humanos asociamos miedos con experiencias de la infancia. Por ejemplo, el miedo a la desaprobación de tus padres.
Álvaro: Así que el objetivo era... ¿"descondicionar" a la persona?
Lucía: ¡Exacto! Se dieron cuenta de que la introspección no bastaba. Hacía falta acción. Empezaron a animar, a empujar a los pacientes a hacer justo aquello que temían.
Álvaro: A enfrentarse al miedo directamente.
Lucía: Sí. A subir a ese tren, a hablar con esa persona. La idea era que, al hacerlo repetidamente, se darían cuenta de que no era tan terrible y el miedo se extinguiría, como el perro que deja de salivar cuando la campana suena sin que llegue la comida.
Álvaro: Y este enfoque más activo... ¿funcionó mejor?
Lucía: Mucho mejor. Fue un gran avance. Pero... seguía habiendo un problema muy irritante.
Álvaro: ¿Cuál? ¿Gente que se negaba a enfrentarse a sus miedos?
Lucía: Justo eso. Pacientes que lo entendían todo a la perfección. Sabían por qué tenían miedo, sabían que enfrentarlo les ayudaría... pero simplemente no lo hacían. Se quedaban paralizados.
Álvaro: Eso es lo más desconcertante. Saber la solución y no poder aplicarla.
Lucía: Exacto. Y esa pregunta —por qué seres humanos inteligentes se aferran a sus miedos de forma tan irracional— fue lo que finalmente abrió la puerta a la verdadera clave. La respuesta estaba en lo que nos diferencia de los perros de Pavlov.
Álvaro: Nuestro cerebro complejo, supongo.
Lucía: Precisamente. Nuestro lenguaje interno. Lo que nos decimos a nosotros mismos. Y es que no solo somos condicionados por el pasado, sino que nos *re-condicionamos* a nosotros mismos cada día con nuestros propios pensamientos. Pero esa es una historia fascinante para el próximo bloque.
Álvaro: ...y esa es la base. Pero para entenderlo de verdad, tenemos que hablar del ejemplo más famoso, ¿no? ¡Los perros de Pavlov!
Lucía: ¡Exacto! No podemos hablar de condicionamiento clásico sin mencionar a Pavlov y sus perros hambrientos.
Álvaro: Venga, cuéntanos el experimento como si fuera para... bueno, para mí.
Lucía: Es muy sencillo. Imagina que cada vez que le das comida a un perro, tocas una campana. Comida y campana, una y otra vez.
Álvaro: Ok, el perro debe pensar que es la hora del rock and roll y la cena.
Lucía: ¡Justo! Después de un tiempo, el perro asocia los dos estímulos. Así que, con solo oír la campana, ¡empieza a salivar! Aunque no haya comida.
Álvaro: Ha aprendido que "campana" significa "comida". Es una señal muy básica.
Lucía: Una señal muy, muy rudimentaria. Su cerebro ha creado una conexión. Pero aquí viene lo interesante... también puede desaprenderla.
Álvaro: ¿Cómo que desaprenderla?
Lucía: Si empiezas a tocar la campana sin darle comida, el perro eventualmente dejará de salivar. Aprende que la señal ya no es válida. Se llama extinción.
Álvaro: Tiene sentido. Y, ¿qué pasa si lo complicamos más?
Lucía: Puedes hacerlo. Imagina que ahora le das comida, pero al mismo tiempo, una pequeña descarga eléctrica.
Álvaro: ¡Pobre perro! Supongo que dejaría de comer.
Lucía: Exacto. Aprende una nueva ecuación: "comida más dolor es igual a evitar". Es un proceso de señalización simple, primario.
Álvaro: Y esto es clave porque nuestros procesos de pensamiento son mucho más complejos que los de un perro, ¿verdad?
Lucía: Precisamente. Pavlov los llamaba "procesos de señalización secundarios". Y eso nos lleva directamente al condicionamiento operante, que es un poco distinto...
Álvaro: ...así que, en resumen, lo que pensamos tiene un poder enorme sobre lo que sentimos. Pero, Lucía, ¿hasta qué punto es así? ¿Una emoción es solo un pensamiento?
Lucía: ¡Esa es la pregunta del millón, Álvaro! Y muchos teóricos dirían que sí, en gran parte. Una emoción no es algo místico que nos invade. Piénsalo así: es un tipo de pensamiento muy específico. Uno muy rápido, muy evaluativo y, a veces, lleno de prejuicios.
Álvaro: ¿Como un juicio instantáneo sobre algo?
Lucía: Exacto. El filósofo V.J. McGill lo describió muy bien. Dijo que es casi imposible separar emoción y conocimiento. Tus emociones incluyen una parte de saber algo y una expectativa de cómo actuar.
Álvaro: Vale, entiendo la parte filosófica. Pero, ¿qué dice la neurociencia? Siempre nos han dicho que las emociones vienen de la parte más... primitiva del cerebro, ¿no?
Lucía: Sí, ¡el famoso "cerebro reptiliano"! Pero eso es una simplificación. Investigadores como Bousfield y Orbison encontraron que no todo se origina en los centros subcorticales.
Álvaro: ¿Ah no?
Lucía: No. Demostraron que el córtex, y sobre todo los lóbulos frontales, están súper implicados. Son como el director de orquesta que instiga, mantiene o... inhibe la reacción emocional.
Álvaro: O sea, la parte "pensante" del cerebro está totalmente metida en el ajo. A veces mi lóbulo frontal se toma el día libre, creo.
Lucía: ¡El de todos! Pero sí, la clave es que el pensamiento y la emoción están conectados a nivel de hardware.
Álvaro: Entonces, si el pensamiento es tan crucial, ¿cómo funciona ese proceso? ¿Cómo un estímulo se convierte en... no sé, alegría o enfado?
Lucía: Aquí es donde entra una de las teorías más completas, la de Magda Arnold. Ella dedicó dos volúmenes enteros a esto.
Álvaro: ¡Wow! ¿Y cuál es su idea principal?
Lucía: Su concepto clave es la "apreciación". Antes de sentir algo, primero percibes y *aprecias* la situación. Y "apreciar" aquí significa juzgar si es bueno o malo para ti.
Álvaro: O sea, veo un perro. Mi cerebro no dice "perro, luego miedo". Dice "perro, es grande, está ladrando, eso es malo para mí, *ahora* siento miedo".
Lucía: ¡ Exactamente! Ese juicio, esa apreciación, es el chispazo que inicia la emoción.
Álvaro: Pero a veces la emoción es instantánea. Si algo me asusta, no me paro a hacer un análisis DAFO.
Lucía: ¡Claro! Y Arnold diferencia eso muy bien. Habla de dos tipos de apreciación. Una es inmediata, intuitiva, casi un reflejo. Como un jugador que sabe dónde va a caer el balón sin pensarlo.
Álvaro: Un juicio sensorial, casi instintivo.
Lucía: Justo. Y luego está la apreciación reflexiva, más lenta. Esta se basa en tu filosofía de vida, en tus recuerdos, en tus creencias. Aquí es donde se forman las emociones mantenidas.
Álvaro: Como el rencor o la ansiedad por un examen futuro. No es un susto inmediato, es algo que construimos con el pensamiento.
Lucía: Precisamente. Y aquí está lo más importante: esas emociones mantenidas, las que a menudo nos perturban, dependen casi por completo de esa apreciación reflexiva. De nuestras ideas.
Álvaro: Lo que significa que no somos víctimas de nuestras emociones. Si vienen de nuestros pensamientos... podemos trabajar en esos pensamientos.
Lucía: Has dado en el clavo. No es fácil, porque son hábitos, pero es posible. Como dijo Shakespeare, con un pequeño ajuste: "no hay nada bueno ni malo, es el pensamiento el que lo hace así".
Álvaro: Qué potente. Y me deja pensando... si esas emociones dependen de nuestras ideas, ¿qué pasa cuando esas ideas son, digamos, un poco irracionales?
Lucía: Bueno, esa es una pregunta fantástica, y nos lleva directamente a nuestro próximo tema.
Álvaro: Vale, Lucía, y siguiendo con esa línea de necesitar la aprobación de todos... la siguiente idea irracional parece muy conectada. Es la número 8: la idea de que debemos depender de los demás y necesitamos a alguien más fuerte en quien confiar.
Lucía: Exacto, Álvaro. Y es una trampa muy común. Por un lado, valoramos la independencia, pero por otro, a muchas personas les aterra tomar decisiones por su cuenta.
Álvaro: Pero, ¿no es cierto que todos dependemos de otros hasta cierto punto? O sea, yo no cultivo mi comida ni fabrico mi móvil.
Lucía: ¡Totalmente! Y ahí está el matiz clave. Una cosa es la interdependencia social, la colaboración. Sin esa división del trabajo, nuestra sociedad no funcionaría. Eso es sano y necesario.
Álvaro: Okay, cooperar es bueno. Lo pillo.
Lucía: Eso es. Y otra cosa muy distinta es llevar esa dependencia al extremo. Es cuando necesitas que otros piensen o elijan por ti. Es como entregarle el volante de tu vida a otra persona.
Álvaro: ¡Y cruzar los dedos para que no lo estrelle!
Lucía: ¡Exactamente! El punto no es ser un ermitaño. El objetivo es ser colaborador, pero no servil. Pide consejo, claro que sí, pero la decisión final debe ser tuya.
Álvaro: Entiendo. Es la diferencia entre formar parte de un equipo... y ser la mascota del equipo, que solo mira desde la banda.
Lucía: ¡Me encanta esa analogía! Es perfecta. Quieres jugar el partido, no solo que te saquen en la foto. La clave es confiar en tu propio juicio, aunque escuches otras opiniones.
Álvaro: Confiar en uno mismo... un tema que nos lleva directamente a cómo vemos nuestro pasado y los errores que cometimos, que si no me equivoco es la siguiente idea que vamos a tratar.
Álvaro: Okey, entonces si entiendo bien, culpar a la gente por sus errores... en realidad no ayuda a que mejoren. De hecho, los empeora.
Lucía: ¡Exactamente! Y aquí está la clave: la Terapia Racional-Emotiva separa radicalmente la acción de la persona. Que alguien haga algo “malo” o “erróneo” no lo convierte en una persona “mala”.
Álvaro: Ah, eso es importante. Es como si mi amigo quema la pizza... no significa que él sea un desastre de persona, solo que es un mal pizzero en ese momento.
Lucía: ¡Justo eso! Es un ser humano falible, como todos. Esperar que seamos perfectos... es la receta para la frustración. El enfoque lógico es “okey, te equivocaste, ¿cómo podemos mejorar?”, no “¡eres un inútil!”.
Álvaro: Tiene todo el sentido. Porque si le grito por la pizza quemada, lo más probable es que se sienta peor, no que aprenda a usar el horno.
Lucía: Exacto. Piénsalo así: si el error fue por simple ignorancia, el castigo no le da conocimiento. Si fue por una perturbación emocional, ¡el castigo la aumenta! Es como echarle gasolina al fuego.
Álvaro: Claro, lo pones más nervioso para la próxima vez. Termina con un ciclo de errores y culpa.
Lucía: ¡Bingo! La historia del crimen y el castigo lo demuestra. La penalización severa y culpabilizante rara vez mejora a la gente. A menudo, la empeora.
Álvaro: Entonces, ¿cuál es la alternativa? ¿Dejar que todos hagan lo que quieran?
Lucía: No, para nada. El enfoque racional es, primero, entender. ¿Por qué se equivocó? ¿Fue por ignorancia, por un descuido, por estrés? Intentas ayudar a que la persona aprenda.
Álvaro: E intentas no tomártelo como algo personal o catastrófico.
Lucía: ¡Ahí está! Si no puedes cambiarlo, lo aceptas filosóficamente. Te dices: “Es una lástima que actúen así, pero no es el fin del mundo”. Lo mismo aplica a nuestros propios errores. En lugar de culparnos, nos preguntamos: “¿Qué aprendo de esto?”.
Álvaro: Vale, esto de no culpar a otros ni a nosotros mismos es un gran paso. Pero... ¿qué pasa con esas situaciones que simplemente son frustrantes? Cuando la vida no coopera.
Lucía: Esa es la idea irracional número cuatro: la creencia de que es tremendo y catastrófico que las cosas no vayan como queremos. Es normal sentirse frustrado, pero no es lógico sentirse devastado.
Álvaro: Porque... ¿la realidad no tiene por qué gustarnos?
Lucía: Exacto. La realidad es la realidad. Estar permanentemente abatido no mejora la situación. De hecho, nos vuelve menos eficaces para cambiarla. No es la frustración lo que nos vuelve agresivos, sino nuestra actitud hacia ella.
Álvaro: Como esperar el autobús bajo la lluvia, que no pare, y enfadarte solo si crees que el conductor lo hizo a propósito.
Lucía: ¡Ese es un ejemplo perfecto! La frustración es la misma, pero la historia que te cuentas sobre ella lo cambia todo. No son los eventos externos los que nos perturban...
Álvaro: Sino cómo reaccionamos a ellos. Okey, creo que ese es el siguiente gran tema que tenemos que desglosar.
Álvaro: Y esa idea de necesitar aprobación externa nos lleva directo a otra creencia muy potente, la última que veremos hoy.
Lucía: Así es. Es la idea de que necesitamos depender de otros para casi todo. Cuanto más confías en que los demás te guíen o te ayuden, menos tiendes a hacer las cosas por ti mismo.
Álvaro: Y por lo tanto... menos aprendes a hacerlas. Te quedas estancado.
Lucía: Exactamente. Es un círculo vicioso. Más dependencia lleva a menos confianza en uno mismo y, curiosamente, a más ansiedad. Piénsalo así: la única seguridad real es saber que, aunque cometas errores, sigues siendo capaz.
Álvaro: No es depender de otros, es confiar en tu propia capacidad de levantarte. Me gusta.
Lucía: Y esto conecta con la última gran idea irracional: la creencia de que tu historia pasada determina tu conducta actual de forma inevitable.
Álvaro: Ah, el famoso "es que yo soy así". La excusa perfecta para no ordenar el cuarto.
Lucía: ¡Exacto! Usar el pasado como excusa es la forma más fácil de evitar un cambio. Se convierte en un "como de pequeño aprendí a ser así, me es imposible cambiar". Y eso no es cierto.
Álvaro: Entonces, ¿cuál es la alternativa racional? ¿Ignorar el pasado?
Lucía: No, no ignorarlo, pero sí entenderlo en su justa medida. Debes aceptar que el pasado influyó, claro, pero tu presente es el pasado de tu futuro. Tienes el poder de cambiarlo ahora.
Álvaro: ¿Y cómo se hace eso en la práctica?
Lucía: Desafiando activamente esas viejas ideas. Tanto con el pensamiento como con la acción. Si crees que no puedes hablar en público porque una vez te salió mal, tienes que forzarte a hacerlo de nuevo para demostrarte a ti mismo que esa vieja "verdad" ya no aplica.
Álvaro: Fantástico. Entonces, para resumir todo lo que vimos hoy: la clave de la terapia racional-emotiva es identificar esas creencias irracionales, debatirlas y, sobre todo, actuar de forma diferente para crear nuevas evidencias. Ya sea sobre la dependencia o sobre el peso del pasado.
Lucía: Exacto, Álvaro. Se trata de ser científico con tus propias creencias. Cuestiónalas, ponlas a prueba y quédate con lo que funciona para ti ahora.
Álvaro: Una herramienta súper poderosa. Lucía, como siempre, un placer tenerte aquí. Muchísimas gracias.
Lucía: El placer es mío, Álvaro. ¡Hasta la próxima!
Álvaro: Y a todos los que nos escuchan, gracias por acompañarnos en otro episodio de Studyfi Podcast. ¡Nos oímos en el siguiente!