Podcast sobre La Revolución de Mayo y sus Consecuencias

La Revolución de Mayo y sus Consecuencias: Guía Completa

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La Revolución de Mayo0:00 / 23:53
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MateoImagina el olor a lluvia y a tierra mojada en las calles de Buenos Aires. Es mayo de 1810. En los cafés, la gente no habla en voz alta... susurra. Una noticia increíble acaba de llegar en barco desde Europa: en España, el último bastión de gobierno ha caído en manos de Napoleón. El rey está preso y ahora... no hay nadie al mando.
LucíaY esa pregunta, “¿quién manda ahora?”, es la chispa que enciende todo. Estás escuchando Studyfi Podcast.
Capítulos

La Revolución de Mayo

Délka: 23 minut

Kapitoly

La chispa de la revolución

El debate: ¿A quién le pertenece el poder?

Nace la Primera Junta

Expandir o morir

La contrarrevolución ataca

La pelea interna: Saavedra vs. Moreno

Del triunvirato al centralismo

El poder vuelve al pueblo

Las primeras expediciones

Un plan británico

La primera invasión (1806)

Nacen las milicias

El segundo intento (1807)

Consecuencias que cambiaron todo

El motín de Álzaga

El último virrey

Resumen y despedida

Přepis

Mateo: Imagina el olor a lluvia y a tierra mojada en las calles de Buenos Aires. Es mayo de 1810. En los cafés, la gente no habla en voz alta... susurra. Una noticia increíble acaba de llegar en barco desde Europa: en España, el último bastión de gobierno ha caído en manos de Napoleón. El rey está preso y ahora... no hay nadie al mando.

Lucía: Y esa pregunta, “¿quién manda ahora?”, es la chispa que enciende todo. Estás escuchando Studyfi Podcast.

Mateo: Entonces, Lucía, vamos al grano. Cae la Junta Central de Sevilla, que era como el último gobierno español en pie. ¿Qué significó eso para la gente de Buenos Aires?

Lucía: Significó un vacío de poder total. Piénsalo así: el virrey Cisneros, que gobernaba en Buenos Aires, lo hacía en nombre de un rey que ya no tenía poder real en España. Su autoridad, de repente, se evaporó.

Mateo: O sea que los criollos, la gente nacida aquí, vieron su oportunidad y dijeron “ahora o nunca”.

Lucía: Exactamente. Un grupo de patriotas, como Cornelio Saavedra, Mariano Moreno, Manuel Belgrano... empezaron a moverse rápido. La gran pregunta era: si el rey no puede gobernar, ¿a quién le vuelve el poder?

Mateo: Y el virrey Cisneros, ¿qué hacía mientras tanto? ¿Se quedó de brazos cruzados?

Lucía: ¡Para nada! Intentó ocultar la noticia, controlar los rumores, pero era imposible. Era como intentar tapar el sol con un dedo. La noticia corrió como la pólvora y la presión sobre él se volvió insostenible.

Mateo: Me imagino la tensión. La gente exigiendo respuestas en la plaza.

Lucía: Tal cual. La presión fue tan fuerte que no le quedó más remedio que convocar a un Cabildo Abierto para el 22 de mayo. Una reunión para que los “vecinos” importantes de la ciudad decidieran qué hacer.

Mateo: Un Cabildo Abierto. Suena a un debate intenso. ¿Quiénes fueron los protagonistas?

Lucía: Por un lado, tenías a los realistas, leales a España. Su principal vocero era el obispo Benito Lué. Su argumento era simple: debíamos ser fieles al rey Fernando VII, pasara lo que pasara, hasta que volviera al trono.

Mateo: Una postura bastante conservadora, ¿no? Esperar y ver.

Lucía: Muy conservadora. Pero del otro lado estaban los patriotas, con una idea revolucionaria para la época. Se basaban en algo llamado “la teoría de la retroversión de la soberanía”.

Mateo: Suena súper complicado. ¿Puedes explicárnoslo como si tuviéramos cinco años?

Lucía: ¡Claro! Es más fácil de lo que parece. Imagina que le prestas tu consola de videojuegos a un amigo. Si tu amigo se muda a otro país y no puede usarla más, ¿de quién es la consola? Vuelve a ti, ¿verdad?

Mateo: Obvio, es mía. ¡Que me la devuelva!

Lucía: ¡Exacto! Los patriotas decían lo mismo sobre el poder. El pueblo le había “prestado” el poder al rey. Si el rey ya no podía gobernar, el poder volvía al pueblo. Y el pueblo podía decidir a quién dárselo de nuevo.

Mateo: ¡Wow! Esa idea es potentísima. Cambia todas las reglas del juego. Ahí está el corazón de la revolución.

Lucía: Totalmente. Ese debate fue el punto de quiebre. ¿Seguir obedeciendo a una autoridad fantasma en España o tomar las riendas de su propio destino? El 22 de mayo, esa era la pregunta en el aire.

Mateo: Bien, el debate está planteado. El 23 de mayo, ¿qué se decide?

Lucía: Se decide que el poder del virrey pasa al Cabildo, temporalmente. Pero claro, esto era solo un paso intermedio. El 24 de mayo se forma una junta de gobierno... ¡pero presidida por el mismísimo virrey Cisneros!

Mateo: Espera, ¿qué? ¿O sea que lo sacan del poder para volver a ponerlo a él a la cabeza? No tiene sentido.

Lucía: Exacto. Era un intento de solución “moderada”, una junta con realistas y patriotas para que nadie se enojara demasiado. Pero, como te imaginarás, los sectores más revolucionarios se enfurecieron.

Mateo: Me imagino. Es como echar al director de la escuela y luego nombrarlo presidente del centro de estudiantes.

Lucía: ¡La analogía es perfecta! Así que en la mañana del 25 de mayo, la gente y las milicias se juntaron en la plaza y exigieron una nueva junta, pero esta vez, sin Cisneros. Punto.

Mateo: Y ahí Cisneros ya no tenía poder real. ¿Las milicias lo apoyaron?

Lucía: Para nada. Le dieron la espalda. Su autoridad se había esfumado. No le quedó otra que renunciar. Y ese mismo día, el 25 de mayo de 1810, se formó la Primera Junta de Gobierno. El primer gobierno patrio.

Mateo: Y aquí tenemos nombres que nos suenan de las calles y las plazas: Cornelio Saavedra como presidente...

Lucía: Y dos secretarios clave con ideas muy distintas: Mariano Moreno y Juan José Paso. Además de vocales como Manuel Belgrano, Juan José Castelli, entre otros. Este fue el momento revolucionario: reemplazar al virrey por un gobierno local.

Mateo: Ok, ya tenemos gobierno nuevo en Buenos Aires. Pero el virreinato era enorme. ¿Qué pasaba con Córdoba, con el Alto Perú, con Paraguay?

Lucía: Gran pregunta. La Primera Junta sabía que no podía gobernar sola. De hecho, en el Cabildo Abierto se había dicho que Buenos Aires no tenía derecho a decidir por todos. Era el momento de “viralizar” la revolución.

Mateo: Me gusta el término. ¿Y cómo se “viraliza” una revolución en 1810? ¿Mandando un WhatsApp masivo?

Lucía: Ojalá hubiera sido tan fácil. Enviaron dos cosas: cartas y ejércitos. Primero, una circular a los cabildos del interior invitándolos a enviar diputados para sumarse.

Mateo: ¿Y la respuesta fue unánime? ¿Todos dijeron “¡Sí, qué buena idea!”?

Lucía: No, para nada. Muchas ciudades como Santa Fe, Salta o Jujuy se sumaron. Pero otras, como Córdoba, el Alto Perú, Paraguay y la Banda Oriental (hoy Uruguay), desconfiaban. Veían esto como una movida de Buenos Aires para quedarse con todo el poder.

Mateo: Ahí es donde entran los ejércitos, supongo.

Lucía: Exacto. Se organizaron expediciones militares. Una hacia el Alto Perú, al mando de Castelli, y otra a Paraguay, comandada por Manuel Belgrano. La idea era clara: convencer por las buenas y, si no, por las malas.

Mateo: Entonces, la cosa se pone seria. Hablamos de una guerra civil, en la práctica.

Lucía: Totalmente. En Córdoba, por ejemplo, el ex virrey Liniers, un héroe de las invasiones inglesas, organizó una contrarrevolución. No le duró mucho. La expedición que iba al Alto Perú la desarticuló rápidamente.

Mateo: ¿Y qué pasó con Liniers?

Lucía: La Junta tomó una decisión durísima, impulsada por Mariano Moreno: ordenó fusilarlo a él y a los otros líderes. Querían enviar un mensaje muy claro a cualquiera que se opusiera: esto va en serio.

Mateo: Wow. Eso es una declaración de intenciones. ¿Y las expediciones militares tuvieron éxito?

Lucía: Tuvieron un éxito inicial. En el Alto Perú ganaron la batalla de Suipacha, un gran triunfo. Pero un año después, en 1811, los realistas se reorganizaron y los derrotaron en Huaqui. El Alto Perú volvía a manos españolas.

Mateo: ¿Y Belgrano en Paraguay?

Lucía: Tampoco le fue bien. Sufrió dos derrotas. Lo curioso es que, poco después, los paraguayos hicieron su propia revolución y se independizaron tanto de España como de Buenos Aires. Dijeron “gracias, pero seguimos solos”.

Mateo: ¡Qué lío! Y mientras tanto, en la Banda Oriental, Artigas empezaba a ser un líder... Cada región era un mundo.

Lucía: Exacto. Artigas al principio se alió con Buenos Aires, pero se sintió traicionado por un acuerdo que hicieron con los realistas. Así que también tomó su propio camino. El mapa del virreinato se estaba rompiendo en pedazos.

Mateo: Y como si no tuvieran suficientes problemas afuera, adentro de la Junta también había chispas, ¿no?

Lucía: Chispas es poco. Había un incendio. Los dos líderes principales, Cornelio Saavedra y Mariano Moreno, chocaron de frente. Eran como el agua y el aceite.

Mateo: ¿Cuál era la diferencia fundamental entre ellos?

Lucía: Saavedra era más moderado, más cauto. Quería incorporar a los diputados del interior a la misma Junta para hacerla más grande y representativa, pero sin romper lazos con España de forma definitiva. Era como decir: “gobernamos nosotros en nombre del rey ausente”.

Mateo: El famoso “uso de la máscara de Fernando VII”.

Lucía: Justamente. Moreno, en cambio, era radical. Quería ir a fondo. Él decía que los diputados del interior no debían sumarse a la Junta, sino formar un congreso aparte para declarar la independencia y redactar una constitución. Romper todo con España, ya.

Mateo: Dos visiones de país completamente opuestas desde el día uno.

Lucía: La tensión llegó a un punto máximo cuando Moreno, molesto por los honores que le daban a Saavedra como presidente, redactó un decreto para suprimirlos. Buscaba la igualdad entre todos los miembros.

Mateo: Un golpe directo a Saavedra, que era el jefe militar. ¿Cómo terminó esa pelea?

Lucía: Ganó Saavedra. Se votó por incorporar a los diputados del interior a la Junta, que pasó a llamarse la Junta Grande. Moreno, derrotado políticamente, renunció y lo enviaron a una misión diplomática a Europa. Murió en el barco, en circunstancias muy sospechosas.

Mateo: Con Moreno fuera de juego, Saavedra y su sector moderado se imponen. Nace la Junta Grande.

Lucía: Sí, pero su triunfo duró poco. ¿Recuerdas la derrota militar en Huaqui que mencionamos?

Mateo: Sí, en el Alto Perú. El ejército patriota tuvo que retirarse.

Lucía: Bueno, Saavedra, como jefe militar, tuvo que irse al norte a reorganizar el ejército. Y como dice el dicho: “cuando el gato no está, los ratones bailan”.

Mateo: ¡No me digas que aprovecharon su ausencia!

Lucía: ¡Totalmente! El Cabildo de Buenos Aires, que nunca había querido compartir el poder con el interior, aprovechó que Saavedra no estaba y disolvió la Junta Grande.

Mateo: No puedo creerlo. ¿Y qué pusieron en su lugar?

Lucía: Un gobierno de solo tres personas, llamado el Primer Triunvirato. Esto significaba una cosa: el poder volvía a centralizarse en Buenos Aires. Los diputados del interior, que tanto habían luchado por estar, quedaban otra vez afuera.

Mateo: Qué locura. En pocos años pasamos de una junta, a una junta grande, a un triunvirato. Es un remolino de cambios.

Lucía: Es que ese es el punto clave de los años que siguieron a la Revolución de Mayo. Fue un laboratorio político lleno de conflictos, avances y retrocesos. Definir la independencia y, sobre todo, acordar una constitución que uniera a todos, sería una tarea que llevaría muchísimos años más. Pero la semilla, esa idea de que el poder residía en el pueblo, ya estaba plantada. Y eso... eso ya no tenía vuelta atrás.

Mateo: Bien, Lucía, entonces la situación en España era un caos. Pero, ¿cómo impactó eso directamente en el Río de la Plata? Me refiero a la caída de la Junta Central de Sevilla.

Lucía: ¡Esa es la pregunta clave, Mateo! Fue la chispa que encendió todo. Cuando la noticia llegó a Buenos Aires, generó una crisis total de autoridad. Ya no había un gobierno legítimo en España al que responder.

Mateo: Claro, el rey estaba preso y ahora la Junta que lo representaba... también había caído. ¿Qué hicieron entonces?

Lucía: Aquí es donde entra en juego una idea fascinante... la teoría de la retroversión de la soberanía. Suena complicado, ¿verdad?

Mateo: Un poco, sí. Suena a clase de filosofía, no de historia.

Lucía: ¡Pero es más simple de lo que parece! Piensa en esto: el poder del rey originalmente viene del pueblo. El pueblo se lo cede para que gobierne. Si el rey desaparece, ¿a quién vuelve ese poder?

Mateo: ...Al pueblo. ¡Ah, ya entiendo! Retroversión... que vuelve atrás.

Lucía: ¡Exacto! Y ese fue el gran debate. Los patriotas decían: “El rey no está, el poder es nuestro ahora”. Pero los realistas insistían en que debían seguir obedeciendo a cualquier autoridad que surgiera en España, por precaria que fuera.

Mateo: Entonces, con esa idea como bandera, la nueva Junta de gobierno en Buenos Aires se pone en marcha. Pero no se quedaron solo en la capital, ¿cierto?

Lucía: Para nada. Sabían que su poder era frágil. Necesitaban apoyo y, sobre todo, necesitaban evitar que otras regiones se opusieran. Por eso organizaron expediciones militares casi de inmediato.

Mateo: ¿Y hacia dónde fueron? ¿Cuáles eran los focos de resistencia?

Lucía: Buena pregunta. Se dirigieron principalmente hacia dos zonas clave: el Alto Perú y Paraguay. Esos eran bastiones realistas muy fuertes...

Mateo: Y justo esa debilidad de la corona española, de la que veníamos hablando, se va a poner a prueba de una forma muy... directa. Con barcos, cañones y soldados de casaca roja.

Lucía: Exacto, Mateo. Porque mientras España estaba enredada en los problemas de Europa, Gran Bretaña vio una oportunidad de oro. O mejor dicho, de plata... en el Río de la Plata.

Mateo: Claro, hablemos del contexto. ¿Por qué de repente los británicos deciden cruzar todo el Atlántico para invadir Buenos Aires?

Lucía: La respuesta tiene un nombre: Napoleón Bonaparte. En 1806, Napoleón impuso algo llamado el “Bloqueo Continental”. Básicamente, le prohibió a toda Europa comerciar con Gran Bretaña.

Mateo: A ver si entiendo... Napoleón le cierra el mercado europeo a los británicos, que en plena Revolución Industrial producían de todo. ¿Y ellos qué hacen?

Lucía: Pues buscar nuevos clientes, ¡desesperadamente! Y las colonias españolas en América, con su prohibición de comerciar con otros países que no fueran España, eran un mercado virgen y muy tentador.

Mateo: O sea, no fue solo una invasión militar, sino una invasión comercial con soldados. Querían abrir el mercado a cañonazos.

Lucía: Precisamente. La única alternativa para vender sus productos era la conquista. Y Buenos Aires parecía un blanco fácil.

Mateo: Y así llegamos a junio de 1806. Unos 1.600 soldados británicos al mando de William Beresford desembarcan en Quilmes. ¿Qué pasa en la ciudad?

Lucía: El caos. La ciudad no estaba para nada preparada. Y el virrey, Rafael de Sobremonte, tuvo una reacción... polémica. Tomó el tesoro real y huyó hacia Córdoba.

Mateo: Se fue con la plata. Literalmente. No es la mejor imagen para un líder.

Lucía: Para nada. Dejó a la ciudad a su suerte. Pero aquí surgen los verdaderos héroes de la historia. Por un lado, el comerciante español Martín de Alzaga, que empieza a organizar milicias de voluntarios en secreto.

Mateo: Y por otro lado, un personaje clave: Santiago de Liniers.

Lucía: Exacto. Liniers, que era un oficial francés al servicio de España, cruza a la Banda Oriental, lo que hoy es Uruguay, para reunir un ejército y planear la reconquista.

Mateo: Y lo logran. Después de una lucha durísima en las calles de la ciudad, Liniers y Alzaga consiguen que los ingleses se rindan. ¡Una victoria del pueblo!

Lucía: Totalmente. El 12 de agosto de 1806, los porteños recuperaron su ciudad. Pero la historia no termina ahí.

Mateo: Claro, porque después de la fiesta, se dieron cuenta de que los ingleses podían volver. ¿Y ahora qué?

Lucía: Aquí viene una de las consecuencias más importantes. Un Cabildo Abierto le quitó el mando militar a Sobremonte y se lo dio a Liniers, el héroe del momento. Y, sobre todo, se crearon las milicias urbanas.

Mateo: ¿Qué eran exactamente? ¿Un ejército profesional?

Lucía: No, para nada. Eran los propios vecinos. Hombres de 16 a 50 años organizados en regimientos según su lugar de origen. Estaban los Patricios, que eran criollos de Buenos Aires; los Arribeños, que eran de las provincias del interior; el Cuerpo de Catalanes, etc.

Mateo: O sea, el equipo de los porteños, el equipo de los cordobeses... ¡Suena casi como un torneo de fútbol!

Lucía: Es una buena analogía. Y aquí está lo revolucionario: los soldados elegían a sus propios oficiales por votación. Esto le dio un poder militar y político a los criollos que nunca antes habían tenido.

Mateo: Y como se temía... los británicos volvieron. Pero esta vez vinieron con todo, ¿no?

Lucía: Sí, en 1807 llegó una flota mucho más grande. Unos 8.000 soldados al mando del general Whitelocke. Primero tomaron Montevideo, donde Sobremonte... volvió a huir.

Mateo: Qué sorpresa. Ya era como su movimiento característico.

Lucía: Bastante. Esta vez, una junta de guerra lo destituyó por completo y Liniers quedó a cargo de todo el virreinato. Pero los ingleses avanzaron y derrotaron a las tropas de Liniers en las afueras de la ciudad.

Mateo: Entonces, ¿la defensa quedó de nuevo en manos de los vecinos, liderados por Alzaga?

Lucía: Exactamente. Y la defensa fue feroz. Los vecinos luchaban desde sus casas, arrojando aceite hirviendo, agua caliente, piedras, lo que tuvieran a mano. Fue una guerra de guerrillas urbana.

Mateo: ¡Increíble! Me imagino el caos en esas calles. Y los británicos, acostumbrados a batallas en campo abierto, no sabían qué hacer.

Lucía: No tenían ninguna posibilidad. Después de dos días de combates intensos, Whitelocke fue totalmente derrotado y tuvo que rendirse. La ciudad se había defendido a sí misma, por segunda vez.

Mateo: Entonces, para recapitular. La gente de Buenos Aires, sin ayuda del rey ni de su virrey, derrotó dos veces a la mayor potencia militar del mundo.

Lucía: Exacto. Y las consecuencias fueron monumentales. Primero: quedó claro que España ya no podía defender a sus colonias. El rey estaba lejos y su autoridad era débil.

Mateo: Segundo: los criollos se dieron cuenta de su propio poder. Nació un nuevo orgullo, una nueva identidad.

Mateo: ...y esa inestabilidad en España, por supuesto, tuvo un eco tremendo aquí. Esto nos lleva directamente a nuestro último tema de hoy: el Virreinato del Río de la Plata y cómo se fue calentando el ambiente justo antes de la revolución.

Lucía: Exacto. La situación para el virrey de ese entonces, Santiago de Liniers, era... complicada, por decirlo suavemente. Era una olla a presión a punto de estallar.

Mateo: ¿Por qué era tan complicada? Liniers era un héroe de las Invasiones Inglesas, ¿no?

Lucía: Lo era, pero tenía dos problemas enormes. Primero, era francés. Y segundo, Napoleón Bonaparte, también francés, acababa de invadir España. No era el mejor currículum en ese momento.

Mateo: Me imagino que no. Un pésimo timing.

Lucía: Y para colmo, en agosto de 1808 llega un enviado de Napoleón, el marqués de Sassenay. Su misión era informar que el nuevo rey de España era José Bonaparte. ¡Imagínate la escena!

Mateo: ¿Y cómo reaccionó la gente?

Lucía: Pues con mucha desconfianza. Liniers fue acusado de todo. Algunos decían que quería la independencia, otros que era un traidor pro-francés. Su principal enemigo, el gobernador de Montevideo, lo acusó de sospechoso y formó su propia Junta de gobierno.

Mateo: Vaya, se estaba partiendo el virreinato.

Lucía: Totalmente. Y el 1 de enero de 1809, el Cabildo de Buenos Aires, liderado por Martín de Álzaga, intentó hacer lo mismo. Marcharon al fuerte y le exigieron la renuncia a Liniers.

Mateo: ¿Y lo lograron?

Lucía: Casi. Pero aquí es donde la historia da un giro. Las milicias, especialmente el regimiento de Patricios, que tenían un poder enorme desde las invasiones, se movilizaron a la plaza. Apoyaron a Liniers y el motín fracasó. Los responsables terminaron presos.

Mateo: ¡Qué caos! Entonces, ¿qué hizo España, o lo que quedaba de ella, para solucionar esto?

Lucía: La Junta Central de Sevilla decidió cortar por lo sano. Destituyeron a Liniers y nombraron a un nuevo virrey, Baltasar Hidalgo de Cisneros. Su misión era simple: calmar las aguas y evitar cualquier revolución.

Mateo: Suena a una tarea casi imposible.

Lucía: Bastante. De hecho, Cisneros tenía tanto miedo del clima en Buenos Aires que se quedó un mes en Montevideo al llegar. ¡Hasta juró su cargo en Colonia del Sacramento para estar seguro!

Mateo: ¿Y qué hizo al llegar a la capital?

Lucía: Fue muy cauto. Primero, tuvo que negociar con las milicias, que no querían perder su poder. Para tranquilizar a todos, perdonó a los que se habían amotinado con Álzaga.

Mateo: Una jugada inteligente para empezar con buen pie.

Lucía: Sí, pero también creó un "Juzgado de Vigilancia" para espiar cualquier plan revolucionario. Estaba muy preocupado por los levantamientos que ya habían ocurrido en Chuquisaca y La Paz. Lo que no sabía es que él sería el último virrey del Río de la Plata.

Mateo: Increíble. Entonces, para resumir este último tramo, tenemos un virrey francés en el peor momento posible, un intento de golpe de estado fallido gracias a las milicias, y la llegada de un nuevo virrey que intenta, sin éxito, apagar un fuego que ya es imparable.

Lucía: Exacto. El poder de las autoridades españolas era cada vez más débil y el de los criollos, especialmente las milicias, cada vez más fuerte. Era el escenario perfecto para lo que vendría después.

Mateo: Un final de capítulo fascinante y un perfecto comienzo para el siguiente. Lucía, como siempre, un placer aprender contigo.

Lucía: El placer es mío, Mateo. ¡Y gracias a todos por escucharnos!

Mateo: Así es. Esto fue Studyfi Podcast. No olviden seguirnos para no perderse el próximo episodio. ¡Hasta la próxima!