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Podcast sobre El Panóptico y la Sociedad Disciplinaria

El Panóptico y la Sociedad Disciplinaria: Análisis Completo

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Podcast

Disciplina Social: El Ojo Panóptico0:00 / 22:42
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Sofía…espera, ¿o sea que la disciplina no se quedó encerrada en las cárceles o los cuarteles? ¿Salió a la calle, como si nada?
Adrián¡Exacto! Se 'desinstitucionalizó', por usar el término técnico. Los mecanismos de control dejaron de estar solo en fortalezas cerradas y empezaron a circular en estado libre.
Capítulos

Disciplina Social: El Ojo Panóptico

Délka: 22 minut

Kapitoly

La Disciplina se Escapa

Espías en el Aula y el Hospital

Control por Caridad y por el Estado

El Círculo de Poder y Conocimiento

La Ciudad Petrificada

La Mirada Constante

El Registro Permanente

La Plantilla Perfecta

El Poder Productivo

Tácticas de la Disciplina

Una máquina de vigilar

El ojo que todo lo ve

Disciplina desde arriba y abajo

La Prisión Perfecta

El Poder se Vuelve Automático

Una Máquina Multiusos

De la Ciudad Apestada al Panóptico

Las dos caras de la Ilustración

Un derecho al revés

Del interrogatorio al examen

La Cárcel Antes de la Ley

Una Colonización Judicial

Justicia y Despedida

Přepis

Sofía: …espera, ¿o sea que la disciplina no se quedó encerrada en las cárceles o los cuarteles? ¿Salió a la calle, como si nada?

Adrián: ¡Exacto! Se 'desinstitucionalizó', por usar el término técnico. Los mecanismos de control dejaron de estar solo en fortalezas cerradas y empezaron a circular en estado libre.

Sofía: Ok, esto es fascinante. Estás escuchando Studyfi Podcast, donde desglosamos los temas clave que necesitas para tus exámenes.

Adrián: Y este es uno grande. Piensa en estas técnicas de control como un software que de repente se puede instalar en cualquier parte: escuelas, hospitales, talleres...

Sofía: Dame un ejemplo porque suena a ciencia ficción.

Adrián: Claro. En el siglo XVIII, algunas escuelas cristianas no solo buscaban formar niños dóciles. Su función se extendía a vigilar a los padres.

Sofía: ¿Cómo que a vigilar a los padres?

Adrián: ¡Sí! Si un niño se portaba mal, era la excusa perfecta para visitar su casa. Los maestros iban a preguntarles a los vecinos sobre la familia, y luego a los padres sobre su fe, sus costumbres, sus recursos...

Sofía: ¡No me digas! ¿Qué más preguntaban?

Adrián: Llegaban a preguntar cuántas camas tenían y cómo dormían en ellas para ver si, por ejemplo, hermanos y hermanas de cierta edad dormían juntos. ¡Un control total!

Sofía: ¡Qué fuerte! De repente tu profe de catecismo era también una especie de inspector de viviendas.

Adrián: Exacto. Y lo mismo pasaba con los hospitales. Se convirtieron en puntos de vigilancia médica para toda la población, no solo para los enfermos que estaban dentro.

Sofía: Entonces, esta vigilancia se disfrazaba de ayuda o de educación.

Adrián: Muchas veces sí. Grupos religiosos o asociaciones de caridad se encargaban de esta 'disciplina social'. Dividían las ciudades por barrios para hacer visitas regulares.

Sofía: ¿Y qué buscaban con esas visitas?

Adrián: De todo. Se informaban si las familias iban a misa, si los padres educaban a sus hijos en 'el temor de Dios', si había peleas con los vecinos... era un control moral, económico y hasta político.

Sofía: Y supongo que en algún punto el Estado dijo 'yo también quiero jugar'.

Adrián: Por supuesto. Aquí es cuando entra el aparato de la policía. En Francia, por ejemplo, una policía centralizada se convirtió en la máxima expresión de este control social, ya directamente en manos del Estado.

Sofía: Ok, entiendo los ejemplos. Pero, ¿cuál es el punto de todo esto? ¿Por qué es tan importante?

Adrián: Porque aquí se cruza un umbral clave: el del poder y el conocimiento. Al observar y registrar todo esto, no solo controlas a la gente, sino que generas una cantidad inmensa de saber sobre ella.

Sofía: Ah, claro. Mientras más te vigilo, más sé de ti.

Adrián: Y mientras más sé de ti, más fácil es controlarte. Es un proceso circular que se refuerza a sí mismo. El poder crea conocimiento, y el conocimiento crea más poder.

Sofía: El famoso panoptismo del que seguro hablaremos. Es una idea que da un poco de vértigo, ¿eh?

Adrián: Totalmente. Y es la base para entender cómo funcionan muchas instituciones modernas. Pero eso nos lleva a nuestro siguiente punto...

Sofía: Hablando de control, Foucault usa un ejemplo histórico muy potente para ilustrar esto. La ciudad apestada.

Adrián: Exacto. Es una imagen increíble. Imagina una ciudad entera bajo cuarentena estricta. Un espacio totalmente recortado, inmóvil, casi petrificado.

Sofía: ¿Nadie podía salir de su casa?

Adrián: Nadie. Cada cual pegado a su puesto. Si te mueves, te arriesgas a la muerte, ya sea por contagio o por castigo.

Sofía: Qué agobio. ¿Y cómo conseguían comida?

Adrián: Mediante poleas y cestas. Nada de contacto directo. El objetivo era el aislamiento total.

Sofía: Y supongo que la vigilancia era clave para que esto funcionara.

Adrián: La vigilancia lo era todo. La mirada estaba por todas partes, sin cesar. Había guardias en cada puerta y centinelas al final de cada calle.

Sofía: Pero, ¿cómo controlaban a cada individuo dentro de su casa?

Adrián: Ah, aquí viene lo interesante. Todos los días, un síndico pasaba lista. Se paraba frente a cada casa y obligaba a todos a asomarse a la ventana.

Sofía: ¡No me digas! Tenías que fichar desde tu ventana.

Adrián: Tenías que fichar, sí. Llamaba a cada uno por su nombre y se informaba de su estado. Si alguien no aparecía, se investigaba inmediatamente.

Sofía: Suena a la videollamada de trabajo más aterradora de la historia.

Adrián: Totalmente. Era la gran revista de los vivos y de los muertos, como dice Foucault.

Sofía: Entonces, no solo te veían, sino que también lo anotaban todo.

Adrián: Absolutamente todo. Esta vigilancia se apoyaba en un sistema de registro permanente. Al principio se hacía un censo completo: nombre, edad, sexo, todo.

Sofía: Y luego, ¿un informe diario?

Adrián: Un informe diario. Cualquier cosa —muertes, enfermedades, quejas— se anotaba y se transmitía hacia arriba, a los intendentes y magistrados.

Sofía: El poder no solo aísla y vigila, sino que produce un conocimiento detalladísimo sobre cada persona.

Adrián: Has dado en el clavo. Y este modelo de control perfecto, este sueño político... no desapareció con la peste. Se convirtió en la plantilla para otras instituciones.

Sofía: ¿Una plantilla? ¿Para qué tipo de instituciones? ¿Hablamos de la escuela, la fábrica, el hospital, el ejército…?

Adrián: ¡Exactamente! Para todas ellas. Lo que Foucault describe es un cambio fundamental en la... digamos, la "economía" del poder.

Sofía: ¿Economía del poder? Eso suena a algo que vería en una clase de negocios, no de filosofía.

Adrián: Pues piénsalo así. El poder antiguo, el del rey, era muy "dispendioso". Era caro, violento y se basaba en la extracción. En quitarte dinero, tiempo u hombres.

Sofía: La clásica imagen del recaudador de impuestos o el sargento reclutador, vaya.

Adrián: Justo. Las disciplinas, en cambio, marcan la aparición de un poder mucho más sutil. Uno que se integra en la producción misma. El nuevo principio es "suavidad-producción-provecho".

Sofía: Me gusta la palabra "suavidad", pero me da que tiene truco. ¿Significa que es menos opresivo?

Adrián: No necesariamente. Es más... eficiente. En lugar de simplemente reprimir, este nuevo poder busca optimizar. Su función es ajustar la multiplicidad de personas a la multiplicación de los aparatos de producción.

Sofía: Vale, "multiplicidad de personas" se refiere a... ¿grandes grupos de gente?

Adrián: Sí, una nación, un taller, una escuela. La disciplina tiene que resolver un problema clave: ¿cómo hacer que un grupo grande de gente sea manejable y útil, y no un caos?

Sofía: ¿Y cómo lo hace? Suena a querer pastorear gatos.

Adrián: Con técnicas muy concretas. Primero, la disciplina fija y organiza. Inmoviliza o regula los movimientos. Piensa en una fábrica: cada obrero en su puesto, cada movimiento calculado. Se resuelven las confusiones y las aglomeraciones.

Sofía: Creando divisiones, ¿no? Para que no se organicen.

Adrián: Exacto. Neutraliza lo que Foucault llama "contrapoderes". Revueltas, coaliciones, sindicatos... cualquier cosa que surja de las "conjunciones horizontales".

Sofía: ¿Y cómo lo evita?

Adrián: Con "tabicamiento y verticalidad". Es decir, creando separaciones muy claras entre los individuos y estableciendo jerarquías muy tupidas. Se opone una pirámide individualizante a la fuerza del grupo.

Sofía: ¡O sea que mi horario escolar no era solo para que aprendiera mates y lengua! ¡Era para controlarme!

Adrián: En cierto modo, sí. Se trata de extraer de los cuerpos el máximo de tiempo y fuerzas. Los empleos del tiempo, la educación colectiva, los ejercicios... todo busca aumentar la utilidad de cada persona y del grupo entero.

Sofía: Un poder que ya no se muestra con esplendor, con coronas y desfiles...

Adrián: Precisamente. Se sustituye un poder que se exhibe por uno que observa. Uno que, de forma silenciosa, nos convierte en objetos de estudio. Genera un saber detallado sobre nosotros.

Sofía: Y ese es el punto clave, ¿verdad? El poder ya no es solo fuerza, es conocimiento.

Adrián: Has dado en el clavo. Ya no se trata de los signos fastuosos de la soberanía. Se trata de la vigilancia, el registro y la clasificación continua. Y este conocimiento tan íntimo sobre las poblaciones nos lleva directamente a nuestro siguiente gran concepto: la biopolítica.

Sofía: Biopolítica... vale, suena a un concepto enorme. Pero antes de saltar ahí, ¿podemos ver un ejemplo concreto de este nuevo poder que vigila? Pienso... en la policía.

Adrián: ¡Es el ejemplo perfecto, Sofía! La policía que nace en el siglo XVIII no está solo para perseguir criminales. Se convierte en una máquina administrativa unitaria y rigurosa.

Sofía: ¿Una máquina que lo controla todo?

Adrián: Casi. Su poder debe ser coextensivo a todo el cuerpo social. Y no solo en general, sino en la minuciosidad de los detalles. Es un poder sobre lo infinitamente pequeño.

Sofía: ¿Lo infinitamente pequeño? ¿A qué te refieres con eso?

Adrián: A que su objeto es, como dice Foucault, "el polvo de los acontecimientos". Las "cosas de nada". Las opiniones, las conductas, las acciones más simples. ¡Todo lo que pasa!

Sofía: O sea, ¿el primer algoritmo de redes sociales pero con pelucas y sin wifi?

Adrián: ¡Es una analogía genial! Porque busca exactamente eso: ser una vigilancia permanente, exhaustiva, omnipresente. Una mirada sin rostro que lo ve todo.

Sofía: Suena a pesadilla. ¿Y cómo lo lograban sin cámaras?

Adrián: Con una red humana inmensa. Comisarios, inspectores, "observadores" a sueldo, soplones... hasta prostitutas. Y todo se anotaba en informes, creando un archivo gigantesco sobre el comportamiento de la gente.

Sofía: Pero entiendo que este control venía siempre desde arriba, ¿no? Desde el poder del rey.

Adrián: Ah, aquí está el giro más interesante. Era un sistema de doble entrada. Por ejemplo, las famosas *lettres de cachet*, esas órdenes de arresto del rey...

Sofía: El símbolo máximo de la tiranía, claro.

Adrián: ¡Pues la gran mayoría no las pedía el rey! Las solicitaban las propias familias, los vecinos, los notables locales...

Sofía: ¿Qué me dices? ¿Para qué? ¿Para quejarse del vecino ruidoso?

Adrián: ¡Pues casi! Se usaban para sancionar lo que llamaban "mala conducta". La desobediencia, la agitación... todo ese desorden que no era un crimen real.

Sofía: Wow. Entonces la policía no solo imponía disciplina desde el Estado, sino que canalizaba el deseo de disciplina que existía en la propia sociedad.

Adrián: Exactamente. Creaba una disciplina en los espacios donde otras instituciones no llegaban. Era una disciplina "intersticial". Su función final era, en palabras de la época, "acostumbrar al pueblo al orden y a la obediencia".

Sofía: Y esa gestión de la vida para mantener el orden... supongo que nos devuelve a ese concepto que mencionaste al principio, ¿verdad?

Adrián: Exacto, Sofía. Nos lleva directamente a la idea del Panóptico de Bentham.

Sofía: ¡El Panóptico! Suena a villano de cómic.

Adrián: Podría serlo, la verdad. Pero es un diseño arquitectónico. Imagina un edificio en forma de anillo. En el centro, una torre de vigilancia. Y en el anillo exterior, celdas individuales.

Sofía: ¿Como una rotonda gigante de celdas?

Adrián: Justo así. Cada celda atraviesa todo el grosor del anillo, con una ventana al exterior y otra hacia la torre central. Así, cada prisionero es una silueta perfectamente visible, recortada a contraluz.

Sofía: Te ven todo el tiempo. Qué agobio.

Adrián: Ah, pero aquí está la clave. El poder del Panóptico debe ser visible pero inverificable.

Sofía: ¿Visible pero... inverificable? ¿Cómo funciona eso?

Adrián: Muy sencillo. El prisionero siempre ve la torre central, sabe que la vigilancia está ahí. Es visible. Pero las ventanas de la torre tienen persianas, y el interior está diseñado para que no puedas ver si hay alguien dentro.

Sofía: ¡Ostras! Así que nunca sabes si te están mirando en ese preciso instante...

Adrián: Exacto. Pero tienes que asumir que *siempre* pueden estar mirándote. Es una trampa de visibilidad. La visibilidad total se convierte en el instrumento de poder.

Sofía: Entonces, el truco no es tener a un vigilante pegado a la ventana 24/7.

Adrián: ¡Para nada! De hecho, es a la vez demasiado y demasiado poco. Demasiado, porque no hace falta vigilar todo el tiempo. Y demasiado poco, porque lo esencial es que el prisionero *se sepa* vigilado.

Sofía: Se crea una relación de poder que es... ficticia, en cierto modo.

Adrián: Completamente. El Panóptico disocia la pareja 'ver-ser visto'. En el anillo, eres totalmente visto sin ver jamás. En la torre, ves todo sin ser visto jamás.

Sofía: ¡Y eso automatiza el poder! Ya no depende de una persona concreta.

Adrián: ¡Has dado en el clavo! El poder ya no reside en el rey o en el guardia. Reside en la propia arquitectura. En la distribución de los cuerpos, las luces, las miradas. Da igual quién esté en la torre.

Sofía: ¿Cualquiera podría hacerlo?

Adrián: Cualquiera. El director, su familia, un visitante curioso, hasta un niño travieso. El sistema funciona solo. Los prisioneros se insertan en una situación de poder de la que ellos mismos son portadores.

Sofía: O sea, se convierten en sus propios vigilantes. Es brillante y aterrador a partes iguales.

Adrián: Totalmente. El poder externo se vuelve casi innecesario. El prisionero interioriza la disciplina y se somete a sí mismo. Por eso Bentham decía que no hacían falta rejas ni cadenas. La geometría era suficiente.

Sofía: Pero esto no se diseñó solo para prisiones, ¿verdad? Mencionaste que era un modelo más general.

Adrián: Exacto. Y esto es lo fascinante. El Panóptico es un diagrama de poder, una tecnología política que se puede aplicar a cualquier grupo de personas al que quieras imponer una conducta.

Sofía: A ver, dame ejemplos.

Adrián: Escuelas, para asegurar que los niños estudien. Hospitales, para que los enfermos sigan las prescripciones. Fábricas, para vigilar a los obreros y evitar distracciones. ¡Incluso manicomios!

Sofía: Es un esquema polivalente. La misma idea para controlar a poblaciones completamente distintas.

Adrián: Precisamente. Bentham lo veía como un 'huevo de Colón' de la política. Un intensificador de poder que se podía aplicar a cualquier institución para hacerla más eficiente.

Sofía: ¿Más eficiente en qué sentido?

Adrián: En todo. Decía que podía 'reformar la moral, preservar la salud, revigorizar la industria, difundir la instrucción...'. El objetivo era aumentar la utilidad de cada individuo.

Sofía: Es como si el poder no solo te castigara, sino que intentara 'optimizarte'.

Adrián: Esa es la palabra. El poder se integra sutilmente en la función —educar, curar, producir— para hacerla más eficaz. Aumenta sus propias presas para aumentar la producción de la sociedad.

Sofía: Esto contrasta mucho con el modelo de disciplina anterior que vimos, el de la ciudad en cuarentena por la peste.

Adrián: Es un contraste perfecto. La ciudad apestada era un modelo de 'disciplina-bloqueo'. Una medida de excepción, violenta, visible. Se trataba de detener un mal, de parar el movimiento.

Sofía: Y el Panóptico es... lo opuesto.

Adrián: Es una 'disciplina-mecanismo'. Un dispositivo funcional que no busca parar nada, sino mejorar el ejercicio del poder. Volverlo más rápido, más ligero, más eficaz.

Sofía: Menos brutal, pero más... constante.

Adrián: Infinitamente más constante. No es un poder que se ejerce de forma violenta y discontinua, como el del soberano. Es un poder que funciona de manera continua en los cimientos de la sociedad, hasta en sus partículas más finas.

Sofía: Así que pasamos de una disciplina de excepción, para momentos de crisis, a una vigilancia generalizada para la vida cotidiana.

Adrián: Exacto. El Panóptico es el programa para una sociedad entera atravesada por mecanismos disciplinarios. Es el diseño de coerciones sutiles para una sociedad futura.

Sofía: Una sociedad que, en muchos aspectos, es la nuestra. Esta idea de una disciplina que se extiende por todas partes, que se vuelve casi invisible... me hace pensar en cómo se llegó a formar esta 'sociedad disciplinaria'. ¿Fue algo que ocurrió de repente?

Adrián: Esa es la pregunta del millón, Sofía. Y la respuesta no está en un solo evento, sino en una serie de procesos más profundos que llevaron a esta generalización. Pero eso, si te parece, lo exploramos en nuestro próximo segmento.

Sofía: ¡Claro! Me quedé pensando en eso. ¿Cómo se generalizaron estas disciplinas? ¿Cómo es que las libertades que tanto celebramos de la Ilustración... conviven con estos mecanismos de control tan sutiles?

Adrián: Esa es la genialidad y lo oscuro del asunto, según Foucault. No es que convivan... es que son dos caras de la misma moneda. Históricamente, la burguesía del siglo XVIII necesitaba un marco jurídico que pareciera igual para todos.

Sofía: El famoso sistema de derechos, el parlamento, la representación... lo que estudiamos en historia.

Adrián: Exacto. Esa es la cara luminosa. Pero por debajo, en la sombra, se desarrollaba la otra cara: la generalización de las disciplinas. Esos micropoderes que ordenan los cuerpos y garantizan la sumisión.

Sofía: O sea que mientras se firmaba un contrato social basado en la igualdad... en la práctica se construía una sociedad disciplinaria que es todo lo contrario, ¿desigual y asimétrica?

Adrián: Precisamente. Las libertades jurídicas formales necesitaban un subsuelo. Y ese subsuelo fueron las disciplinas corporales. Las Luces, que descubrieron las libertades, también inventaron las disciplinas.

Sofía: Vaya... La Ilustración tenía un lado oscuro. Como en las películas.

Adrián: Totalmente. Un lado B muy, muy influyente.

Sofía: Foucault lo llama 'contraderecho', ¿verdad? Me suena a que es algo que se opone a la ley.

Adrián: Exacto. A primera vista, una disciplina parece una versión 'mini' de la ley, aplicada a una escuela o un taller. Pero en realidad funciona al revés que un contrato legal.

Sofía: ¿En qué sentido?

Adrián: Un contrato se basa en reciprocidad, en un acuerdo entre iguales. La disciplina, en cambio, crea una relación desigual por definición. Siempre hay alguien que manda y alguien que obedece.

Sofía: Claro, el poder siempre está del mismo lado. No puedes 'negociar' las reglas del ejército o del colegio como si fuera un contrato de alquiler.

Adrián: ¡Exacto! Ese 'exceso de poder' es la clave. La disciplina falsea sistemáticamente la idea de un pacto entre iguales. Por eso es un contraderecho, una fuerza que opera en la dirección opuesta a la igualdad formal de la ley.

Sofía: Y esta nueva forma de poder, ¿cambia también la forma en que producimos conocimiento?

Adrián: Cambia todo. Aquí Foucault hace una distinción clave. Piensa en cómo se buscaba la verdad antes, en la Edad Media. Se usaba la 'investigación', como la de la Inquisición.

Sofía: ¿Un interrogatorio para establecer hechos?

Adrián: Sí. Y ese modelo, esa búsqueda autoritaria de la verdad, fue la base para las ciencias naturales. Se 'interroga' a la naturaleza para que revele sus secretos.

Sofía: Entiendo. ¿Y qué pasa con las ciencias humanas? ¿La psicología, la pedagogía...?

Adrián: Ah, para ellas, el modelo no fue la investigación, sino el 'análisis disciplinario'. El examen. No se busca una gran verdad, sino que se observa, se mide y se normaliza al individuo sin parar.

Sofía: Entonces, todo nuestro conocimiento sobre el ser humano... ¿nació de estas técnicas de vigilancia y corrección?

Adrián: En gran medida, sí. El poder de investigar la naturaleza nos dio las ciencias naturales. Pero el poder de examinar a los individuos nos dio las ciencias del hombre. Y ese es un poder completamente distinto, con consecuencias que veremos justo después de la pausa.

Sofía: ¡Y estamos de vuelta! Adrián, justo antes de la pausa hablabas de esas consecuencias. Me imagino que la prisión es el ejemplo perfecto de ese poder de examinar.

Adrián: ¡Exactamente! Pero aquí está lo sorprendente: la forma de la prisión es mucho más antigua que su uso en las leyes penales.

Sofía: ¿Cómo es eso posible? ¿Una prisión sin ley que la respalde?

Adrián: Piénsalo así: antes de que la ley dijera "la cárcel es el castigo", la sociedad ya había desarrollado todas las técnicas. Técnicas para clasificar personas, controlar sus cuerpos, vigilarlas constantemente... todo para hacerlas dóciles y útiles.

Sofía: ¡Wow! Entonces, el sistema judicial no inventó la prisión... ¿simplemente la adoptó?

Adrián: Precisamente. La institución-prisión ya estaba diseñada. La ley solo le dio un nuevo propósito. Por eso, modelos como el de Walnut Street no fueron innovaciones, sino puntos de encuentro.

Sofía: El punto donde el poder disciplinario y el poder judicial se dieron la mano.

Adrián: ¡Exacto! Es como si el poder judicial hubiera encontrado esta herramienta súper eficiente de control y hubiera dicho: "¡Oye, quiero eso para mis castigos!".

Sofía: Una especie de copia y pega institucional.

Adrián: Y esa es la gran conclusión. La prisión marca dos momentos históricos clave. Por un lado, el acceso de la justicia a la "humanidad".

Sofía: Y por otro lado...

Adrián: Por otro, el momento en que estos mecanismos de control y disciplina, que no son nada igualitarios, colonizan por completo la institución judicial.

Sofía: Así que tenemos una justicia que se dice "igual", pero que nace unida a un poder que es fundamentalmente asimétrico. Qué paradoja.

Adrián: Una paradoja que define nuestra modernidad. Y con esa idea tan potente, creo que hemos llegado al final de nuestro viaje por hoy.

Sofía: Ha sido fascinante, Adrián. Hemos visto cómo este poder-saber se manifiesta en todas partes. Muchísimas gracias por desenredar estas ideas tan complejas.

Adrián: El placer ha sido mío, Sofía.

Sofía: Y gracias a todos por acompañarnos en Studyfi Podcast. ¡Hasta la próxima!

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