Podcast sobre El Neoliberalismo: Orígenes y Consolidación
El Neoliberalismo: Orígenes y Consolidación Explicado
Podcast
El Nacimiento del Neoliberalismo: De la Sombra al Poder
Délka: 24 minut
Kapitoly
Un Memo Secreto
El Club de Mont Pelerin
La Crisis de los 70
La Construcción del Consentimiento
Libertad vs. Justicia Social
La Revolución de Reagan
Dinero, Poder y Desigualdad
El Dilema Demócrata de Clinton
La Batalla de las Ideas
Críticas al Estado del Bienestar
El Invierno del Descontento
La Llegada de Thatcher
La batalla municipal
Vendiendo las joyas de la familia
Los límites del neoliberalismo
Una respuesta caótica
La amenaza a las élites
¿Utopía o restauración de poder?
Los Nuevos Rostros del Poder
Una Riqueza Descomunal
¿Una Élite Global?
Resumen y Despedida
Přepis
Valeria: Imagina esto: es agosto de 1971. Un abogado llamado Lewis Powell, a punto de ser nombrado juez del Tribunal Supremo de Estados Unidos, escribe un memo confidencial para la Cámara de Comercio. Su mensaje era explosivo y directo: "El sistema de libre empresa está bajo ataque... y tenemos que contraatacar".
Daniel: Exacto. No era una simple queja. Era un llamado a las armas para las élites económicas. Una hoja de ruta para una guerra de ideas que cambiaría el mundo. Y vaya si lo hizo.
Valeria: Estás escuchando Studyfi Podcast. Hoy hablamos de la teoría y la historia del neoliberalismo. Daniel, ese memo de Powell suena casi a conspiración.
Daniel: Un poco, sí. Pero fue muy real. Powell decía que las empresas debían organizarse, financiar think-tanks, influir en las universidades, los medios... todo para cambiar la forma en que la gente pensaba sobre la economía, la ley y hasta la cultura.
Valeria: Pero esta idea no salió de la nada, ¿verdad? Powell no se la inventó en 1971.
Daniel: Para nada. Él solo estaba canalizando ideas que llevaban décadas gestándose en la sombra. De hecho, tenemos que retroceder hasta 1947, a un balneario en Suiza. ¿Suena relajante, no?
Valeria: Un balneario suizo... No es lo primero que asocio con una revolución económica.
Daniel: ¡Pues allí nació! Un grupo de intelectuales, liderados por el economista Friedrich von Hayek y con gente como Milton Friedman, fundaron la Mont Pelerin Society. Estaban convencidos de que los "valores centrales de la civilización" estaban en peligro por culpa del Estado de bienestar y el socialismo.
Valeria: Ok, entonces tenemos a este grupo de pensadores con sus ideas... pero ¿por qué el mundo empezó a escucharlos en los 70 y 80? ¿Qué cambió?
Daniel: El sistema que se había construido después de la Segunda Guerra Mundial, conocido como "liberalismo embridado", empezó a hacer aguas. Piensa en ello: los gobiernos intervenían mucho en la economía, había pleno empleo, sindicatos fuertes... un compromiso entre capital y trabajo.
Valeria: El famoso Estado del bienestar. Sonaba bastante bien, ¿no?
Daniel: Funcionó un tiempo, con un crecimiento económico altísimo. Pero en los años 70, todo se vino abajo. Surgió un monstruo llamado "estanflación": estancamiento económico más inflación. Las viejas recetas keynesianas ya no funcionaban y la gente estaba preocupada.
Valeria: Entonces, con la crisis, el neoliberalismo vio su oportunidad. ¿Cómo pasaron de ser un club de debate a dominar la política mundial con Thatcher y Reagan?
Daniel: Aquí viene la parte más astuta: la construcción del consentimiento. No podían llegar y decir: "Hola, queremos restaurar el poder de la élite económica". Nadie votaría por eso.
Valeria: Claro, no es un eslogan muy pegadizo.
Daniel: Para nada. En su lugar, usaron una palabra mágica: "libertad". Se apropiaron de la idea de la libertad individual, que era muy popular, sobre todo después de los movimientos estudiantiles de 1968. Enmascararon sus objetivos económicos con un discurso cultural.
Valeria: ¿Cómo funciona eso? ¿Cómo usas la "libertad" para cambiar la economía?
Daniel: El truco está en que los movimientos del 68 buscaban dos cosas a la vez: libertad individual y justicia social. Y a veces, esas dos cosas chocan. La justicia social requiere solidaridad, pensar en el colectivo. La libertad individual puede llevar al consumismo y al narcisismo.
Valeria: Y el neoliberalismo explotó esa tensión.
Daniel: ¡Exactamente! Lograron separar esas dos ideas. Presentaron al Estado no como un garante de la justicia social, sino como un opresor de la libertad individual. Y de repente, mucha gente empezó a pensar: "Sí, el gobierno me pone demasiadas reglas. Quiero más libertad para elegir".
Valeria: Libertad para elegir qué comprar, qué estilo de vida tener... sin pensar tanto en las estructuras económicas que hay detrás.
Daniel: Precisamente. Convirtieron un proyecto político en una cuestión de "sentido común". Y una vez que una idea se convierte en sentido común, es increíblemente difícil de desafiar. Es la base de su éxito y el comienzo de la era que llega hasta nuestros días.
Valeria: Entonces, todo este cambio de mentalidad tenía que aterrizar en políticas reales. Y ahí es donde entra Ronald Reagan en 1980, ¿verdad?
Daniel: Exactamente. Reagan no perdió el tiempo. Su elección fue el pistoletazo de salida para consolidar este giro neoliberal. Su mantra era simple: el gobierno es el problema, no la solución.
Valeria: Suena a eslogan de campaña, pero ¿qué significó en la práctica?
Daniel: Significó un ataque frontal a la regulación. Menos reglas para la industria, el medio ambiente, la seguridad laboral... todo. Usó dos herramientas principales: recortes de presupuesto y desregulación a tope.
Valeria: Y supongo que puso a gente que pensaba como él en puestos clave.
Daniel: ¡Claro! Puso a personas pro-industria y anti-regulación a cargo de las agencias que se suponía debían regular. Es como poner a un zorro a cuidar el gallinero.
Valeria: Una analogía bastante clara. Y esto afectó directamente a los trabajadores, ¿no?
Daniel: Totalmente. Un ejemplo brutal fue con el Sindicato de Controladores Aéreos en 1981. Se pusieron en huelga y Reagan... los despidió a todos. Fue una señal para todo el movimiento sindical: los viejos tiempos se acabaron.
Valeria: Y además de debilitar a los sindicatos, también cambió las reglas del juego económico con los impuestos.
Daniel: Oh, sí. Y aquí es donde se ve claramente la restauración del poder de clase. Se hicieron revisiones al código tributario que, en la práctica, permitieron que muchas corporaciones pagaran cero impuestos.
Valeria: ¿Cero? ¿En serio?
Daniel: Cero. Y para las personas con las rentas más altas, el tipo impositivo bajó del 78%... al 28%. Un recorte gigantesco.
Valeria: Wow. Mientras tanto, me imagino que los salarios de la gente común no subieron precisamente.
Daniel: Para nada. De hecho, para mantener los salarios bajos, se incentivó la desindustrialización. Las fábricas del noreste, el famoso "Rust Belt", empezaron a cerrar y a moverse al sur, o directamente a México y Asia, donde no había sindicatos y la mano de obra era más barata.
Valeria: Así que, por un lado, menos impuestos para los ricos y las empresas. Y por otro, menos poder y peores salarios para los trabajadores. La brecha de la desigualdad empezaba a ensancharse.
Daniel: Exacto. Y todo esto se vendía como algo bueno, como una forma de lograr "flexibilidad" y "libertad" en el mercado laboral. Pero los beneficios de esa flexibilidad... iban casi todos al capital.
Valeria: Pero después de Reagan y Bush padre, llegó un demócrata a la Casa Blanca, Bill Clinton. ¿No se suponía que él debía revertir todo esto?
Daniel: Esa es la gran ironía. Clinton llegó con la promesa de ayudar a la gente común, pero se encontró con un problema enorme: un déficit fiscal gigantesco. Tenía que elegir entre subir mucho los impuestos, lo que era un suicidio político, o recortar el gasto.
Valeria: Y escogió recortar el gasto, supongo.
Daniel: Eligió el segundo camino. Y esto, en palabras de su propio asesor económico, Joseph Stiglitz, significó que "nos las arreglamos para ir apretando el cinturón a los pobres a medida que aflojábamos el de los ricos".
Valeria: Qué frase tan dura. O sea, que para calmar a los mercados de bonos de Wall Street y bajar los tipos de interés, tuvo que traicionar a su base electoral.
Daniel: Básicamente, sí. No podía permitirse un sistema de salud nacional, por ejemplo, por miedo a perjudicar los intereses de la clase capitalista. Esto creó una asimetría política muy clara.
Valeria: ¿A qué te refieres con asimetría?
Daniel: A que los republicanos podían movilizar a su base con temas culturales y religiosos, mientras tenían el bolsillo lleno gracias a las grandes corporaciones. Los demócratas, en cambio, no podían atender las necesidades de su gente por no enfadar a esas mismas corporaciones de las que también dependían para financiarse.
Valeria: Suena a que no era solo una lucha política, sino también una guerra de ideas. ¿Cómo convencieron a la gente de que todo esto era necesario?
Daniel: ¡Exacto! Hubo una campaña intelectual potentísima. Piénsalo, se fusionaron ideas como el monetarismo de Milton Friedman, la teoría de la elección pública... hasta ideas más... peculiares como la de Arthur Laffer.
Valeria: ¿El de la famosa curva de Laffer? ¿El que decía que bajando impuestos se recaudaba más?
Daniel: ¡Ese mismo! A Reagan le encantaba esa idea, aunque muchos economistas la vieran como magia. La cuestión es que el mensaje central era siempre el mismo: el gobierno es malo, el mercado es bueno.
Valeria: Y este mensaje se difundió por todas partes.
Daniel: Por todas partes. Desde periódicos como *The Wall Street Journal* hasta *think-tanks* financiados por grandes fortunas. Y, sobre todo, en las universidades. Las escuelas de negocios de Harvard o Stanford se convirtieron en templos del pensamiento neoliberal.
Valeria: Y eso es clave, porque ahí es donde se forman las futuras élites, no solo de Estados Unidos, sino de todo el mundo.
Daniel: Precisamente. Muchos de los que luego aplicaron estas políticas en América Latina o en organismos como el FMI se formaron en esas universidades. Así es como una idea se vuelve hegemónica a nivel global, lo que nos lleva a pensar en cómo estas políticas se exportaron más allá de sus fronteras.
Valeria: ...así que ese consenso de la posguerra no era tan sólido como parecía. Había grietas bajo la superficie, ¿no es así?
Daniel: Exacto. El Estado del bienestar que se construyó en Gran Bretaña después de la guerra nunca fue del agrado de todos, especialmente de los círculos financieros. Y tenían aliados muy poderosos.
Valeria: ¿Como quiénes?
Daniel: Bueno, medios como el *Financial Times* empezaron a pintar una imagen muy concreta. Describían al Estado como una burocracia torpe y asfixiante, y a los sindicatos como un poder opresivo.
Valeria: Y supongo que esa idea empezó a calar en la gente, sobre todo con los problemas económicos de los años 70.
Daniel: Totalmente. Y no era solo una idea en el aire. Think tanks como el Institute of Economic Affairs y el Centre for Policy Studies le dieron una base intelectual. Prepararon el terreno para figuras como Margaret Thatcher.
Valeria: Suena a una tormenta perfecta que se estaba gestando. Pero, ¿cuál fue la gota que derramó el vaso?
Daniel: La crisis económica, sin duda. La estanflación de los 70 lo cambió todo. La gente veía que la inflación se disparaba y el desempleo subía. El modelo simplemente no funcionaba.
Valeria: Y en medio de todo esto... estaban los sindicatos, que eran increíblemente fuertes en esa época.
Daniel: ¡Fortísimos! Los mineros, por ejemplo, convocaron huelgas masivas en 1972 y 1974. Eran el corazón del movimiento obrero y lograron paralizar al gobierno conservador.
Valeria: ¡Vaya! ¿Y qué pasó después?
Daniel: El gobierno laborista que les siguió les dio lo que pedían, pero fue una victoria pírrica. El país estaba en quiebra y tuvieron que pedir un préstamo al FMI.
Valeria: Un gobierno laborista pidiendo un rescate... Qué ironía.
Daniel: Y el FMI exigió recortes brutales. Esto llevó al famoso "Invierno del Descontento" de 1978. Hubo huelgas por todas partes... ¡hasta los sepultureros se negaron a enterrar a los muertos!
Valeria: ¡Qué imagen tan terrible! La opinión pública debió de desplomarse.
Daniel: Por los suelos. La gente estaba harta. Los sindicatos pasaron de ser héroes a ser vistos como los villanos codiciosos que estaban hundiendo el país. Era el escenario perfecto para un cambio radical.
Valeria: Y en ese escenario entra Margaret Thatcher.
Daniel: Con un mandato clarísimo: poner orden. Su plan tenía dos frentes. Primero, atacar la inflación con políticas monetaristas, aunque eso significara un desempleo masivo. Creó lo que Marx llamaría un "ejército industrial de reserva".
Valeria: ¿Y el segundo frente? No me digas... los sindicatos.
Daniel: Adivinaste. El golpe maestro fue la huelga de mineros de 1984. Thatcher la provocó, se preparó para ella y, tras un año de lucha durísima, los derrotó por completo.
Valeria: Rompió la columna vertebral del movimiento obrero británico.
Daniel: Exactamente. Abrió el país a la competencia extranjera, industrias enteras como el acero y los astilleros desaparecieron. Para cuando dejó el poder, la inflación estaba controlada, el poder sindical era una décima parte de lo que fue y la economía británica se había transformado para siempre.
Valeria: Una transformación brutal y rapidísima. Y me pregunto, ¿qué tipo de sociedad surgió de estas cenizas?
Valeria: Entonces, ya tenía a los sindicatos bajo control, pero la lucha no había terminado, ¿verdad? Suena a que era solo el principio.
Daniel: Exacto. Thatcher tuvo que luchar en otros frentes. Muchos ayuntamientos se convirtieron en centros de resistencia contra sus políticas neoliberales.
Valeria: ¿Como una rebelión desde dentro?
Daniel: ¡Básicamente! Piensa en lugares como Sheffield, Liverpool e incluso el Ayuntamiento del Gran Londres. Estaban poniendo en práctica un nuevo tipo de socialismo municipal.
Valeria: ¿Y cómo reaccionó Thatcher? No me imagino que le hiciera mucha gracia.
Daniel: Para nada. Primero, les recortó salvajemente la financiación del gobierno central. Pero ellos simplemente subieron los impuestos sobre la propiedad para compensar.
Valeria: ¡Un movimiento de jaque mate!
Daniel: Ella tenía otro plan. Impulsó algo llamado el «poll tax». En lugar de un impuesto basado en el valor de la propiedad, era una tarifa fija por persona. Súper regresivo.
Valeria: Suena injusto. ¿Cómo le fue con eso?
Daniel: Fue un desastre político. Provocó una reacción popular masiva y fue un factor clave en su propia caída política.
Valeria: Aparte de pelearse con los ayuntamientos, ¿cuál fue su otro gran proyecto?
Daniel: La privatización. Quería vender todas las empresas estatales que te puedas imaginar.
Valeria: ¿Por qué? ¿Solo para conseguir dinero para el gobierno?
Daniel: Era parte del plan, pero también era ideológico. Quería reducir el tamaño del Estado y fomentar la responsabilidad empresarial y personal. British Telecom, British Airways, el acero, el gas, el agua, los ferrocarriles... todo estaba en venta.
Valeria: Sus oponentes debieron de aprovechar eso.
Daniel: Lo llamaron «vender las joyas de la familia». Y en muchos casos, las empresas se valoraron tan bajo que era casi un regalo para el capital privado, sobre todo porque los terrenos valiosos que poseían ni siquiera se incluían en el precio.
Valeria: Vale, privatizó industrias, pero ¿qué pasó con la sanidad o la educación? El estado del bienestar.
Daniel: Ese fue un hueso mucho más duro de roer. Ahí se enfrentaba a las tradiciones de sus propios votantes: las clases medias y altas.
Valeria: ¿Incluso ellos tenían sus límites?
Daniel: Totalmente. La idea de privatizar la sanidad o de que las universidades cobraran tasas altas era ir demasiado lejos para muchos en aquel entonces. Ella quería hacerlo, pero no pudo avanzar rápidamente.
Valeria: ¿O sea que hasta la Dama de Hierro tenía un muro que no podía derribar?
Daniel: Exacto. Demuestra que había límites claros a cuánto neoliberalismo estaba dispuesta a aceptar la gente. Y esa resistencia, incluso dentro de su propia base, es clave para entender toda su era, lo que nos lleva a...
Valeria: Entonces, con esa crisis de los años 70 que mencionabas, con inflación y desempleo por las nubes... el mundo necesitaba una respuesta. Pero, ¿cómo se llegó a la solución neoliberal? Parecía salir de la nada.
Daniel: Exacto, y esa es la clave. No fue para nada una respuesta obvia ni inevitable. Desde nuestra perspectiva, parece que siempre estuvo ahí, ¿verdad? Pero en ese momento, nadie sabía con certeza qué iba a funcionar.
Valeria: ¿Entonces no hubo un gran plan maestro desde el principio?
Daniel: Para nada. El mundo capitalista llegó a la neoliberalización dando tumbos, con experimentos caóticos y muchos zigzagueos. Fue un desastre organizado, si quieres verlo así.
Valeria: Un desastre organizado... Me gusta esa descripción. Suena a mi escritorio.
Daniel: Bueno, la idea solo se consolidó como la nueva ortodoxia en los años 90, con lo que se llamó el “Consenso de Washington”. Para entonces, ya todos estaban en el mismo barco.
Valeria: Pero, ¿qué empujó este cambio tan drástico? ¿Qué motivó a las élites a adoptar estas ideas con tanta fuerza?
Daniel: Aquí es donde la historia se pone interesante. La crisis de los 70 no era solo económica, era una amenaza directa al poder de las clases dominantes. Y era una amenaza doble.
Valeria: ¿Doble? ¿Cómo así?
Daniel: Primero, la amenaza *política*. Los movimientos obreros y los partidos socialistas y comunistas estaban ganando muchísimo terreno en Europa y otras partes. Proponían una alternativa real al capitalismo.
Valeria: O sea, no eran solo protestas, estaban cerca de tomar el poder.
Daniel: Totalmente. En Suecia, por ejemplo, un plan proponía, literalmente, ir comprando poco a poco las empresas para convertirlas en propiedad de los trabajadores. ¡Imagina el pánico en la sala de juntas!
Valeria: ¡Claro! Me imagino a los directivos sudando frío. Y, ¿cuál era la segunda amenaza?
Daniel: La amenaza *económica*. Después de la Segunda Guerra Mundial, se había llegado a un acuerdo: las clases altas restringían su poder económico y los trabajadores recibían una porción más grande del pastel.
Valeria: Tenía sentido mientras el pastel siguiera creciendo para todos, supongo.
Daniel: Exacto. Pero en los 70, el crecimiento se estancó. Los ricos vieron cómo su porción de la renta, que había bajado a menos de la mitad, ya no crecía. Y peor aún, el valor de sus activos —acciones, propiedades— se desplomó. Sintieron que estaban a punto de perderlo todo.
Valeria: Entiendo. Se sintieron acorralados. Entonces, ¿el neoliberalismo fue una teoría para salvar la economía o una estrategia para salvarse a sí mismos?
Daniel: Esa es la pregunta del millón. Podemos verlo de dos formas. Como un proyecto *utópico* para reorganizar el capitalismo de una forma teóricamente más eficiente. O... como un proyecto *político* para restaurar el poder de clase de las élites económicas.
Valeria: Y la evidencia... ¿hacia dónde apunta?
Daniel: De forma abrumadora, hacia la segunda opción. El neoliberalismo no ha sido muy eficaz para reactivar el crecimiento económico global de forma sostenida. Pero ha sido espectacularmente exitoso en restaurar y concentrar la riqueza en la cima.
Valeria: Dame datos. ¿Qué tan exitoso?
Daniel: En Estados Unidos, la porción de la renta nacional del 1% más rico volvió a los niveles previos a la Segunda Guerra Mundial. Y la diferencia entre el sueldo de un alto directivo y un trabajador promedio pasó de ser de 30 a 1 en 1970... a 500 a 1 en el año 2000.
Valeria: Quinientas veces... Es una cifra que cuesta hasta procesar. Así que, en resumen, el objetivo principal parece haber sido claro desde el principio.
Daniel: Así es. La utopía de la libertad de mercado funcionó, sobre todo, como la justificación perfecta para un proyecto de restauración de poder. Y como veremos, las consecuencias de esa restauración las vivimos hasta el día de hoy.
Valeria: Y con eso cerramos el tema anterior. Pero todo esto nos lleva a una pregunta final, Daniel. Si el neoliberalismo fue una restauración del poder de clase... ¿de qué clase estamos hablando exactamente?
Daniel: Esa es la pregunta del millón, Valeria. Porque no hablamos de los viejos aristócratas o solo de los dueños de las fábricas. El foco se ha desplazado a otro lugar.
Valeria: ¿Y a quién se ha desplazado?
Daniel: Piensa en los altos directivos, los CEOs. Y también en los jefes del mundo financiero y legal. Son ellos los que realmente mueven los hilos en los consejos de administración de las grandes empresas.
Valeria: O sea, no tanto el accionista tradicional, ¿sino el que gestiona el dinero?
Daniel: Exacto. A menos que un accionista tenga un porcentaje enorme, su poder es limitado. Pero al mismo tiempo, surgieron procesos totalmente nuevos de formación de clase.
Valeria: ¿Cómo cuáles?
Daniel: Pues fortunas que se hicieron de la noche a la mañana. ¿Te suenan Bill Gates o Paul Allen? Nacieron de la tecnología. O Carlos Slim en México, que tomó el control de las telecomunicaciones privatizadas y construyó un imperio.
Valeria: Claro, y no podemos olvidar a Rupert Murdoch en los medios. Empezó en Australia y ahora... bueno, está en todas partes.
Daniel: Precisamente. A menudo, una relación privilegiada con el poder del estado es... digamos, una pequeña ayuda para empezar.
Valeria: Y el resultado de todo esto es una concentración de riqueza que es difícil de procesar.
Daniel: Totalmente. Hay un dato que es simplemente prodigioso. En 1996, el patrimonio de las 358 personas más ricas del mundo era igual al ingreso del 45% más pobre de la población mundial.
Valeria: Espera, repite eso. ¿358 personas tenían tanto como 2.300 millones de personas?
Daniel: Así es. Y la cosa empeoró. Para 1998, los 200 más ricos ya habían duplicado su patrimonio. Es una escala de poder económico inmensa.
Valeria: Lo que me lleva a otra duda. ¿Podemos considerar a esta nueva élite como una "clase transnacional"? ¿O siguen siendo, no sé, la élite estadounidense, la élite mexicana y demás?
Daniel: Es un gran debate. Mi opinión es que siempre han tenido lazos internacionales. Nunca existió una clase capitalista puramente "estadounidense". Pero la globalización neoliberal intensificó esas conexiones.
Valeria: Entonces, ¿no tienen patria?
Daniel: No exactamente. Piensa en el ejemplo de Rupert Murdoch. Empezó en Australia, se centró en Gran Bretaña y luego se hizo ciudadano estadounidense. No está por encima de los estados, sino que los utiliza.
Valeria: Ah, ya veo. Aprovecha las ventajas y la protección de estados específicos para expandir su influencia global.
Daniel: ¡Exacto! Es como tener varios pasaportes para tu imperio. Ejerce poder en EE. UU., en Gran Bretaña y en Australia, todo a la vez. No es que no pertenezca a ningún sitio, ¡es que juega en varios tableros a la vez!
Valeria: Vaya, una buena forma de verlo.
Daniel: El punto clave es este: aunque este grupo de individuos no siempre conspire, comparten intereses muy claros. Reconocen las ventajas de la neoliberalización y tienen foros como el de Davos para intercambiar ideas e influir en los líderes políticos.
Valeria: Así que, para recapitular todo lo que hemos hablado hoy: el neoliberalismo no fue solo una teoría económica. Fue un proyecto político que buscó restaurar el poder de una clase, aunque redefiniendo quién pertenecía a esa clase.
Daniel: Exactamente. Vimos cómo se implementó, las consecuencias que tuvo en la redistribución de la riqueza hacia arriba y, finalmente, cómo consolidó el poder de una nueva élite financiera y corporativa con un alcance global sin precedentes.
Valeria: Un tema complejo pero fascinante. Muchísimas gracias, Daniel, por desglosarlo tan claramente para nosotros hoy.
Daniel: Un placer, Valeria. Gracias por la invitación.
Valeria: Y gracias a todos ustedes por acompañarnos en otro episodio de Studyfi Podcast. ¡Hasta la próxima!