Podcast sobre Argentina: Autoritarismo y Retorno de Perón (1966-1976)

Argentina: Autoritarismo y Retorno de Perón (1966-1976)

Podcast

Peronismo y la Década de 19700:00 / 21:58
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HugoLa mayoría de la gente cree que el regreso de Perón a Argentina en 1973 fue un momento de pura fiesta y unidad nacional. Pero, ¿y si te dijera que en realidad fue el inicio de una de las guerras internas más feroces de la historia del país?
PaulaExactamente, Hugo. Es una de las grandes paradojas de nuestra historia. Todos lo esperaban como un salvador, pero su vuelta destapó una caja de Pandora de conflictos que ya estaban hirviendo bajo la superficie.
Capítulos

Peronismo y la Década de 1970

Délka: 21 minut

Kapitoly

Un regreso, muchas divisiones

La batalla por la Plaza de Mayo

La violencia de la Triple A y Montoneros

El Rodrigazo y la crisis final

Un Plan Ambicioso

Congelar para Estabilizar

Ganadores y Perdedores

El Cordobazo

Una Nueva Forma de Lucha

Sacerdotes y Política

La Universidad en Lucha

El Imán del Peronismo

La Lógica de la Guerra

Adaptarse o Morir

La Fábrica Eficiente

Přepis

Hugo: La mayoría de la gente cree que el regreso de Perón a Argentina en 1973 fue un momento de pura fiesta y unidad nacional. Pero, ¿y si te dijera que en realidad fue el inicio de una de las guerras internas más feroces de la historia del país?

Paula: Exactamente, Hugo. Es una de las grandes paradojas de nuestra historia. Todos lo esperaban como un salvador, pero su vuelta destapó una caja de Pandora de conflictos que ya estaban hirviendo bajo la superficie.

Hugo: ¿Una caja de Pandora? Suena intenso. Estás escuchando Studyfi Podcast, donde desarmamos los temas complejos que necesitas para tus exámenes.

Paula: Y este, definitivamente, es uno de ellos. Para entenderlo, hay que imaginar que dentro del peronismo no había *un* peronismo, sino varios. Y todos creían ser los verdaderos herederos.

Hugo: ¿Cómo que varios? ¿Me puedes dar un ejemplo?

Paula: Claro. Por un lado, tenías a la "Tendencia Revolucionaria", con los Montoneros a la cabeza. Eran jóvenes, muchos de ellos de clase media, que veían en Perón a un líder socialista, casi un Che Guevara argentino.

Hugo: ¿En serio? ¿Perón socialista? Eso sí que es nuevo para mí.

Paula: Para ellos lo era. Pero por otro lado, tenías a los sindicalistas de la vieja guardia, la CGT. Eran más conservadores, nacionalistas, y veían a los Montoneros como infiltrados, como “zurdos” que no entendían nada.

Hugo: Ok, entonces jóvenes revolucionarios contra sindicalistas veteranos. ¿Y había más?

Paula: Y tanto que había. También estaban los grupos de ultraderecha peronista, liderados por gente como José López Rega. Eran visceralmente anticomunistas y estaban dispuestos a todo para “limpiar” el movimiento de los que consideraban una amenaza.

Hugo: Vaya, un cóctel explosivo. Y todos bajo el mismo paraguas de “Perón”.

Paula: Precisamente. Perón, desde el exilio, había sido un maestro en mantener esa ambigüedad. Apoyaba un poco a todos, usando a los jóvenes para presionar a los militares, pero sin soltarle la mano a los sindicalistas. Era la estrategia del “bombero pirómano”.

Hugo: ¡El bombero pirómano! Me encanta. O sea, él mismo iniciaba el fuego y luego se ofrecía como el único capaz de apagarlo.

Paula: ¡Exacto! El problema fue que cuando volvió, el incendio ya era demasiado grande y todos le exigían que eligiera un bando. La fiesta del regreso se convirtió en una batalla por ver quién tenía más poder.

Hugo: Entonces, ¿esa “batalla” fue literal? ¿O estamos hablando en sentido figurado?

Paula: Fue muy, muy literal. El peronismo siempre usó la calle, y sobre todo la Plaza de Mayo, como el lugar para demostrar su fuerza. Era el escenario donde el líder y el pueblo se encontraban.

Hugo: El famoso balcón de la Casa Rosada y todo eso.

Paula: Justo. Pero en los 70, esa “fiesta popular” se transformó en una demostración de poder. Los grupos competían por los mejores lugares, por quién cantaba las consignas más fuertes, por quién estaba más cerca del líder. Era casi una competencia de hinchadas, pero con política y armas de por medio.

Hugo: Suena a una tensión increíble. ¿Y cuál fue el punto de quiebre?

Paula: Hubo dos momentos clave. El primero fue el mismo día que Perón volvió definitivamente, el 20 de junio de 1973. Se organizó una concentración masiva en Ezeiza para recibirlo.

Hugo: Me imagino que fue una multitud histórica.

Paula: Se habla de dos millones de personas. Pero en medio de esa multitud, las facciones de derecha e izquierda del peronismo se enfrentaron a tiros por el control del palco. Fue una masacre. Perón ni siquiera pudo aterrizar allí.

Hugo: Qué locura. El día que debía ser de celebración terminó en tragedia. ¿Y el segundo momento?

Paula: Fue el 1 de mayo de 1974, Día del Trabajador. En plena Plaza de Mayo, los Montoneros empezaron a cantar consignas contra el gobierno de Perón y su esposa Isabel.

Hugo: ¿Se atrevieron a desafiar a Perón en su propia plaza?

Paula: Sí. Y Perón, desde el balcón, les respondió durísimo. Los llamó “imberbes” y “estúpidos”. Fue la ruptura pública y total. Los Montoneros y la Juventud Peronista se retiraron de la plaza, dejándola semivacía. Ese día se rompió la magia.

Hugo: Después de esa ruptura, ¿qué pasó? ¿La violencia escaló?

Paula: Muchísimo. La lucha ya no era solo por ver quién movía más gente. Se transformó en una guerra de terrorismo. Por un lado, Montoneros se dedicó a asesinatos de alto perfil. El más impactante fue el de José Rucci, el secretario general de la CGT, un hombre clave para Perón.

Hugo: Mataron a la cabeza de los sindicatos. Eso es un mensaje muy fuerte.

Paula: Era una declaración de guerra total. Y la respuesta fue igual de terrible. Desde el propio gobierno, con el ministro López Rega, se organizó un grupo parapolicial llamado la Alianza Anticomunista Argentina, más conocida como la Triple A.

Hugo: La Triple A… he escuchado ese nombre y siempre me dio escalofríos.

Paula: Con razón. La Triple A era un escuadrón de la muerte. Secuestraban, torturaban y asesinaban a militantes de izquierda, artistas, intelectuales, estudiantes… a cualquiera que consideraran “subversivo”. El país entró en una espiral de violencia donde los asesinatos se contaban por cientos.

Hugo: Es increíble pensar que todo esto pasaba bajo un gobierno democrático, peronista.

Paula: Y esa es la gran tragedia. El Estado, en lugar de impartir justicia, se convirtió en parte de esa guerra sucia. Y cuando Perón muere en julio de 1974, el caos se multiplica. Su esposa Isabel asume la presidencia, pero el poder real lo tenía su entorno, como el siniestro López Rega.

Hugo: Con Perón muerto y esta violencia desatada, la economía también debe haber sufrido, ¿no?

Paula: Totalmente. En 1975, el gobierno de Isabel Perón enfrentó una crisis económica brutal. El ministro de Economía, Celestino Rodrigo, lanzó un paquete de medidas que pasó a la historia como el “Rodrigazo”.

Hugo: ¿El Rodrigazo? Suena a algo grande.

Paula: Y lo fue. De un día para otro, hubo una devaluación del 100%. Los precios de los combustibles y los servicios se duplicaron o más. Imagina que el dinero que tenías en el bolsillo de repente vale la mitad. La inflación se disparó a niveles nunca vistos.

Hugo: ¡Qué desastre! La gente debe haberse vuelto loca.

Paula: Hubo una reacción masiva. Por primera vez en la historia, la CGT, el corazón del sindicalismo peronista, le hizo un paro general a un gobierno peronista. La situación era insostenible.

Hugo: Entonces tenías violencia política por todos lados y un caos económico total. ¿Qué hacían los militares mientras tanto?

Paula: Miraban. Esperaban. El gobierno de Isabel se desmoronaba. Ya no tenía el apoyo de los empresarios ni de los sindicatos. El país era un caos y muchos, incluso dentro del peronismo, empezaron a ver un golpe militar como una salida inevitable.

Hugo: Aceptaron la idea de un golpe como un mal menor…

Paula: Sí, había una sensación de alivio anticipado. La gente estaba agotada de la violencia y la crisis. El general Jorge Rafael Videla, que ya era comandante en jefe del Ejército, simplemente le puso fecha al final del gobierno. Esperó a que la situación se pudriera del todo.

Hugo: Y finalmente, el 24 de marzo de 1976, los militares tomaron el poder.

Paula: Exacto. Depusieron a Isabel Perón y dieron inicio a la dictadura más sangrienta de la historia argentina. Pero lo increíble es que, en ese momento, una gran parte de la población lo recibió con alivio, sin saber el horror que se venía.

Hugo: Una historia compleja y trágica que cierra un ciclo y abre otro aún más oscuro. Queda claro que entender los 70 es clave para entender la Argentina de hoy.

Hugo: Y con los sindicatos controlados, me imagino que el gobierno tuvo vía libre para aplicar su plan económico. ¿En qué consistía exactamente?

Paula: Exacto, Hugo. En marzo de 1967 lanzaron el llamado “Plan Krieger Vasena”. Y su objetivo era doble. Primero, frenar la inflación y la crisis cíclica. Y segundo, a largo plazo, modernizar toda la economía para que dominaran las empresas más eficientes.

Hugo: Suena como un plan muy... racional. Casi de laboratorio. Pero la economía no es un laboratorio, ¿verdad?

Paula: Para nada. Pero contaban con una herramienta muy poderosa: un Estado con una capacidad de intervención enorme. Estaban listos para usarla a fondo.

Hugo: ¿Y cómo usaron ese poder? ¿Cuál fue la primera medida?

Paula: Lo primero fue un ataque frontal a la inflación. Se congelaron los salarios por dos años. También se congelaron las tarifas de servicios públicos y los combustibles. Y se acordaron precios con las grandes empresas.

Hugo: Vaya, congelaron prácticamente todo. ¿Y qué pasó con el dólar?

Paula: Ahí viene la jugada maestra. Hicieron una devaluación muy fuerte, del 40%. Pero… y aquí está la clave… le pusieron un impuesto igual, del 40%, a las exportaciones del campo.

Hugo: ¡Ah! O sea que los exportadores no vieron ni un peso de esa devaluación. ¿Por qué hicieron eso?

Paula: Fue una jugada brillante, en términos técnicos. Evitó que subieran los precios de los alimentos, le dio al Estado un montón de dinero para equilibrar sus cuentas y aseguró un dólar estable por mucho tiempo. Los resultados inmediatos fueron notables. Para 1969, la inflación había bajado drásticamente.

Hugo: Todo suena muy exitoso, pero siempre que hay un plan así, alguien paga la cuenta. ¿Quiénes fueron los grandes beneficiados?

Paula: Sin duda, las empresas más grandes y concentradas, muchas de ellas extranjeras. La estabilidad les sentaba de maravilla. Y además, el Estado invirtió muchísimo en obras públicas, como la represa El Chocón, que les daba energía y contratos.

Hugo: Ok, esos son los ganadores. Ahora la lista de los perjudicados, que me imagino que es más larga.

Paula: Bastante más larga, sí. A la cabeza, el campo, que sentía que le estaban confiscando sus ganancias con las retenciones. También las empresas nacionales más pequeñas, que se quejaban de la falta de protección.

Hugo: ¿Y la gente común? ¿Los trabajadores?

Paula: También. Piensa que con salarios congelados, la eliminación de subsidios a economías regionales como la de Tucumán y hasta la liberación de los alquileres… la lista de afectados era enorme. Se benefició a un sector muy pequeño a costa de casi todos los demás.

Hugo: Entiendo. Se cambió el equilibrio de poder económico de una forma muy drástica. Y supongo que ese descontento no tardaría en hacerse oír, ¿no?

Hugo: Así que ese gobierno autoritario se sentía bastante seguro de sí mismo. Pero esa calma, como suele pasar, no iba a durar mucho, ¿verdad, Paula?

Paula: Para nada, Hugo. De hecho, estaba a punto de estallar una de las protestas más importantes del siglo veinte en Argentina. Fue un verdadero punto de inflexión.

Hugo: ¿Te refieres al famoso Cordobazo de 1969?

Paula: Exactamente. Pero no salió de la nada. Ya había mucha agitación, especialmente de estudiantes y de obreros en las grandes fábricas de autos de Córdoba.

Hugo: Y entonces, ¿todo explotó?

Paula: El 29 de mayo, la CGT local llamó a una huelga. Pero lo que pasó después... nadie lo esperaba. Estudiantes y obreros tomaron el centro de la ciudad, y muchísima gente se les unió espontáneamente.

Hugo: ¿Espontáneamente? ¿Sin un líder claro? Suena a caos total.

Paula: Podría haberlo sido, pero no. Y aquí está la parte fascinante. No había organizadores, los sindicatos y partidos fueron totalmente superados por la gente. Pero la multitud actuó con una eficacia increíble.

Hugo: ¿Cómo es eso posible?

Paula: Se dispersaban para evitar la represión y se reagrupaban en otro lado. Levantaron barricadas, hicieron hogueras... controlaron el centro de Córdoba por horas. El enemigo era claro para todos: el poder autoritario.

Hugo: Entonces, el Cordobazo fue como la chispa que encendió la pradera.

Paula: Fue el episodio fundador de una ola de movilización que duró años. Y cambió la forma de protestar. Surgió un sindicalismo nuevo, especialmente en esas fábricas de autos.

Hugo: ¿Qué tenía de nuevo? ¿Pedían mejores sueldos?

Paula: Iban mucho más allá. Claro que querían mejores sueldos, pero también peleaban por las condiciones de trabajo, por el ritmo en la línea de montaje... cosas que afectaban su día a día de forma muy directa.

Hugo: Ah, ya entiendo. No era solo el dinero, era la dignidad en el trabajo.

Paula: Exacto. Y usaban métodos más directos, como ocupar las fábricas. Además, este espíritu se contagió. Hubo protestas parecidas en Rosario, Mendoza, e incluso en zonas rurales con las Ligas Agrarias.

Hugo: O sea que no era solo un tema de obreros industriales. Era... todo el mundo.

Paula: ¡Sí! Se sumaban maestros, empleados públicos, pequeños comerciantes, estudiantes... era un coro de voces heterogéneo pero unido. Una verdadera “primavera de los pueblos” contra un enemigo común.

Hugo: Y esta

Hugo: Así que el Cordobazo realmente agitó las aguas. Pero, Paula, ¿cómo se canalizó todo ese descontento? No parece algo que se organice de la noche a la mañana.

Paula: Para nada, Hugo. Y aquí es donde la historia se pone fascinante. Una de las vías más inesperadas fue a través de la Iglesia.

Hugo: ¿La Iglesia? ¿No se supone que es una institución más bien conservadora?

Paula: Generalmente sí, pero en esa época no. Desde 1968, apareció el Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo. Eran religiosos que trabajaban en las villas más pobres, en las zonas marginales.

Hugo: Entiendo. Estaban en contacto directo con los problemas de la gente.

Paula: Exacto. Y su lenguaje evangélico empezó a sonar muy político. Decían que la violencia 'de abajo' se justificaba por la injusticia social, que era la violencia 'de arriba'.

Hugo: Suena a una idea bastante radical para un sacerdote.

Paula: Lo era. Y lo más importante: veían al peronismo como la creencia básica del pueblo con el que trabajaban. Así, muchos jóvenes de colegios religiosos, que venían del nacionalismo católico, terminaron militando en el peronismo a través de ellos. Una conexión que pocos ven venir.

Hugo: ¡Vaya! Y supongo que algo parecido pasaba en las universidades, ¿no?

Paula: Totalmente, pero de una forma más abrupta. La dictadura destruyó lo que era la “isla democrática” de la universidad, donde podías combinar excelencia académica y militancia.

Hugo: ¿Y qué pasó después de la represión?

Paula: El pensamiento crítico fue aplastado. La universidad dejó de ser un centro de debate para convertirse en un centro de agitación y reclutamiento. La acción directa tenía total prioridad sobre la reflexión. Fue un cambio radical.

Hugo: Y en ese ambiente de acción… todos los caminos llevaban al peronismo.

Paula: Exacto. Para los jóvenes, el peronismo proscripto era el mejor lugar para la protesta. Y Perón, desde su exilio en Madrid, era una figura casi mítica. Actualizaba su discurso con temas como el tercermundismo y la liberación.

Hugo: Así que cada uno podía tomar la parte de Perón que más le gustaba.

Paula: ¡Precisamente! Los analistas Silvia Sigal y Eliseo Verón lo llamaron la “lectura estratégica”. Cada grupo leía a Perón como le convenía. Esto explica por qué el peronismo se volvió permeable a ideas de la izquierda, del nacionalismo y del catolicismo. ¡Era un cóctel ideológico explosivo!

Hugo: Un Perón para cada ocasión.

Paula: Sí, y ese cóctel llevó a una visión muy… tajante de la realidad. El mundo se dividía en dos: amigos y enemigos. No había grises. La única salida era tomar el poder.

Hugo: Y si la única salida es tomar el poder... supongo que la violencia se vuelve una opción válida.

Paula: Se vuelve *la* opción. Aquí es cuando surgen las organizaciones guerrilleras. Las más conocidas fueron Montoneros, de origen católico y nacionalista que se hizo peronista, y el ERP, que era trotskista.

Hugo: ¿Y cómo se presentaron en sociedad?

Paula: De la forma más impactante posible. En 1970, Montoneros secuestró y asesinó al general Aramburu, el hombre que había liderado el golpe contra Perón en el 55.

Hugo: Wow. Eso es empezar con una declaración de principios muy fuerte.

Paula: Fortísima. Era venganza, era justicia popular para ellos y, a la vez, era eliminar una alternativa política a la dictadura. Demostraron que la política se había convertido en una guerra. Lo más curioso es la reacción de la gente...

Hugo: Me imagino que hubo un rechazo total.

Paula: Pues no. Hubo una extraña mezcla de simpatía, de satisfacción porque alguien le daba un golpe al poder... una fascinación un poco ingenua. Y esa simpatía les dio mucho aire a estas organizaciones.

Hugo: Increíble. Entonces, con ese apoyo tácito, Montoneros se convirtió en la organización dominante, ¿verdad?

Paula: Sí, fueron los más eficientes. Absorbieron a casi todos los otros grupos peronistas y crecieron muchísimo a través de la Juventud Peronista. Se sentían la vanguardia del pueblo.

Hugo: Una vanguardia armada. Esto nos deja en un punto de ebullición total. Y me pregunto, ¿qué hacía el propio Perón mientras todo esto pasaba en su nombre?

Hugo: ...y así como vimos esa modernización en el campo, pasaba algo muy parecido en las ciudades. Vamos a nuestro último tema de hoy: la industrialización.

Paula: Exacto, Hugo. Fue un proceso fascinante y lleno de tensiones.

Hugo: ¿Tensiones? ¿Te refieres a la competencia entre empresas?

Paula: Sí, sobre todo entre las empresas nacionales y las grandes multinacionales que llegaban. Las empresas locales tuvieron que... bueno, ponerse las pilas.

Hugo: O “ponerse las pilas” o desaparecer, me imagino.

Paula: Totalmente. Las que sobrevivieron, se adaptaron. Encontraron su nicho. Por ejemplo, empezaron a usar licencias o patentes extranjeras, o se convirtieron en proveedoras para las grandes plantas de montaje.

Hugo: Ah, la clásica estrategia de "si no puedes con ellos, úneteles".

Paula: Algo así. Y también aprovecharon un terreno que conocían muy bien: los créditos subsidiados del Estado. Una ayudita nunca viene mal.

Hugo: Y supongo que esto cambió por completo cómo eran las fábricas por dentro.

Paula: Cambió todo. El economista Jorge Katz lo llamó un proceso de “maduración”. Los viejos talleres fueron reemplazados por fábricas mucho más grandes y organizadas.

Hugo: Suena a que de repente se necesitaban más gerentes.

Paula: ¡Exactamente! Se requirió toda una nueva clase de profesionales: ingenieros, administradores, ejecutivos... El corazón de los nuevos sectores medios. Todos enfocados en la eficiencia.

Hugo: Y me imagino que esa nueva obsesión por la eficiencia también afectó directamente a los trabajadores.

Paula: Definitivamente. Los obreros se volvieron mucho más sensibles a los problemas y ritmos de las plantas. Pero esa ya es otra historia.

Hugo: ¡Clarísimo! Bueno, para resumir el episodio de hoy: tanto el campo como la industria vivieron una modernización increíble, acercándose a estándares internacionales como nunca antes.

Paula: Así es. Fueron décadas de una transformación económica y social muy profunda.

Hugo: Muchísimas gracias, Paula, por aclararnos el panorama. Y a ustedes, gracias por acompañarnos en otro episodio de Studyfi Podcast. ¡Hasta la próxima!

Paula: ¡Adiós a todos!