Podcast sobre La Era de las Revoluciones Burguesas

La Era de las Revoluciones Burguesas: Origen y Legado

Podcast

La Época de las Revoluciones0:00 / 26:10
0:001:00 restante
CarlosPiensa en palabras como "industria", "capitalismo", "socialismo" o "proletariado". Las oímos todo el tiempo, ¿no?
DanielaTotalmente. Parecen conceptos que han existido siempre. Pero aquí viene lo increíble… todas estas palabras, y las ideas que representan, nacieron o se definieron en un período súper concreto y explosivo de la historia.
Capítulos

La Época de las Revoluciones

Délka: 26 minut

Kapitoly

Un mundo de nuevas palabras

La Doble Revolución

Un Legado que Perdura

El motor capitalista

El nuevo trabajador

La fábrica como símbolo

Tecnología Sencilla y Barata

El Límite del Algodón

La Necesidad del Carbón

El Ferrocarril al Rescate

Una Inversión para la Crisis

El Estallido de la Revolución

La República Jacobina y el Terror

El Ejército al Poder

El Imperio Francés

La Guerra Económica

La Caída del Emperador

Waterloo y el Final

La estructura importa

Resumen y despedida

Přepis

Carlos: Piensa en palabras como "industria", "capitalismo", "socialismo" o "proletariado". Las oímos todo el tiempo, ¿no?

Daniela: Totalmente. Parecen conceptos que han existido siempre. Pero aquí viene lo increíble… todas estas palabras, y las ideas que representan, nacieron o se definieron en un período súper concreto y explosivo de la historia.

Carlos: Exacto. Un mundo sin ellas es casi inimaginable. Estás escuchando Studyfi Podcast. Hoy, nos metemos de lleno en esa época de cambios radicales.

Daniela: A este período, el historiador Eric Hobsbawm lo llamó la "doble revolución". Y no es porque hubiera el doble de problemas, que también.

Carlos: ¿Doble porque ocurrió en dos sitios a la vez?

Daniela: ¡Justo eso! Sucedió principalmente en dos países que eran rivales: Inglaterra y Francia. Fueron dos procesos distintos pero paralelos que sentaron las bases del mundo en el que vivimos hoy.

Carlos: O sea, ¿fueron como dos terremotos simultáneos que cambiaron todo el mapa?

Daniela: ¡Me encanta esa analogía! Exacto. Uno fue la Revolución Industrial en Inglaterra, un terremoto económico. El otro, la Revolución Francesa, un terremoto político y social. Juntos, crearon una onda expansiva global.

Carlos: Y supongo que esa onda expansiva no fue igual para todos…

Daniela: Para nada. De hecho, aquí es donde empezó a forjarse la división del mundo entre países "avanzados" y "atrasados". Fue el ascenso de la burguesía como clase dominante.

Carlos: Pero también nacieron otros grupos, como el proletariado, que luego cuestionarían ese dominio.

Daniela: Precisamente. Se plantaron las semillas de los conflictos sociales que marcarían los siguientes dos siglos. Así que, aunque ocurrió en rincones pequeños de Europa, sus efectos fueron… y siguen siendo, mundiales.

Carlos: Un cambio total. Ahora, profundicemos en la primera de esas dos revoluciones...

Carlos: Okay, Daniela, entonces ya vimos cómo las revoluciones políticas cambiaron el mapa. Pero, ¿qué pasaba con la economía? Se habla de la Revolución Industrial como si hubiera “estallado”. ¿Qué significa eso exactamente?

Daniela: Es una gran pregunta, Carlos. Y la palabra “estallar” es perfecta. Piensa en un cohete. Durante mucho tiempo se mueve lento, pero de repente... ¡boom! Hay un despegue. Eso es lo que pasó en Inglaterra entre 1780 y 1790, especialmente en lugares como Manchester.

Carlos: ¿Un “despegue”? ¿Como un avión económico?

Daniela: ¡Exactamente! Los economistas lo llaman “take-off”. De pronto, la capacidad para producir bienes y servicios superó todos los límites conocidos. Parecía que no había techo.

Carlos: Entonces, ¿simplemente empezaron a producir más rápido y ya está?

Daniela: No, y esa es la clave. No fue solo un cambio de velocidad, fue un cambio de sistema. Estas transformaciones ocurrieron dentro de una economía que se estaba volviendo capitalista. Ahí está el verdadero cambio cualitativo.

Carlos: Capitalismo. Esa es una de esas palabras que todo el mundo usa, pero que puede significar muchas cosas. ¿A qué nos referimos aquí?

Daniela: Buena observación. Algunos decían que era un “espíritu” de empresa. Otros, que era producir para un mercado lejano. Pero para entender la Revolución Industrial, tenemos que verlo como un sistema de producción y, sobre todo, de relaciones sociales.

Carlos: ¿Relaciones sociales? ¿Cómo afecta una fábrica a las relaciones sociales?

Daniela: Afecta en todo. La característica principal del capitalismo es la aparición del trabajo proletario. Es decir, gente que vende su fuerza de trabajo a cambio de un salario.

Carlos: O sea, un empleado. Como la mayoría de nosotros hoy en día.

Daniela: Exacto. Pero para que eso exista, tiene que haber un requisito fundamental. Esa persona no puede tener otra forma de ganarse la vida. No tiene sus propias herramientas, como un artesano, ni su propia tierra, como un campesino. Ha perdido la propiedad de los medios de producción.

Carlos: Entiendo. Así que se crea una división muy clara.

Daniela: Muy clara. Por un lado, los productores directos, los trabajadores. Por otro, la burguesía, la clase social que es dueña de los medios de producción... las fábricas, las máquinas, todo.

Carlos: Y la fábrica es el símbolo de esa separación, ¿no? Ahí se ve físicamente: unos trabajan y otro es el dueño.

Daniela: Precisamente. Ese proceso de separación venía de siglos atrás, desde la crisis feudal. Pero fue la Revolución Industrial, con la aparición de la fábrica, la que consolidó esa división entre el trabajo y los medios de producción.

Carlos: Es increíble cómo algo que parece puramente económico, como inventar una máquina, en realidad redefine por completo cómo vive y trabaja la gente.

Daniela: Totalmente. Cambió la estructura de la sociedad desde la base. Y la pregunta del millón es... ¿por qué pasó todo esto en Inglaterra y no en otro lugar? ¿Qué tenían ellos de especial?

Carlos: Me dejaste con la intriga. Supongo que no fue por el buen clima.

Daniela: Definitivamente no. Tenía mucho que ver con lo que estaba pasando en el campo, una “revolución agrícola” que fue el verdadero motor de todo. Pero esa historia la vemos en el próximo segmento.

Carlos: Y hablando de esa industria del algodón, uno se imagina laboratorios súper avanzados y científicos locos... ¿La tecnología era tan compleja como suena?

Daniela: Para nada, y esa es una de las claves del éxito. De hecho, es una de las grandes sorpresas de la Revolución Industrial.

Carlos: ¿A qué te refieres con que fue una sorpresa?

Daniela: A que los inventos que la iniciaron eran sumamente modestos. Piensa en la lanzadera volante o las primeras máquinas para hilar... no eran cohetes espaciales.

Carlos: Okey, o sea que no necesitabas ser un genio científico para construir una.

Daniela: ¡Exacto! Estaban al alcance de artesanos experimentados y carpinteros. Eran innovaciones sencillas y, sobre todo, baratas. Esto es fundamental.

Carlos: Claro, porque si es barato, más gente puede empezar su propio negocio.

Daniela: Justamente. Los pequeños empresarios podían comprarlas. No necesitabas ser un millonario que había heredado una fortuna. Además, los beneficios eran tan fantásticos que la inversión se recuperaba rapidísimo.

Carlos: Entonces, el dinero que se ganaba se reinvertía casi de inmediato en la misma industria.

Daniela: Eso es. La industria del algodón se financiaba a sí misma. Fue una máquina de hacer dinero que permitió que el capital pasara muy rápido del trabajo... al bolsillo de los dueños del capital.

Carlos: Suena como un sistema perfecto. Pero me imagino que no podía durar para siempre. ¿O sí?

Daniela: No, no podía. Y la primera gran crisis llegó bastante pronto, a mediados de la década de 1830.

Carlos: ¿Qué pasó? ¿Se quedaron sin algodón?

Daniela: No, todo lo contrario. Se pasaron de eficientes. La producción se había multiplicado tanto que los mercados no podían absorber todo lo que se fabricaba. Había demasiada tela, y los precios se desplomaron.

Carlos: La primera crisis por exceso de producción. Qué irónico.

Daniela: Totalmente. Pero había un problema estructural más grande. Una economía industrial no puede basarse solo en camisetas y sábanas.

Carlos: ¿Por qué no?

Daniela: Porque la industria textil no demandaba casi nada de carbón, hierro o acero. No tenía la capacidad de impulsar el desarrollo de las industrias pesadas, que son la base de una economía industrial moderna.

Carlos: Entiendo. Se necesitaba algo que pidiera hierro y carbón a gritos. ¿Y qué fue?

Daniela: Pues la solución vino de una necesidad muy básica: la calefacción. Las ciudades no paraban de crecer, y la gente necesitaba carbón para no congelarse en invierno.

Carlos: Ah, claro. Más gente, más casas, más estufas... más demanda de carbón.

Daniela: Exacto. Esto extendió la explotación de las minas. Y aquí es donde la famosa máquina de vapor de James Watt, que ya se usaba un poco en la minería, se vuelve crucial.

Carlos: Porque necesitaban sacar el carbón de las minas de forma más eficiente.

Daniela: Sí, pero no solo eso. El verdadero problema era el transporte. ¿De qué sirve sacar toneladas de carbón si no puedes llevarlas de la mina al puerto o a la ciudad?

Carlos: ¡El ferrocarril! Tenía que ser eso.

Daniela: ¡Bingo! El ferrocarril nació directamente de esa necesidad de la minería. La primera línea de tren moderna, en 1825, unió una zona minera con la costa. Su único propósito era mover carbón.

Carlos: O sea que el tren no se inventó para que la gente viajara, sino para mover una roca negra y sucia.

Daniela: Básicamente, sí. Los pasajeros vinieron después. Entre 1830 y 1850, la construcción de vías, vagones y locomotoras fue una locura. La producción de hierro y carbón se triplicó gracias a esta demanda.

Carlos: Pero construir una red de ferrocarriles en todo el país... eso debe haber costado una fortuna inimaginable.

Daniela: Y aquí viene la parte más brillante de la historia. Su alto costo no fue un problema... fue su principal ventaja.

Carlos: Espera, ¿cómo que ser caro es una ventaja? Eso va en contra de toda lógica.

Daniela: Piénsalo así. Los primeros industriales del algodón habían acumulado tanto, pero tanto dinero, que ya no sabían qué hacer con él.

Carlos: Un problema que a muchos nos gustaría tener.

Daniela: Ya te digo. Por más que expandieran sus fábricas textiles, solo gastaban una pequeña parte de sus ganancias. Tenían un excedente de capital gigantesco sin dónde invertirlo.

Carlos: Y de repente... aparece el ferrocarril. Una inversión carísima que necesita capital de forma masiva.

Daniela: ¡Exactamente! El ferrocarril fue la solución perfecta para la crisis. Movilizó todas esas fortunas, generó miles de empleos y creó una demanda brutal para las industrias de base como el hierro y el carbón.

Carlos: Entonces, el tren no solo cambió el transporte. Literalmente, salvó la primera fase de la Revolución Industrial y la llevó al siguiente nivel.

Daniela: Sin duda. Se convirtió en el nuevo motor de la economía. Y, por supuesto, un cambio de esta magnitud no solo afectó a la economía, sino que transformó por completo la vida de las personas, creando una sociedad totalmente nueva.

Carlos: Okay Daniela, entonces la monarquía absoluta está en crisis, la gente está descontenta y las ideas de la Ilustración están por todas partes. Pero, ¿cuál fue la chispa que encendió la pólvora?

Daniela: Esa es la pregunta del millón, Carlos. La chispa fue el intento del rey, Luis dieciséis, de disolver la Asamblea Nacional por la fuerza. La gente se enteró y... bueno, digamos que no se lo tomaron muy bien.

Carlos: ¿Ahí es cuando entra en escena la famosa Bastilla?

Daniela: ¡Exacto! El 14 de julio de 1789, el pueblo de París tomó la fortaleza de la Bastilla. Y aquí está lo importante: no era solo una prisión, era el símbolo del poder absoluto del rey. Su caída fue como un grito que decía: el absolutismo ha muerto.

Carlos: Y me imagino que eso no se quedó solo en París.

Daniela: Para nada. La revolución se extendió como un incendio forestal, especialmente en el campo. Hubo una ola de levantamientos campesinos que se conoce como el "Gran Miedo".

Carlos: ¿El Gran Miedo? Suena a película de terror.

Daniela: Bueno, para los nobles lo fue. Los campesinos asaltaban castillos y quemaban los títulos de propiedad señorial. En solo dos semanas, la vieja estructura de poder de Francia se vino abajo. El poder del rey se desvanecía por completo.

Carlos: Wow. Y en medio de todo ese caos, ¿intentaron poner algo de orden?

Daniela: Absolutamente. En agosto de 1789, la Asamblea aprobó el manifiesto de la revolución: la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Este es el documento clave.

Carlos: Libertad, Igualdad y Fraternidad, ¿verdad? Lo hemos oído mil veces.

Daniela: Esas son las palabras mágicas. Libertad personal, de empresa, de comercio. Igualdad ante la ley, ¡adiós a los privilegios por nacer en cuna de oro! Y fraternidad... la idea de que todos eran franceses, parte de una sola nación.

Carlos: Suena increíble. Pero, ¿se aplicó de verdad?

Daniela: Se sentaron las bases. Por ejemplo, se abolió el feudalismo, aunque con letra pequeña, como obligar a los campesinos a pagar por las tierras. Pero el cambio fundamental era que se empezaba a construir un nuevo orden, un orden burgués.

Carlos: Y la Iglesia, ¿qué pasó con ella? Siempre es una pieza clave.

Daniela: Otro pilar del antiguo régimen que había que derribar. A finales de 1789, nacionalizaron los bienes del clero. Todas sus tierras fueron expropiadas y puestas a la venta. ¡Incluso los curas y obispos se convirtieron en funcionarios públicos pagados por el Estado!

Carlos: Seguro que eso les encantó a todos.

Daniela: ¡Para nada! Creó un conflicto enorme. Pero el mensaje era claro: se estaba construyendo un orden nuevo desde cero.

Carlos: Entonces, con el rey debilitado y la nobleza huyendo, ¿se calmaron las cosas?

Daniela: Ojalá. Aquí es donde la cosa se complica y se radicaliza. El rey intentó huir en 1791, pero lo atraparon. Eso fue visto como una traición total y destruyó la poca confianza que quedaba en la monarquía.

Carlos: Una traición a la patria. Eso nunca acaba bien.

Daniela: Exacto. Además, Austria y Prusia amenazaban con invadir Francia para restaurar al rey. La guerra era inminente, y la guerra siempre radicaliza todo. Se proclamó la "Patria está en peligro".

Carlos: Y con la guerra, llegaron los más radicales al poder.

Daniela: Precisamente. Se abolió la monarquía, se proclamó la República en 1792 y se eligió una nueva Convención por sufragio universal masculino. Hasta crearon un nuevo calendario, ¡1792 era el Año I de la nueva era!

Carlos: ¿Reiniciaron el tiempo? Como un Ctrl-Alt-Supr para la historia.

Daniela: ¡Totalmente! Era una ruptura simbólica total con el pasado. Y en este clima, los jacobinos, con Robespierre a la cabeza, tomaron el control. Para salvar la revolución, impusieron una disciplina férrea que se conoció como el "Terror".

Carlos: El Terror. La famosa guillotina. ¿Era tan terrible como suena?

Daniela: Sí. Para defender la república de enemigos internos y externos, se tomaron medidas extremas. La guillotina trabajó sin descanso. No solo cayeron el rey Luis dieciséis y su esposa María Antonieta, sino también nobles y hasta revolucionarios que no estaban de acuerdo con Robespierre.

Carlos: Qué locura. O sea que la revolución empezó a devorar a sus propios hijos.

Daniela: Exactamente esa es la frase que se usa. Pero, en medio de todo esto, hicieron cosas muy avanzadas. Promulgaron una nueva Constitución en 1793 que abolía la esclavitud en las colonias y establecía el derecho al trabajo. Aunque, claro, casi no se aplicó porque suspendieron todo para manejar la guerra.

Carlos: ¿Y cómo termina el Terror? Supongo que no puedes mantener ese nivel de... intensidad... para siempre.

Daniela: No, claro que no. Para mediados de 1794, los ejércitos franceses ya estaban ganando la guerra. El peligro inmediato había pasado. Y Robespierre se quedó cada vez más solo. A nadie le gustaba vivir con el silbido de la guillotina cerca.

Carlos: ¿Y qué pasó con él?

Daniela: Lo que te imaginas. Una alianza de sus opositores lo sacó del poder y lo ejecutaron. El mismo final que él le dio a tantos otros. Esto se conoce como el golpe de Termidor.

Carlos: Se acaba el Terror y vuelve la calma, ¿no?

Daniela: Pues... no exactamente. Se intentó volver a la primera fase más moderada. Se redactó una nueva constitución en 1795, con un gobierno de cinco personas llamado el Directorio. Pero era súper inestable. Tenía enemigos por la izquierda, los jacobinos que quedaban, y por la derecha, los que querían que volviera la monarquía.

Carlos: Un gobierno en la cuerda floja. ¿Quién los mantenía en el poder?

Daniela: Aquí está la clave para lo que viene después: el ejército. El ejército se convirtió en el verdadero poder detrás del trono, el que reprimía las revueltas y mantenía el orden. Y era un ejército nuevo, revolucionario.

Carlos: ¿A qué te refieres con "nuevo"?

Daniela: Que los ascensos no eran por ser noble, sino por mérito. Era una carrera abierta al talento. Y uno de esos talentos militares, un joven general que había ascendido increíblemente rápido, empezaba a destacar por encima de todos.

Carlos: No me digas más... Napoleón Bonaparte.

Daniela: El mismísimo. Él fue quien finalmente le puso fin a la inestabilidad de la revolución, aunque de una forma que nadie esperaba. Pero esa es una historia que merece su propio capítulo, porque con él nace uno de los grandes mitos de la historia moderna.

Carlos: …así que Napoleón consolidó todo el poder en Francia. Pero no se detuvo ahí, ¿verdad? ¿Cuál fue el siguiente paso?

Daniela: Para nada. El siguiente paso fue a lo grande. En 1804, decidió que ser Cónsul no era suficiente. Se coronó a sí mismo Emperador de los franceses. ¡Incluso hizo que el Papa Pío VII viajara a París para la ceremonia!

Carlos: ¿Emperador? Eso suena… un poco como volver a la monarquía que tanto habían luchado por derrocar.

Daniela: Exactamente. Pero Napoleón tenía una visión. Él veía a Europa como una sola provincia, y a cualquier guerra entre europeos como una guerra civil. Y, por supuesto, en esa provincia, Francia era la capital.

Carlos: Claro, con él como el jefe de todo el continente. Me imagino que no a todos les gustó esa idea.

Daniela: Especialmente a un país: Inglaterra. Inglaterra fue su enemigo inevitable. Y aquí empieza una lucha fascinante, porque ninguno podía vencer al otro militarmente de forma decisiva.

Carlos: Entonces, si no podían derrotarse en el campo de batalla, ¿qué hicieron? ¿Una competencia de quién hacía los mejores pasteles?

Daniela: ¡Ojalá! No, la lucha se trasladó al terreno económico. La marina británica era súper poderosa, así que empezó a obstaculizar todos los barcos franceses. A eso se le llamó el bloqueo marítimo.

Carlos: Y la respuesta de Napoleón fue…

Daniela: El bloqueo continental. Prohibió a todo el continente europeo comerciar con las islas británicas. La idea era asfixiar a Inglaterra económicamente. Pensó que era un plan genial con una doble ventaja.

Carlos: ¿Cuál era esa doble ventaja?

Daniela: Primero, aislaba a Inglaterra. Y segundo, hacía que toda la economía de Europa dependiera de las necesidades de Francia. Pero... el tiro le salió por la culata.

Carlos: ¿Cómo es eso? Suena como un buen plan, en teoría.

Daniela: En teoría, sí. Pero en la práctica fue un desastre para Francia. Sus puertos se arruinaron, faltaba algodón para sus industrias y los agricultores no podían exportar sus excedentes. Para 1811, la economía francesa estaba en crisis.

Carlos: Ok, entonces el plan económico falló. ¿Qué hace un general como Napoleón cuando la economía no funciona? Supongo que… invadir algo.

Daniela: ¡Exacto! Decidió dar un golpe militar decisivo e invadió Rusia en 1812. Pero fue la peor decisión de su vida. Los rusos usaron una táctica de tierra arrasada.

Carlos: ¿Qué significa eso?

Daniela: Quemaban y destruían todo a su paso mientras se retiraban. Abandonaron sus propias tierras, incluso incendiaron Moscú, para que el ejército invasor no tuviera recursos, ni comida, ni refugio.

Carlos: Y a eso le sumas el famoso invierno ruso…

Daniela: Precisamente. La retirada fue catastrófica. Perdió a lo mejor de sus tropas. Este fracaso animó a otros países ocupados, como Prusia y Austria, a rebelarse.

Carlos: El principio del fin.

Daniela: Totalmente. Las fuerzas aliadas lo derrotaron en la batalla de Leipzig en 1813 y lo exiliaron a la isla de Elba.

Carlos: ¡Pero esa no es la última vez que oímos de él! Aún falta la parte de los Cien Días, ¿cierto?

Daniela: ¡Sí! Napoleón era un experto en regresos dramáticos. Se escapó de Elba en 1815, volvió a París y recuperó el poder. Pero su segundo acto duró poco… exactamente cien días.

Carlos: Y todo termina en esa batalla que todo el mundo conoce, aunque no sepa por qué. Waterloo.

Daniela: La mismísima. En junio de 1815, fue derrotado definitivamente por un ejército inglés liderado por el duque de Wellington. Esta vez no hubo segundas oportunidades.

Carlos: ¿A dónde lo enviaron entonces? ¿A una isla un poco más lejos?

Daniela: Bastante más lejos. Lo confinaron en la remota isla de Santa Elena, en medio del Atlántico, donde pasó sus últimos años hasta su muerte. Se aseguraron de que no pudiera volver a escaparse.

Carlos: Un final definitivo para una figura tan enorme. Ahora, con Napoleón fuera de juego para siempre, Europa era un caos. Alguien tenía que poner orden y redibujar el mapa… lo que nos lleva directamente al Congreso de Viena.

Carlos: Okay, hemos cubierto mucho sobre qué estudiar y las técnicas. Pero, Daniela, ¿realmente importa *cómo* se ven nuestros apuntes? O sea, ¿el formato?

Daniela: ¡Totalmente, Carlos! Y no se trata de tener una caligrafía perfecta o usar diez colores distintos. Un buen formato es una herramienta para tu cerebro.

Carlos: Una herramienta... me gusta cómo suena eso. ¿Entonces cuál es el truco? ¿Hay un formato mágico?

Daniela: No es magia, es estrategia. Piensa en dividir tu hoja en tres partes. A la derecha, el espacio más grande, es para tomar tus notas de forma normal durante la clase.

Carlos: Okay, la zona principal. Lo típico.

Daniela: Exacto. Pero aquí viene lo importante... a la izquierda dejas un margen ancho. Después de clase, escribes ahí preguntas clave o conceptos importantes relacionados con tus notas.

Carlos: Ah, como si estuviera creando mis propias preguntas de examen.

Daniela: ¡Justo eso! Te obliga a procesar la información, no solo a transcribirla. Y al final, en la parte de abajo de la hoja, dejas un pequeño espacio.

Carlos: ¿Y para qué es ese?

Daniela: Para el resumen. Escribes en una o dos frases la idea principal de esa página. Es la prueba de fuego para saber si de verdad entendiste.

Carlos: Vaya, así que mis apuntes ya no pueden parecer un mapa del tesoro dibujado por un pulpo.

Daniela: ¡Sería mejor que no! Recuerda, la clave es que sea funcional para ti, para que cuando repases, todo tenga sentido rápidamente.

Carlos: Genial. Bueno, creo que con esto cerramos un episodio increíblemente práctico. Muchísimas gracias, Daniela.

Daniela: Ha sido un placer, como siempre, Carlos.

Carlos: Entonces, para hacer un súper resumen de hoy: hemos hablado de la importancia de las técnicas de estudio activas, de cómo planificar las sesiones y, ahora, de darle un formato útil a nuestros apuntes.

Daniela: El objetivo es simple: estudiar de forma más inteligente, no necesariamente durante más horas.

Carlos: No podría haberlo dicho mejor. Gracias a todos por escuchar "Studyfi Podcast". ¡Nos vemos en el próximo episodio!

Daniela: ¡Hasta la próxima!