Este artículo explora el profundo concepto de la contingencia del lenguaje y la verdad, una idea que ha transformado el pensamiento filosófico y cultural. Basado en las ideas de pensadores clave como Richard Rorty, Donald Davidson y Ludwig Wittgenstein, analizaremos cómo el lenguaje y la verdad son creaciones humanas, no descubrimientos de una realidad intrínseca, y sus implicaciones para nuestra comprensión del mundo y de nosotros mismos.
La Verdad como Construcción: Un Cambio de Paradigma en la Filosofía
La idea de que la verdad es algo que se construye, en lugar de algo que se halla, comenzó a ganar fuerza en Europa hace unos doscientos años. Este cambio de perspectiva fue influenciado por eventos históricos y movimientos culturales significativos. La Revolución Francesa demostró que las estructuras sociales y sus léxicos asociados podían ser transformados radicalmente de forma rápida.
En paralelo, el Romanticismo redefinió el arte no como imitación, sino como una creación del artista, elevando su papel a la par de la religión y la filosofía. Estas dos corrientes se fusionaron, estableciendo una hegemonía cultural donde las cuestiones sobre el sentido de la vida y la comunidad se abordaban a través del arte o la política, en lugar de la religión, la filosofía o la ciencia. Este desarrollo provocó una división dentro de la filosofía, con algunos adheridos a la Ilustración y otros alineados con el arte y la política utópica.
Ciencia vs. Construcción de la Verdad
Algunos filósofos, fieles a la Ilustración, ven la ciencia como la actividad humana paradigmática. Para ellos, la ciencia natural descubre la verdad, no la crea, considerando la frase “hacer la verdad” como una metáfora engañosa. En esta visión, la política y el arte no son esferas donde la noción de verdad tiene cabida. Contrastan el “hecho científico riguroso” con lo “subjetivo” o la “metáfora”.
Otros, sin embargo, argumentan que la ciencia es meramente una sierva de la tecnología, sin lecciones morales ni consuelo espiritual. Estos filósofos se alinean con los utopistas políticos y los artistas innovadores, viendo la ciencia como una actividad humana más. Para ellos, las grandes descripciones científicas son útiles para predecir y controlar, al igual que los poetas y pensadores políticos crean descripciones para otros fines. Ninguna de estas descripciones representa la realidad “tal como es en sí misma”; la idea misma de una representación exacta les parece insustancial.
El Origen de la Filosofía Moderna y la Verdad Hecha
La filosofía como disciplina autónoma, distinta de la ciencia, la teología y las artes, es relativamente reciente, con apenas dos siglos de existencia. Debe su origen a los idealistas alemanes, quienes buscaron reubicar la ciencia y dar sentido a la idea de que los humanos hacen la verdad, no la encuentran. Kant y Hegel, por ejemplo, quisieron relegar la ciencia a una “verdad de segundo orden” (el mundo fenoménico) y elevar la verdad del poeta y del político revolucionario a una “verdad de primer orden”.
Sin embargo, el idealismo alemán fue un compromiso insatisfactorio. Aunque aceptaron que el mundo empírico es “hecho” (construido por la mente), todavía concebían la mente o el yo como algo con una “naturaleza intrínseca” susceptible de ser descubierta por una “superciencia” filosófica. Esto significaba que solo la verdad científica era “hecha”; la verdad filosófica, la más elevada, seguía siendo objeto de descubrimiento.
El punto crucial es distinguir entre la afirmación de que “el mundo está ahí fuera” y la de que “la verdad está ahí fuera”.
- El mundo está ahí fuera: Es una creación no nuestra, donde la mayoría de las cosas en espacio-tiempo son efectos de causas ajenas a los estados mentales humanos.
- La verdad no está ahí fuera: Las proposiciones, que son elementos de los lenguajes humanos y creaciones humanas, son las únicas que pueden ser verdaderas o falsas. El mundo por sí solo no puede serlo. La idea de que la verdad, como el mundo, “está ahí fuera” es un legado de una época que veía el mundo como la creación de un ser con un lenguaje propio.
El Lenguaje y la Formación de la Verdad
Cuando nos centramos en léxicos completos, en lugar de proposiciones aisladas, la idea de que el mundo “decide” qué descripciones son verdaderas se vuelve problemática. Por ejemplo, es difícil decir que el mundo hace que el léxico de Newton sea “mejor” que el de Aristóteles en un sentido absoluto; simplemente es más útil para ciertos fines. El mundo no “habla”; somos nosotros quienes lo hacemos.
El mundo puede hacernos sostener ciertas creencias una vez que nos hemos adaptado a un lenguaje, pero no nos propone un lenguaje. Los cambios culturales masivos, como la aceptación de la poesía romántica o la mecánica galileana, no son actos de voluntad o resultados de discusión, sino un lento cambio en los hábitos lingüísticos de una sociedad. No hay criterios objetivos intrínsecos para elegir un léxico sobre otro.
La búsqueda de criterios universales o de una “naturaleza intrínseca” del mundo o del ser humano es la tentación de privilegiar un lenguaje sobre otros. Si aceptamos que la realidad es indiferente a nuestras descripciones y que el yo es creado por el uso del lenguaje, entonces comprendemos que las lenguas son hechas, no halladas, y la verdad es una propiedad de las entidades lingüísticas, de las proposiciones.
La Filosofía del Lenguaje de Donald Davidson
Richard Rorty interpreta la obra de Donald Davidson como una manifestación de la voluntad de excluir la idea de una “naturaleza intrínseca” y de afrontar la contingencia del lenguaje. Davidson rompe con la noción tradicional del lenguaje como un “medio” de representación o expresión, un tercer elemento mediador entre el yo y el mundo. La imagen tradicional nos presenta como seres con un yo central que considera creencias y deseos, y una realidad externa con la que estos deben “corresponder”.
Davidson, al igual que Wittgenstein, trata los léxicos alternativos como herramientas alternativas, no como piezas de un rompecabezas. Esto evita preguntas como “¿Cuál es el lugar de la conciencia en un mundo de moléculas?” o “¿Los valores dependen de los pesos?”, que conducen a fracasos reduccionistas o éxitos expansionistas efímeros. En su lugar, deberíamos preguntar si el uso de ciertas palabras obstaculiza el uso de otras. Los logros revolucionarios ocurren cuando se inventa un nuevo léxico para reemplazar otros que se interfieren.
La Teoría Momentánea y la Comunicación
En su ensayo “A Nice Derangement of Epitaphs”, Davidson socava la idea del lenguaje como una entidad fija, proponiendo el concepto de una “teoría momentánea”. Esta teoría es una serie de conjeturas sobre la conducta de una persona (incluyendo los sonidos que producirá), que se corrige constantemente. La comunicación exitosa entre personas se da cuando sus teorías momentáneas tienden a coincidir. Davidson sostiene que “no existe tal cosa como un lenguaje, al menos en el sentido en que lo han concebido los filósofos”. No hay una estructura definida que se aprende y luego se aplica; la comunicación es más bien un proceso de adaptación continua.
Esta visión conductista no reduccionista del lenguaje (similar a la de Ryle y Dennett sobre la mente) sugiere que hablar de lenguaje o mente no es nombrar un medio, sino señalar la utilidad de emplear cierto léxico para predecir y controlar la conducta de organismos. La historia del lenguaje, y con ello la de las artes, ciencias y moral, se convierte en una historia de la metáfora.
La Contingencia del Yo: El Legado de la Metáfora
Concebir la historia cultural como una historia de metáforas implica desechar la idea de que el lenguaje humano o la mente se desarrollan para cumplir un propósito divino o natural. Es una visión no teleológica, similar a la selección natural mendeliana. Las viejas metáforas se literalizan, sirviendo de base para nuevas. Nuestra cultura y lenguaje actuales son el resultado de innumerables contingencias, como un arrecife de coral o las orquídeas y antropoides en la evolución.
Las revoluciones científicas, según Mary Hesse, son “redescripciones metafóricas” de la naturaleza, no revelaciones de su esencia intrínseca. La novedad genuina, como un rayo cósmico que altera el ADN, puede surgir en un mundo de fuerzas ciegas y mecánicas. De manera análoga, el uso metafórico de términos como ousia por Aristóteles, agape por San Pablo o gravitas por Newton, fueron “rayos cósmicos” lingüísticos que crearon nuevas herramientas para pensar y actuar.
Metáfora y Significado según Davidson
Davidson sostiene que las metáforas no tienen significados distintos de sus significados literales. Su uso metafórico es un uso inhabitual de sonidos y marcas, que nos lleva a desarrollar una nueva teoría, en lugar de comunicar un “contenido cognitivo” oculto. Lanzar una metáfora es como hacer una mueca o mostrar una foto; busca producir un efecto, no transmitir un mensaje que pueda parafrasearse fácilmente.
Si un enunciado metafórico se “saborea” y se repite, puede adquirir un uso habitual y un lugar establecido en el juego del lenguaje, convirtiéndose en una “metáfora muerta” o un enunciado literal más. Esta concepción se opone tanto al reduccionismo platónico/positivista (que ve la metáfora como parafraseable o inútil para representar la realidad) como al expansionismo romántico (que la atribuye a una misteriosa “imaginación” en el núcleo del yo).
Impacto de esta Visión en la Cultura
La historia nietzscheana y davidsoniana de la cultura ve el lenguaje como una evolución ciega de nuevas formas de vida que eliminan las antiguas. Galileo no “descubrió” las palabras adecuadas para el mundo, sino que encontró una herramienta más útil. Yeats no expresó una realidad anhelada, sino que halló herramientas para escribir nuevos poemas. Estos filósofos no descubren la naturaleza de la filosofía o la verdad, sino que cambian la forma de hablar y, con ello, lo que queremos hacer y lo que pensamos que somos.
En una perspectiva nietzscheana, cambiar la forma de hablar es cambiar lo que, para nuestros propios propósitos, somos. Una cultura donde las metáforas de Nietzsche se tomasen literalmente sería una donde los problemas filosóficos son tan transitorios como los poéticos, sin una “humanidad” unificada por problemas perennes. El poeta, el hacedor de nuevas palabras, se convierte en la vanguardia de la especie.
Desdivinizar el Mundo y el Yo
La única forma de argumentar a favor de la contingencia del lenguaje es mostrando la esterilidad de intentar dar sentido a expresiones como “adecuado a los hechos” o “el modo como es el mundo”. Historiadores intelectuales como Hans Blumenberg demuestran que la idea de una “naturaleza intrínseca” del mundo o del yo es un remanente de la concepción del universo como una creación divina. Solo si vemos el universo como una persona o creado por una persona, podemos darle sentido a la idea de que tiene una descripción “preferida”.
Ser enteramente wittgensteiniano en el enfoque del lenguaje es desdivinizar el mundo. Esto nos permite aceptar que las verdades existen porque son propiedades de enunciados, los cuales dependen de léxicos hechos por humanos. La noción de que una doctrina filosófica debe contemplar nuestras “intuiciones” es reaccionaria, asumiendo una conciencia pre-lingüística que el lenguaje debe adecuar. Lo que llamamos “intuición” es simplemente la disposición a usar el lenguaje de nuestros ancestros, las “metáforas muertas”.
Finalmente, la línea de pensamiento de Blumenberg, Nietzsche, Freud y Davidson sugiere que buscamos llegar a un punto donde ya no veneramos nada como una cuasi-divinidad, tratando todo —nuestro lenguaje, nuestra conciencia, nuestra comunidad— como producto del tiempo y el azar. Esto sería, en palabras de Freud, “tratar al azar como digno de determinar nuestro destino”. Freud, Nietzsche y Bloom muestran la pura contingencia de nuestra conciencia, al igual que Wittgenstein y Davidson lo hacen con nuestro lenguaje.
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Preguntas Frecuentes (FAQ)
¿Qué significa la contingencia del lenguaje y la verdad?
Significa que el lenguaje y la verdad no son algo inherente o preexistente en el mundo que los humanos descubren. En cambio, son construcciones humanas, productos del tiempo, el azar y las prácticas lingüísticas que evolucionan en las comunidades. Las proposiciones son verdaderas dentro de un léxico creado por humanos, no por una correspondencia con una realidad externa “en sí misma”.
¿Cómo se relaciona la Revolución Francesa y el Romanticismo con estas ideas?
La Revolución Francesa demostró la mutabilidad radical de las estructuras sociales y sus lenguajes asociados, sugiriendo que las instituciones y léxicos podían ser sustituidos. El Romanticismo, al concebir el arte como creación y no como imitación, elevó la imaginación como una fuerza transformadora. Ambas tendencias se combinaron para fomentar la idea de que el mundo y la verdad son maleables y construibles por la acción humana, ya sea política, artística o lingüística.
¿Qué papel juegan los filósofos como Davidson y Wittgenstein en esta teoría?
Donald Davidson y Ludwig Wittgenstein son figuras centrales en la articulación de estas ideas. Davidson, en particular, rompe con la noción del lenguaje como un “medio” que media entre el yo y la realidad. Él, al igual que Wittgenstein, ve los léxicos como “herramientas” y la comunicación como un proceso continuo de adaptación a “teorías momentáneas” sobre la conducta lingüística de los demás, negando la existencia de un lenguaje fijo o una “naturaleza intrínseca” que el lenguaje deba representar.
¿Por qué se dice que las metáforas no tienen significados especiales según Davidson?
Davidson argumenta que las metáforas no tienen un significado cognitivo distinto de su significado literal ni un mensaje oculto que el autor intenta comunicar. En cambio, son usos inhabituales del lenguaje que buscan producir un efecto en el oyente o lector. Si una metáfora se vuelve muy común, pierde su carácter metafórico y se convierte en una parte literal del lenguaje, una “metáfora muerta”. La metáfora es una herramienta para provocar nuevas formas de pensar, no para transmitir un significado preexistente.
¿Cómo afecta la contingencia del lenguaje a nuestra visión del progreso y la historia?
La concepción de la contingencia del lenguaje y el yo implica una visión no teleológica de la historia, es decir, sin un fin predeterminado como el descubrimiento de una verdad última o la emancipación de la humanidad. La historia cultural se ve como una secuencia de “redescripciones metafóricas” (Hesse), donde los lenguajes evolucionan de manera contingente, como la evolución biológica. El progreso se entiende como la invención de nuevas “herramientas” lingüísticas que abren nuevas posibilidades de acción y pensamiento, en lugar de un acercamiento progresivo a “cómo son las cosas realmente”.