Podcast sobre Introducción a la Psicología Social
Introducción a la Psicología Social: Guía Completa para Estudiantes
Podcast
Fundamentos de Psicología Social
Délka: 24 minut
Kapitoly
¿Qué es la Psicología Social?
La Definición Clásica de Allport
Una Mirada Moderna: Baron & Byrne
Sujeto vs. Individuo
Una Red de Saberes
Ecos de la Antigua Grecia
El Darwinismo Social
La Lucha de Clases
El control de los cuerpos
Instituciones disciplinarias
Saber es Poder
Tipos de Conformidad
Conformidad Interna vs. Externa
¿Qué es la dinámica?
El experimento de Mayo
Un experimento clásico
Presión vs. Disuasión
Un innovador llamado Moreno
El Teatro Espontáneo
Una Noche en el Teatro
El líder y el prestigio
La crítica de Freud
Primos y Hermanos Científicos
El Mundo a Través de Otros
Añadiendo Nuevos Roles
Resumen y Despedida
Přepis
Álvaro: Imagina que estás en la cafetería de la escuela. De repente, el grupo más popular se queda en silencio y te mira. Sientes que todos tus movimientos son juzgados. ¿Caminas más rápido? ¿Finges que no te importa? Ese instante... esa presión que sientes, es psicología social en acción.
Valeria: Estás escuchando Studyfi Podcast.
Álvaro: Y esa sensación es increíblemente poderosa, Valeria. ¿Por qué nos importa tanto lo que otros piensen, incluso si solo lo imaginamos?
Valeria: Has dado en el clavo, Álvaro. Esa es exactamente la pregunta que intenta responder esta disciplina. No se trata de masas, sino de ti y de mí, y de cómo la presencia de otros —ya sea real o imaginada— cambia nuestro comportamiento.
Álvaro: Entonces, ¿cómo lo definen los expertos para que no suene tan... abstracto?
Valeria: Una de las definiciones más influyentes, aunque tiene ya sus años, es la de Gordon Allport. Él la describió como el intento de comprender y explicar cómo los pensamientos, sentimientos y conductas de los individuos son influenciados por la presencia de otros.
Álvaro: ¿Y qué significa eso de presencia "imaginada o implícita"? Suena un poco a fantasma.
Valeria: ¡No tanto! La presencia imaginada es cuando actúas pensando en alguien que no está ahí. Por ejemplo, cuando vas a hacer algo que a tus padres no les gustaría. Y la implícita son las normas sociales, como saber que no debes gritar en una biblioteca aunque estés solo.
Álvaro: Entiendo. Así que la influencia social está en todas partes, todo el tiempo.
Valeria: Exacto. Y por eso definiciones más modernas, como la de Baron y Byrne, la llaman "el campo científico que busca comprender la naturaleza y causas de la conducta y pensamiento de los individuos en situaciones sociales".
Álvaro: Me gusta la parte de "campo científico". Suena a que somos detectives de la conducta humana.
Valeria: Un poco, sí. El punto clave aquí es que se enfoca en el *porqué*. Analiza desde las acciones de los demás y nuestros propios procesos cognitivos, hasta el contexto cultural y biológico para entender por qué hacemos lo que hacemos cuando estamos con otras personas.
Álvaro: ...entonces, esa Psicología Social más clásica se enfocaba mucho en medir y clasificar comportamientos, casi como si fuéramos insectos en un laboratorio.
Valeria: Exacto. Y esa es la gran diferencia con el enfoque de "fenómenos sociales". Aquí no nos interesa el "individuo" como una unidad aislada y medible.
Álvaro: ¿Sino que nos interesa el qué?
Valeria: Nos interesa el "sujeto". Piensa en la diferencia. "Individuo" suena a dato, a estadística. "Sujeto", en cambio, implica que estás en relación con otros, que tienes una historia... que estás, literalmente, *sujeto* a un contexto social.
Álvaro: Ah, claro. No somos solo un número en una tabla. Somos el resultado de nuestros lazos y relaciones.
Valeria: ¡Precisamente! Y para entender eso no basta solo con la psicología o la sociología. El enfoque actual es más como una red.
Álvaro: ¿Una red? ¿Te refieres a que se mezclan muchas disciplinas para entenderlo?
Valeria: Sí, piensa en la historia, la lingüística, la economía... ¡incluso el psicoanálisis! Todas aportan a esta "trama" para entender cómo funcionamos en sociedad. No es un campo aislado, es una conversación entre muchos saberes.
Álvaro: Vaya, suena como una fiesta intelectual donde todos están invitados.
Valeria: ¡Me gusta esa analogía! Y es una fiesta que, en realidad, empezó hace muchísimo tiempo. Estas ideas no son del siglo veinte.
Álvaro: ¿A qué te refieres? ¿Ya los antiguos griegos pensaban en esto?
Valeria: Totalmente. Platón, por ejemplo, decía que el tipo de ciudad en la que vives determina el tipo de persona que eres. Una ciudad justa crea, necesariamente, ciudadanos justos.
Álvaro: O sea que, para Platón, no podrías ser una buena persona en una ciudad corrupta.
Valeria: Era muy difícil. Y su discípulo, Aristóteles, fue más allá. Dijo que la ciudad, la *polis*, es anterior al hombre. Que solo podemos realizarnos dentro de ella.
Álvaro: ¿Y qué pasaba si vivías fuera de la polis?
Valeria: Bueno, para Aristóteles, si no necesitabas de la sociedad, o eras una bestia... o eras un dios. No había término medio.
Álvaro: Qué extremo. O bestia o dios... yo prefiero ser un ciudadano y tomarme un café, gracias.
Valeria: Definitivamente. Pero nos da una idea de lo crucial que era el lazo social para ellos.
Álvaro: Entendido. Así que esta idea de que lo social nos define viene desde la Antigua Grecia. Pero, ¿qué pasó después? ¿Cómo saltamos de la *polis* a las ideas más modernas?
Álvaro: Y claro, aparte de las revoluciones políticas y económicas, hubo otra bomba que explotó en el siglo diecinueve, pero esta vino de la biología.
Valeria: Exacto, Álvaro. Una bomba gigantesca. Estamos hablando de Charles Darwin y su teoría de la evolución. ¡Cambió absolutamente todo!
Álvaro: Pero, ¿cómo una teoría sobre animales afectó tanto al pensamiento sobre la sociedad?
Valeria: Esa es la pregunta clave. La idea central de Darwin es la continuidad. De repente, el ser humano ya no era una creación divina y especial... sino que éramos parte de una larga cadena evolutiva. Un animal más.
Álvaro: O sea, perdimos nuestro estatus de “VIP de la Creación”.
Valeria: ¡Totalmente! Y aquí es donde la cosa se complica, porque la teoría de Darwin es biológica, pero algunos pensadores la sacaron completamente de contexto.
Álvaro: ¿A qué te refieres con “sacarla de contexto”?
Valeria: A algo que se llamó “darwinismo social”. Un filósofo, Herbert Spencer, tomó la idea de la “supervivencia del más apto” y la aplicó directamente a las sociedades humanas.
Álvaro: ¿Y cómo funciona eso? Suena... un poco peligroso.
Valeria: Lo era. Spencer sostenía que la competencia, las guerras y la desigualdad social eran naturales y hasta deseables. Eran el motor del progreso. Las sociedades “superiores” debían dominar a las “inferiores”.
Álvaro: Una justificación perfecta para la ideología de progreso y el colonialismo europeo de esa época.
Valeria: Exactamente. Pero por suerte, no todos veían el cambio social de esa manera.
Álvaro: Y me imagino que aquí es donde entra otro gran nombre del siglo diecinueve.
Valeria: Justo ahí. Entra en escena Karl Marx. Él miró la sociedad y no vio una evolución natural hacia el progreso. Vio conflicto.
Álvaro: La famosa lucha de clases.
Valeria: Esa misma. Marx dijo que para entender el presente, hay que ver que la historia de toda sociedad es la historia de esa lucha. Siempre hay opresores y oprimidos, y ese enfrentamiento es el que provoca los cambios radicales.
Álvaro: O sea, el motor del cambio no es una ley abstracta, sino un conflicto muy real y humano.
Valeria: Precisamente. Y ese análisis del conflicto en la sociedad industrial es justo lo que vamos a desglosar ahora.
Álvaro: Entonces, todo ese crecimiento urbano y las fábricas llenas de gente... no fue caótico. Alguien tuvo que pensar en cómo organizar todo eso, ¿no?
Valeria: Exactamente. Y aquí es donde entra un pensador clave: Michel Foucault. Él nos dice que para que la Revolución Industrial funcionara, era necesario controlar los cuerpos de las personas.
Álvaro: ¿Controlar los cuerpos? Suena un poco a película de ciencia ficción.
Valeria: Un poco, sí. Pero no hablaba de control mental. Foucault se refería a la *disciplina*. Es decir, crear sistemas para que las personas fueran más productivas, más obedientes y menos conflictivas.
Álvaro: De acuerdo, ¿y cómo se logra eso? ¿Con un manual de instrucciones para humanos?
Valeria: Casi. Foucault lo estudió en las cárceles, pero se dio cuenta de que el modelo se repetía en todas partes: escuelas, hospitales, el ejército y, por supuesto, las fábricas.
Álvaro: ¡La escuela! Ahora entiendo por qué tenemos timbres y horarios tan estrictos.
Valeria: ¡Exacto! Son instituciones disciplinarias. Su objetivo es fabricar cuerpos dóciles y útiles. Piensa en cómo se organiza el espacio: cada uno en su pupitre. O el tiempo: todo está medido, con ritmos y ciclos. Es un arte para volvernos más eficientes.
Álvaro: Vaya... Es una forma de poder muy sutil. No es alguien gritándote, sino el propio sistema el que te moldea.
Valeria: Esa es la clave. Foucault lo llama la relación "saber-poder". Al organizar y vigilar a la gente, acumulas conocimiento sobre ella. Y ese conocimiento te da más poder para controlarla y "normalizarla".
Álvaro: Así que medir, registrar, objetivar... todo es parte de lo mismo. Entiendo. Pero Foucault se centra mucho en cómo el poder se impone desde fuera. ¿Qué pasa con la presión que ejerce el propio grupo social?
Álvaro: Okay, así que la presión del grupo puede ser increíblemente fuerte. Pero, Valeria, ¿toda la conformidad es igual? ¿O hay diferentes maneras en que nos... plegamos al grupo?
Valeria: Esa es una pregunta clave, Álvaro. Y la respuesta es no, no es toda igual. El psicólogo Hollander distinguió dos tipos principales: conformidad de congruencia y de movimiento.
Álvaro: Suena un poco técnico. ¿Qué significan?
Valeria: Es más simple de lo que parece. La de congruencia es cuando te conformas sin siquiera darte cuenta de que hay otra opción. Piensa en el idioma que hablas o la comida típica de tu país.
Álvaro: Claro, no es que un día me desperté y elegí hablar español sobre otras mil opciones. Simplemente... lo hago.
Valeria: ¡Exacto! Lo hacemos porque es lo que hace nuestro entorno. Creemos que es lo correcto porque coincide con todos los demás. No hay un conflicto real.
Álvaro: Entiendo. ¿Y la conformidad de movimiento?
Valeria: Esa es la que vimos en los experimentos de Asch. Es cuando modificas tu conducta para ajustarte a una norma, aunque prefieras otra cosa. Es una decisión activa para encajar.
Álvaro: Ah, es el clásico “no quiero ser el raro del grupo”.
Valeria: Justo eso. Y aquí es donde otro autor, Moscovici, añade algo interesante. Él diferencia entre conformidad "externa" e "interna".
Álvaro: ¿Cuál es la diferencia?
Valeria: La externa es cuando nos influyen las modas o los medios sin que seamos conscientes. Pero la interna... esa es cuando aceptamos conscientemente una idea incorrecta para evitar el conflicto. Como decir que la línea de 7 cm es la correcta.
Álvaro: O sea que lo importante no es tener la razón, sino no diferenciarse de la mayoría. Es una idea bastante fuerte.
Valeria: Lo es. Demuestra el enorme peso que tiene el grupo sobre nosotros, y va mucho más allá de medir líneas. Influye en nuestros prejuicios, opiniones y hasta en cómo obedecemos a la autoridad, que es un tema fascinante que tocaremos ahora.
Álvaro: Okay, hemos hablado de muchedumbres, bandas... pero ¿qué pasa cuando queremos *organizar* un grupo para un objetivo? Ahí entra la famosa "dinámica de grupos", ¿no?
Valeria: Exacto, Álvaro. Y la palabra clave es "dinámica". Piensa en ello como lo opuesto a "estática". Implica movimiento, fuerzas complejas que actúan dentro del grupo.
Álvaro: ¿Fuerzas? Suena a clase de física.
Valeria: ¡Un poco! Quien acuñó el término fue Kurt Lewin, un psicólogo que veía los grupos como un campo de fuerzas en constante cambio.
Álvaro: Entonces, ¿todo empezó con Lewin?
Valeria: Él le dio el nombre y un marco teórico, pero no fue el único. Hubo otros precursores, como Elton Mayo, que hizo un descubrimiento gigante... casi por accidente.
Álvaro: ¿Por accidente? ¡Esas son las mejores historias! Cuéntame.
Valeria: Pues mira, en los años 20, Mayo estaba investigando la satisfacción laboral en la Western Electric. Empezó formando pequeños grupos de obreros y cambiaba sus condiciones de trabajo para ver qué pasaba.
Álvaro: ¿Qué tipo de cambios?
Valeria: De todo. Más luz, menos luz, más descansos, cambios en la paga... Y aquí viene lo sorprendente: sin importar el cambio, ¡el rendimiento casi siempre aumentaba!
Álvaro: Espera, ¿incluso si empeoraban las condiciones? Eso no tiene lógica.
Valeria: Ninguna, si solo piensas en lo material. Lo que Mayo descubrió fue el "efecto grupo". La simple sensación de pertenecer, de ser un equipo unido, era más poderosa que la iluminación o los descansos.
Álvaro: Wow. Así que las relaciones humanas eran la variable secreta.
Valeria: Justo. Descubrió sin querer la importancia de lo intragrupal. Y ese fue el comienzo de los trabajos de laboratorio en psicología de grupos, aunque el enfoque de Lewin era muy distinto, como veremos ahora.
Álvaro: Entonces, Valeria, si las campañas de información a menudo fallan, ¿cómo se logra un cambio de conducta real? Debe haber algún ejemplo famoso de esto.
Valeria: Lo hay, y es fascinante. Nos vamos a 1943, en Estados Unidos, con el psicólogo Kurt Lewin. En plena guerra, necesitaban que la gente comiera cortes de carne menos populares, como riñones o corazón, para guardar lo mejor para las tropas.
Álvaro: Uf, venderle eso a la gente suena... complicado. Qué rico el corazón a la plancha.
Valeria: Imagínate. Lo primero que hicieron fue lo típico: una campaña de información. Trajeron a expertos en dietética para dar charlas sobre lo nutritivos que eran esos cortes.
Álvaro: Déjame adivinar… no funcionó.
Valeria: Para nada. Solo un 3% de las amas de casa —que eran quienes decidían la compra— cambiaron sus hábitos. Un fracaso.
Álvaro: Vaya. ¿Y cuál fue la alternativa de Lewin?
Valeria: Aquí viene lo brillante. En vez de darles una charla, reunió a otros grupos de mujeres y simplemente les presentó el problema: "Dada la situación, ¿cómo podríamos cambiar nuestras costumbres alimentarias?". Y las dejó discutir.
Álvaro: ¿Solo eso? ¿Dejarlas hablar?
Valeria: Exacto. Y al conversar, se dieron cuenta de algo clave: su rechazo no era racional, sino por temores subjetivos. Cosas como "es que me da cosa" o "nunca lo hemos comido".
Álvaro: Claro, al decirlo en voz alta frente a otras, quizás se dieron cuenta de que no era para tanto.
Valeria: ¡Precisamente! Al discutirlo y tomar una decisión en común, se comprometieron a probarlo. El resultado en estos grupos fue un 32% de cambio de conducta. Una diferencia enorme.
Álvaro: La clave entonces no es la presión externa, sino reducir las resistencias internas. Increíble.
Valeria: Justo ahí está el aprendizaje. No se trata de imponer, sino de disuadir. Y esto nos conecta directamente con cómo funcionan las dinámicas dentro de un grupo...
Álvaro: Y esa idea de que el grupo puede sanar es clave. Lo que me lleva a otro innovador, Jacob Levy Moreno. Su nombre es fundamental en esto, ¿verdad?
Valeria: ¡Totalmente! Moreno es fascinante. Nació en Bucarest y trabajó como psiquiatra en Viena. Fue allí donde empezó a gestar una técnica revolucionaria, hasta que en 1925 emigró a Nueva York.
Álvaro: ¿Te refieres al psicodrama? ¿Cómo empezó todo eso?
Valeria: Exacto. Todo comenzó en Viena con sus experiencias de "teatro espontáneo" por allá en 1911. La idea era simple: los participantes interpretaban escenas que ellos mismos proponían, sin guion ni ensayo.
Álvaro: O sea, ¿una especie de club de improvisación pero con fines terapéuticos?
Valeria: Podríamos verlo así, sí. De ese juego de improvisación, Moreno descubrió algo muy potente y de ahí, en 1922, nació oficialmente el psicodrama.
Álvaro: ¿Y hay un momento exacto de su creación?
Valeria: Lo hay. Y es casi poético. El propio Moreno lo describe. Dijo que el psicodrama nació el 1 de abril de 1921, entre las siete y las diez de la noche.
Álvaro: ¿Y dónde fue esta primera sesión?
Valeria: En un teatro en Viena, la 'Komoedien Haus'. Imagina la escena: más de mil personas en el público. Moreno se presenta solo, sin actores y sin obra preparada.
Álvaro: ¡Qué valiente! ¿Y qué había en el escenario?
Valeria: Pues casi nada. Al levantarse el telón, el público solo vio un sillón de terciopelo rojo, con un marco dorado... como el trono de un rey.
Álvaro: ¿Un trono?
Valeria: Sí. Y sobre el asiento del trono, había una corona dorada. Un trono vacío esperando a un protagonista.
Álvaro: Wow, qué imagen. Es una invitación, ¿no? A que cualquiera tome ese lugar.
Valeria: Exactamente. Una invitación a ser el director de tu propia vida. Y esa es la base de todo lo que veremos a continuación...
Álvaro: Entonces, si en la discusión anterior establecimos que la masa anula al individuo... ¿cómo ocurre exactamente ese proceso? ¿Qué nos dice Le Bon sobre esta transformación?
Valeria: Bueno, para Gustave Le Bon, es casi como un interruptor que se apaga. Él dice que nuestra personalidad consciente desaparece y predomina una especie de personalidad "inconsciente".
Álvaro: ¿Inconsciente? ¿Como si estuviéramos soñando?
Valeria: Algo así. Piensa en ello como si todos los cerebros se sincronizaran en una sola frecuencia. Las ideas y emociones se vuelven contagiosas, como un virus, y la gente tiende a actuar sin pensar.
Álvaro: O sea que si alguien grita "¡Corran!", ¿todos corremos sin preguntar por qué?
Valeria: ¡Exactamente! Le Bon usa un ejemplo aún más básico: el pánico en un rebaño de ovejas. Si una se asusta, todo el rebaño corre. Nos convertimos, en sus palabras, en "autómatas sin voluntad".
Álvaro: Un rebaño de autómatas... suena a que necesitamos un pastor. ¿Quién dirige a esta masa?
Valeria: ¡Precisamente! Le Bon lo llama el "agitador" o líder. Él creía que la masa es un "rebaño servil" que no puede existir sin un amo. Y este líder posee algo clave: prestigio.
Álvaro: ¿Prestigio? ¿Como un influencer con millones de seguidores?
Valeria: Es una buena analogía. Pero es un prestigio basado no solo en la admiración, sino también en el temor. Anula por completo nuestra capacidad crítica. Simplemente dejamos de cuestionar.
Álvaro: Entiendo. Suena bastante sombrío. ¿Y esta fue la última palabra sobre el tema?
Valeria: Para nada. Y aquí es donde la historia se pone realmente interesante, porque entra en escena Sigmund Freud. Él leyó a Le Bon y, aunque le pareció una descripción acertada, no quedó convencido con las explicaciones.
Álvaro: ¿Qué fue lo que no le cuadró a Freud?
Valeria: No creía que conceptos como "sugestión" o "contagio" fueran suficientes. Freud se hizo una pregunta mucho más profunda: ¿qué es lo que realmente mantiene unida a la masa? ¿Cuál es el pegamento psicológico?
Álvaro: Ah, claro. No se conformó con el "qué", quería saber el "porqué".
Valeria: Exacto. Y para responder a esa pregunta, Freud tuvo que recurrir a una de sus ideas más poderosas. Pero para entenderla, primero tenemos que hablar de la libido y el amor.
Álvaro: Okay, eso aclara bastante el 'qué'. Pero me pregunto... ¿la psicología social trabaja sola o tiene como... familia en el mundo de la ciencia?
Valeria: ¡Me encanta esa analogía! Definitivamente tiene una familia muy grande y unida. No es una isla. Se relaciona con muchísimas otras disciplinas, sobre todo con las que llamamos ciencias conductuales.
Álvaro: ¿Como la psicología general, la sociología... esas?
Valeria: ¡Exacto! Empecemos por la más obvia: la psicología general. La psicología social es, literalmente, una rama de ella. Por eso siempre pone el foco en el individuo.
Álvaro: Tiene sentido. Pero, ¿dónde está la línea que las separa?
Valeria: Aquí viene lo interesante. Algunos teóricos, como Gordon Allport, dirían que casi no hay línea. Argumentan que prácticamente toda la psicología es social.
Álvaro: ¿Toda? ¿Cómo es eso posible?
Valeria: Piensa en su definición de influencia social: puede ser real, pero también imaginada o implícita. Así que, incluso cuando estás solo, estás pensando en qué dirían otros, cómo te verían... La sociedad está en tu cabeza.
Álvaro: O sea que mi decisión de anoche de comerme esa pizza entera fue... ¿un acto social?
Valeria: ¡Podríamos argumentarlo! Pero seamos serios. Aunque esa idea es potente, es claro que no toda conducta es *igualmente* social. Hay niveles.
Álvaro: A ver, dame un ejemplo.
Valeria: Tu reacción al tocar una estufa caliente es un proceso psicofísico, muy poco social. Pero tus creencias políticas o tus actitudes hacia una marca... eso está empapado de influencia social.
Álvaro: Entiendo. Entonces, la psicología general estudia toda la conducta del individuo, sin importar qué tan social sea. Y la psicología social se enfoca específicamente en esa parte... en cómo la influencia de otros nos moldea.
Valeria: Precisamente. Esa es la distinción clave. Y esa misma lógica nos sirve para ver cómo se conecta con su otra gran pariente, la sociología, de la que hablaremos en un momento.
Álvaro: ...y esa es la base de las instituciones. Pero ahora, para cerrar, hablemos de cómo nosotros, como individuos, entramos en esa estructura.
Valeria: Exacto. Es el proceso de socialización. Piénsalo así: nacemos sin manual de instrucciones. La socialización primaria es la que nos dan nuestros padres o cuidadores. ¿Y qué contiene? Todo. El idioma, las normas, lo que está bien y mal... su mundo se convierte en *nuestro* mundo.
Álvaro: O sea, es como el sistema operativo que nos instalan de niños. Y es el único que conocemos.
Valeria: ¡Me encanta esa analogía! Sí, y tiene una carga emocional enorme. Nos identificamos con ellos y, a través de esa relación, formamos nuestra identidad. Este primer mundo se siente total e inevitable.
Álvaro: Pero obviamente no nos quedamos solo con eso. ¿Qué pasa después?
Valeria: Ahí entra la socialización secundaria. Aquí es donde internalizamos "submundos". Son roles más específicos que aprendemos en la escuela, en un trabajo, o hasta en un equipo deportivo. Aprendes el vocabulario y las reglas de ese nuevo rol.
Álvaro: Como aprender a ser un estudiante, o después, un ingeniero.
Valeria: Justamente. La gran diferencia es el componente emocional. Tienes que querer a tu madre, pero no es necesario que quieras a tu profesor de contabilidad para aprender.
Álvaro: ¡Totalmente! Menos mal, porque mi profesor de contabilidad era... bueno, un experto en su campo.
Valeria: Esos roles son más anónimos y su realidad es menos "pegajosa". Es más fácil cambiar de trabajo que cambiar el mundo que aprendiste en tu infancia. Esa primera socialización es el cimiento de todo lo demás.
Álvaro: Qué claro. Entonces, para resumir todo lo que vimos hoy, desde las instituciones hasta la socialización...
Valeria: Podríamos decir que la sociedad nos da un escenario y un guion general, que es la realidad objetiva. La socialización es el proceso por el cual aprendemos a actuar en esa obra, haciendo nuestro el papel y el mundo que nos rodea.
Álvaro: Fantástico. Valeria, como siempre, un placer tenerte aquí y hacer estos conceptos tan accesibles.
Valeria: El placer es mío, Álvaro.
Álvaro: Y a todos los que nos escuchan, gracias por acompañarnos en otro episodio de "Studyfi Podcast". Estudien mucho, pero sobre todo, con curiosidad. ¡Hasta la próxima!