Podcast sobre Globalización, Comercio y Polícrisis
Globalización, Comercio y Polícrisis: Guía para Estudiantes
Podcast
Posverdad, Modernidad Líquida y el Mundo Actual
Délka: 25 minut
Kapitoly
¿Qué es real?
La Era de la Posverdad
Un Mundo que se Derrite
Instituciones Zombi
Orígenes del Terror
¿Por Qué No Hay Consenso?
El Embudo de la Exclusión
La nube no existe
El nuevo reparto del mundo
El ascensor social roto
La triple brecha de la desigualdad
El nuevo extractivismo de datos
¿Hay una salida?
Competir con el mundo desde casa
¿Impuestos a los robots?
El trabajo dentro de la Policrisis
El Origen Común
Diferencias Clave
La Gran Pregunta: ¿Quién es Jesús?
El Cuello de Botella Climático
El Dilema de la Política
El Apartheid Climático
El caso Katrina
El efecto dominó en Latinoamérica
Resumen y despedida
Přepis
Marta: Imagina que estás repasando para un examen y, para descansar un poco, abres las redes sociales. Ves un titular increíble sobre una nueva ley. Un amigo lo celebra, otro dice que es una noticia falsa. Cinco minutos después, ambos tienen "fuentes" que parecen reales. Al final, cierras la app más confundido que antes.
Pablo: Esa sensación tiene un nombre, y es clave para tu examen. Este es Studyfi Podcast.
Marta: Pablo, esa confusión es el día a día. ¿Cómo se llama ese fenómeno?
Pablo: Se llama posverdad. Y la definición que tienes que memorizar es esta: la posverdad es un contexto donde las opiniones, emociones y creencias personales pesan más que los hechos objetivos al formar la opinión pública.
Marta: O sea, no es que la verdad no exista, sino que... ¿nos importa menos que algo nos haga sentir bien o mal?
Pablo: ¡Exacto! Lo que "resuena" emocionalmente le gana a la evidencia. El ejemplo perfecto fue el Brexit. Se usaron argumentos muy emotivos que, aunque no eran del todo precisos, conectaron con la gente mucho más que los datos económicos objetivos.
Marta: Y esta sensación de que nada es seguro, ¿va más allá de las noticias?
Pablo: Totalmente. Nos lleva al segundo concepto: la Posmodernidad, o como la llamó el sociólogo Zygmunt Bauman, la "Modernidad Líquida".
Marta: ¿Modernidad Líquida? Suena a que se me va a derramar el café encima de los apuntes.
Pablo: Es una gran metáfora. Bauman dice que el mundo dejó de ser sólido. Las cosas que antes te daban certezas de por vida —el trabajo, la familia, tu lugar en la sociedad— ahora son fluidas, cambian constantemente.
Marta: Como construir tu vida sobre un río en lugar de sobre roca firme.
Pablo: Precisamente. Antes tenías un trabajo para siempre; hoy, tienes proyectos. Es la diferencia entre lo sólido y lo líquido.
Marta: Entonces, ¿qué pasa con las viejas estructuras en este mundo líquido? ¿Los partidos políticos, los sindicatos...?
Pablo: Ahí Bauman usa un concepto genial: las llama "Instituciones Zombi".
Marta: ¡Zombis! ¡Me encanta!
Pablo: Suena a película de terror, pero es muy claro. Son instituciones que existen de nombre, parecen vivas, pero ya no cumplen su función original de darte seguridad e identidad. Están muertas en su función real.
Marta: Wow. Y eso nos deja bastante solos para resolver todo, ¿no?
Pablo: Ese es el punto central de Bauman, un concepto llamado individualización. Pero esa es una historia para nuestro próximo bloque.
Marta: Entonces, hemos visto cómo las narrativas pueden moldear la realidad. Pero, ¿qué pasa cuando esa narrativa está diseñada para generar miedo? Eso nos lleva directamente al terrorismo.
Pablo: Exacto, Marta. Y lo primero que hay que entender es que esto no es nada nuevo. ¿Sabías que el terror como herramienta política existe desde hace miles de años?
Marta: ¿Miles? Pensé que era un fenómeno mucho más reciente.
Pablo: Para nada. El antecedente más claro son los Sicarii, un grupo judío que luchaba contra los romanos en el siglo primero. Usaban dagas escondidas para asesinar a sus enemigos en público.
Marta: Wow. Y de ahí viene la palabra "sicario", ¿verdad?
Pablo: ¡La misma! Ellos marcaron el nacimiento de esta lógica: usar el terror para un fin político. Aunque la definición moderna... esa nace en Francia, durante la Revolución Francesa.
Marta: Claro, "el Reino del Terror". Usaban el miedo para controlar a la población y consolidar su poder.
Pablo: Precisamente. Ahí se consolida la idea de que el terror puede ser un mecanismo de poder del Estado.
Marta: Pero hoy en día, parece que nadie se pone de acuerdo sobre qué es terrorismo. ¿Por qué es tan difícil definirlo?
Pablo: Excelente pregunta. Al principio, se definía como un acto contra un Estado. Pero esa definición se amplió. ¿Y sabes por qué? Porque a veces... el propio Estado es el terrorista. Es lo que llamamos "terrorismo de Estado".
Marta: Entiendo. El Estado puede ser tanto víctima como victimario.
Pablo: Correcto. Hubo un intento de crear una definición universal. En 2005, Kofi Annan en la ONU propuso una, pero... fue rechazada.
Marta: ¿En serio? ¿Y por qué no se pusieron de acuerdo? ¿Tanto lío por una definición?
Pablo: Es que la definición importa. No hubo consenso, y esa es la clave. Hoy, no existe una definición aceptada por todos. Esto hace que combatirlo a nivel global sea increíblemente complicado.
Marta: Entonces, si dejamos de lado la definición, ¿qué causa el terrorismo en primer lugar? ¿Es simplemente la pobreza?
Pablo: No exactamente. La pobreza por sí sola no genera terrorismo. Lo que enciende la mecha es la percepción de injusticia sistémica.
Marta: Suena complejo. ¿A qué te refieres con eso?
Pablo: Piénsalo como "El Embudo de la Exclusión". Empieza con desesperanza económica, quizás por el colapso ambiental como en el Sahel africano. Los jóvenes agricultores se quedan sin futuro.
Marta: Y el Estado no aparece para ayudarlos...
Pablo: Exacto. Ese abandono crea un sentimiento de exclusión y resentimiento. Ven que el sistema siempre beneficia a los mismos. Y es ahí, en ese vacío, donde los grupos extremistas entran y reclutan.
Marta: Así que el terrorismo es más un síntoma de un sistema roto... que una causa en sí misma.
Pablo: Has dado en el clavo. Es la consecuencia de que la globalización y los estados han fallado. Y eso, lamentablemente, tiene consecuencias comerciales y de seguridad enormes.
Marta: Un tema complejo con raíces muy profundas. Ahora, ¿cómo se conecta esto con el auge de las empresas multinacionales? Porque a primera vista, parecen dos mundos aparte...
Marta: ...y ese es el círculo vicioso. El dinero se va a seguridad en vez de a escuelas o industrias, y la pobreza se perpetúa. Pero, Pablo, hoy hay una nueva capa en esta desigualdad que es casi invisible. Hablamos de la Inteligencia Artificial.
Pablo: Exacto, Marta. Y es un tema clave porque todos tenemos esta idea de que la IA es... mágica. Que vive en "la nube", que es algo etéreo, neutral, que nos beneficia a todos por igual.
Marta: Claro, como si flotara en el aire y todos pudiéramos tomar un poquito.
Pablo: Ojalá. Pero la realidad es que esa nube es una mentira. La IA es físicamente muy pesada. Necesita cables submarinos, edificios enormes llenos de servidores, y una cantidad de electricidad monstruosa.
Marta: O sea que la nube tiene... ¿dirección física? ¿Un domicilio?
Pablo: ¡Totalmente! Y acá viene el dato que lo cambia todo: el 90% de la creación, el financiamiento y las patentes de IA está concentrado en solo dos lugares del planeta. Silicon Valley y Seattle en Estados Unidos, y el eje Beijing-Shanghái-Shenzhen en China.
Marta: ¿El 90 por ciento? ¿Y el resto del mundo?
Pablo: El resto del mundo, incluida toda América Latina, es simplemente "usuario final". Consumimos la tecnología, pero no decidimos las reglas ni, por supuesto, nos llevamos la plata grande. Hay una frase para memorizar: "La desigualdad ya no se mide en chimeneas, se mide en capacidad de cómputo, litio y datos brutos".
Marta: Suena a una nueva versión del viejo colonialismo, pero con cables en vez de barcos.
Pablo: Es exactamente eso. Pensemos en el Norte Global y el Sur Global. El Norte —EE.UU., Europa, Japón— tiene el capital, los algoritmos, las patentes. Son los dueños de la innovación.
Marta: Y el Sur Global —América Latina, África, gran parte de Asia— ¿qué tenemos nosotros?
Pablo: Tenemos los datos brutos, los recursos naturales como el litio, y... miles de millones de usuarios. Históricamente, el Sur proveía materia prima y el Norte vendía el producto terminado con valor agregado.
Marta: ¿Y ahora?
Pablo: Ahora es igual, pero peor. El Norte es dueño del código y de las reglas del juego. El Sur es un consumidor pasivo y un proveedor de datos... gratis. Les damos nuestra materia prima más valiosa sin recibir casi nada a cambio.
Marta: Pero Pablo, durante la globalización tradicional, muchas fábricas del Norte se mudaron al Sur por la mano de obra barata. Eso, mal que bien, generaba empleo.
Pablo: ¡Ese es el punto clave! A eso se le llamaba "convergencia". Aunque era desigual, al menos había un cierto derrame, ¿no? Se creaban puestos de trabajo en el Sur. Era como un ascensor social, lento y precario, pero que subía.
Marta: Entiendo. ¿Y la IA rompió ese ascensor?
Pablo: Lo pulverizó. Hoy estamos en una era de "divergencia". La IA y la robótica le permiten al Norte automatizar todo en sus propias sedes. Ya no necesitan nuestra mano de obra barata.
Marta: Ouch. Entonces, ¿qué pasa con nosotros?
Pablo: El Norte diseña el software en casa, se queda con todo el valor, y el Sur queda relegado a un rol pasivo. Aportamos datos y consumimos la tecnología que ellos nos venden. El ascensor se rompió por completo.
Marta: Esto es tremendo. ¿Cómo se manifiesta esta nueva división? ¿Podemos desglosarla?
Pablo: Claro. Los expertos hablan de la "Triple Brecha". Es la anatomía de esta desigualdad algorítmica. Son tres pilares. ¿Lista?
Marta: A ver, dispara.
Pablo: Brecha número uno: el monopolio de la infraestructura. Entrenar una IA como ChatGPT consume una energía demencial y necesita Data Centers gigantes. Bueno, más del 80% de la inversión mundial en esa infraestructura está en el Norte Global.
Marta: Mientras acá tenemos crisis energéticas y cortes de luz. Suena justo.
Pablo: Totalmente. No podemos competir. La segunda brecha es la fuga de cerebros digital. Las megacorporaciones del Norte se llevan a los mejores científicos de datos del Sur con sueldos en dólares que acá son impensables.
Marta: Es una doble penalización. El Estado invierte en formar a esa gente, y cuando están listos para producir... se van.
Pablo: Exacto. El Sur pierde su capacidad de innovación propia, y el Norte capitaliza la inversión educativa que hicimos nosotros. Es un negocio redondo para ellos.
Marta: Ok, tenemos la brecha de infraestructura y la de talento. ¿Cuál es la tercera?
Pablo: Esta es la más importante, la que define el "colonialismo digital". Es el nuevo extractivismo de datos. Funciona como una receta de cocina en tres pasos.
Marta: A ver esa receta... espero que no sea muy indigesta.
Pablo: Un poco, sí. Paso 1: Extracción. Ocurre en el Sur. Nosotros, la gente, generamos datos gratis todo el tiempo: en redes sociales, con sensores, en nuestros mercados locales.
Marta: Somos como una mina de oro de datos, pero no nos damos cuenta.
Pablo: Exacto. Paso 2: Refinería. Ocurre en el Norte. Ellos toman todos esos datos brutos y los procesan con su superpoder de cómputo para entrenar a sus algoritmos. Refinan el petróleo digital.
Marta: Y el paso 3 es obvio... nos venden el producto terminado.
Pablo: ¡Bingo! Paso 3: Venta. El Norte le vende al Sur el software ya terminado, en forma de suscripciones, licencias, aplicaciones. Generan una dependencia total. Si en un examen te preguntan por qué la IA es un nuevo colonialismo, la respuesta es este ciclo: extracción, refinería y venta.
Marta: Te doy un ejemplo concreto. Para que las IAs no digan barbaridades, contratan trabajadores en Kenia o Venezuela pagándoles menos de dos dólares la hora para que etiqueten contenido violento o sensible.
Pablo: Es el trabajo sucio y precarizado. Nosotros alimentamos gratis a la IA con nuestros posteos y resolviendo Captchas, y después nuestras propias empresas tienen que pagar fortunas en dólares a Microsoft o Google para usar esa misma tecnología. Es una locura.
Marta: Suena como que estamos atrapados. ¿Qué puede hacer América Latina para no ser simplemente un cliente que paga este "alquiler tecnológico" para siempre?
Pablo: No es fácil, pero hay caminos. La CEPAL, por ejemplo, da varias recomendaciones. Necesitamos políticas de innovación propias, acelerar nuestra transformación digital, proteger la propiedad intelectual que se genera acá...
Marta: Y, sobre todo, formar a nuestra gente, ¿no? Crear talento especializado que se quede.
Pablo: Fundamentalmente. Hay que crear un ecosistema propio. Regular cómo se usan nuestros datos, compensar a los creadores, lograr soberanía digital. Es una batalla política y económica enorme, pero es la única forma de no quedar permanentemente en la periferia.
Marta: Entonces, para recapitular, la IA, lejos de ser una fuerza democratizadora, está profundizando las viejas desigualdades entre un Norte que diseña y un Sur que consume. Y la clave es recuperar el control de nuestros datos e infraestructura.
Pablo: Ese es el gran desafío del siglo XXI para nuestra región, sin duda.
Marta: Un desafío que impacta directamente en algo que nos preocupa a todos: el trabajo. Porque si el Norte ahora automatiza todo en su propia casa... ¿qué empleos nos quedan a nosotros? De eso justamente vamos a hablar a continuación: el futuro del trabajo y el modelo del "reloj de arena".
Marta: Y esa fragmentación de la producción nos lleva directo a uno de los temas más calientes: el futuro del trabajo.
Pablo: Exacto, Marta. Pensemos en un smartphone. Es el ejemplo perfecto. ¿Dónde se genera la mayor riqueza?
Marta: Intuyo que no es en la fábrica donde lo ensamblan, ¿verdad?
Pablo: ¡Para nada! El diseño, el marketing, la propiedad intelectual... todo ese valor se concentra en California. La producción física ocurre en plantas hiperautomatizadas, como las de Foxconn en China o India.
Marta: Entiendo. Entonces, en ese ecosistema global, ¿qué rol le queda a nuestra región, a América Latina?
Pablo: Muchas veces, nos queda la última parte de la cadena. El repartidor de Rappi, el conductor de Uber. Es la llamada economía de plataformas, que a menudo significa trabajar sin aguinaldo, sin vacaciones pagas y sin estabilidad laboral tradicional.
Marta: Pero Pablo, el teletrabajo internacional cambió un poco las reglas, ¿no? Ahora alguien en Buenos Aires puede trabajar para una empresa en Nueva York.
Pablo: Sí, y eso es una oportunidad increíble. Pero es una moneda de dos caras. Así como tú puedes trabajar para el exterior, también compites por tu puesto con alguien de cualquier parte del mundo.
Marta: Claro. De repente tu competencia no es solo local, sino global. Eso debe cambiar las habilidades que se necesitan.
Pablo: Totalmente. Las competencias más valoradas ya no son solo las técnicas de un oficio. Ahora lo clave son las habilidades digitales transversales: saber usar herramientas de inteligencia artificial, análisis de datos, incluso una buena alfabetización digital básica.
Marta: ¿Y qué pasa con quienes no logran subirse a esa ola?
Pablo: Ahí vemos el peligro de la desigualdad. Se forma un mercado laboral con forma de reloj de arena. Muchos empleos de baja calificación abajo, unos pocos muy especializados y bien pagos arriba... y un centro que se vacía cada vez más. La escalera para progresar se está rompiendo.
Marta: Suena a un futuro bastante dividido. ¿Existen propuestas concretas para achicar esa brecha?
Pablo: Las hay. Y de hecho, una de las más interesantes surgió en la simulación que hicieron los alumnos, en el 'Comité de Mitigación de Desigualdad Global'.
Marta: ¡Me encanta cuando la teoría se conecta con la práctica! ¿Qué propusieron?
Pablo: El bloque de las economías avanzadas sugirió crear un 'Fondo de Inclusión y Capacitación Tecnológica'. La idea es usarlo para dar formación continua a los trabajadores en riesgo de ser reemplazados por la tecnología, e integrar a migrantes y refugiados.
Marta: Suena genial, pero la pregunta clave es siempre la misma: ¿quién financia eso?
Pablo: ¡Directo al punto! La propuesta es financiarlo con impuestos a las 'Big Tech', a las grandes plataformas digitales. En cierto modo, es como hacer que la automatización pague por la reconversión de las personas a las que desplaza.
Marta: Que Google y Amazon nos paguen los cursos. No suena nada mal.
Pablo: Exacto. Y aquí es donde todo se conecta. Porque este problema del empleo no es un tema aislado. Es, en el fondo, el primer eje de lo que llamamos la 'Policrisis'.
Marta: Cierto, lo vimos en la clase 9. Refrescanos la memoria, ¿qué era una 'Policrisis'?
Pablo: No es una sola crisis, sino una red de crisis que se chocan y se potencian entre sí. La falta de buenos trabajos, la lucha por dominar la IA, el cambio climático... todo está conectado.
Marta: Entonces, la automatización no solo cambia qué trabajos existen, sino que redefine quién gana y quién pierde en la economía global.
Pablo: Precisamente. Es una de las piezas centrales de la desigualdad contemporánea. Y hablando de piezas, la siguiente está muy ligada a esto: la transición hacia una economía verde, que también crea un nuevo tipo de empleos.
Marta: ...y eso nos lleva a una pregunta que siempre surge. Hablamos del judaísmo, el cristianismo y el islam. ¿Qué tienen realmente en común?
Pablo: Excelente pregunta, Marta. La respuesta está en un solo nombre: Abraham. Por eso las llamamos "religiones abrahámicas".
Marta: ¿Abrahámicas? Suena a término de examen.
Pablo: ¡Y lo es! Pero es fácil de recordar. Las tres nacieron en Medio Oriente, todas creen en un único Dios y reconocen a Abraham como una figura fundamental. Son como primas hermanas.
Marta: De acuerdo, comparten un ancestro. Pero, ¿cuáles son las diferencias clave que debemos conocer?
Pablo: Pensemos en la antigüedad. El judaísmo es, por mucho, la más antigua. Luego, el cristianismo surge de sus raíces con la figura de Jesús, y su libro sagrado es la Biblia.
Marta: Que incluye el Antiguo Testamento, que comparte con el judaísmo, ¿cierto?
Pablo: Exacto. Y finalmente, el islam aparece en el siglo VII. Su profeta es Mahoma y su libro sagrado es el Corán.
Marta: Entonces, la figura de Jesús parece ser el gran punto de división.
Pablo: ¡Totalmente! Y aquí va la pregunta de examen más típica. Para el judaísmo, Jesús fue un predicador, pero NO el Mesías. Aún esperan su llegada.
Marta: Para los cristianos, él es la figura central. Es el Mesías y el Hijo de Dios. Simple.
Pablo: Sí. ¿Pero y para el islam? Aquí está el matiz. Lo consideran un profeta muy importante, uno de los grandes... pero no es divino. El profeta final es Mahoma.
Marta: Wow. Judaísmo: no es el Mesías. Cristianismo: es el Mesías divino. Islam: es un profeta, pero no divino. Entendido.
Pablo: ¡Esa es la clave! Y el nombre de Dios también varía: es Dios para los cristianos y Alá para los musulmanes.
Marta: Queda clarísimo. Entender ese punto sobre Jesús es fundamental. Ahora, hablando de figuras centrales y profetas...
Marta: Y hablando de sistemas interconectados, eso nos lleva directo al cambio climático. No es solo un tema de osos polares, ¿verdad, Pablo? Afecta directamente nuestro bolsillo.
Pablo: Exacto, Marta. El clima genera al menos cuatro tipos de riesgo para el comercio. Tienes los eventos extremos, como huracanes, las interrupciones logísticas, el aumento de costos y los problemas de planificación a largo plazo.
Marta: Suena a que las empresas necesitan un plan A, B... y Z.
Pablo: Totalmente. Y tenemos un ejemplo perfecto y muy reciente: el Canal de Panamá. Entre 2023 y 2024, una sequía brutal bajó el nivel de los lagos que alimentan el canal.
Marta: ¿Y qué pasó? ¿Los barcos no podían pasar?
Pablo: Casi. Tuvieron que reducir el peso que cargaban... como si los pusieran a dieta forzosa. Y se limitó el número de buques por día. El resultado fue un cuello de botella logístico que disparó los costos en todo el mundo.
Marta: Increíble. Un problema de sequía en un país afecta los precios en el supermercado de otro.
Pablo: Ese es el punto clave. Y nos lleva al llamado “Dilema de Held”. El problema es global, pero la autoridad política está fragmentada. Cada país toma sus propias decisiones.
Marta: Claro, y ningún país puede resolver el cambio climático por sí solo. Es un trabajo en equipo... sin un capitán claro.
Pablo: Exactamente. Y súmale otro problema: la democracia. Los gobiernos piensan en ciclos de 4 o 5 años, hasta la próxima elección. Les cuesta mucho invertir miles de millones hoy en algo cuyos beneficios se verán en treinta años.
Marta: Entonces, la gran pregunta es... ¿quién financia esta transición ecológica? ¿El que contaminó más históricamente, como EE. UU. y Europa, o el que contamina más hoy, como China?
Pablo: Esa es la pregunta del millón. O más bien, del trillón. No hay una respuesta fácil, y es el centro de todas las negociaciones climáticas.
Marta: Y mientras los países grandes debaten, los más chicos sufren. He escuchado el término “Apartheid Climático”. Suena muy fuerte.
Pablo: Lo es, y es muy real. Significa que los países que menos contaminaron son los que más sufren las consecuencias. El cambio climático es un multiplicador de la desigualdad.
Marta: Dame un ejemplo claro.
Pablo: Piensa en Argentina y los Países Bajos. La sequía de 2023 le costó a Argentina 20 mil millones de dólares, generando una crisis económica brutal. Los Países Bajos, que viven literalmente bajo el nivel del mar, también sufren eventos extremos.
Marta: Pero a ellos no los vemos en crisis por eso...
Pablo: Porque tienen el dinero. Tienen el “Plan Delta”, un sistema de diques e infraestructura de última generación. La diferencia no es el clima, es quién tiene la plata para adaptarse.
Marta: Wow. Eso lo cambia todo. No se trata de si lloverá o no, sino de si tienes paraguas... o un arca. Así que la adaptación es la clave.
Marta: ...y esa es la teoría. Pero para cerrar, ¿qué tal si vemos un caso real donde todo esto se conecta? Un ejemplo que lo cambió todo.
Pablo: ¡Perfecto! Hablemos del huracán Katrina en 2005. Fue un desastre natural que golpeó Nueva Orleans y rompió sus diques.
Marta: Recuerdo las noticias, fue terrible. Pero, ¿cuál fue el impacto económico exacto?
Pablo: Catastrófico. La zona producía casi el 30% del petróleo refinado de EE. UU. Se cerraron puertos clave, afectando el comercio y la energía. ¡Imagínate, se perdieron 400.000 empleos!
Marta: ¡Wow! Y con una economía tan golpeada, supongo que bajaron las tasas de interés para ayudar, ¿no?
Pablo: ¡Pues no! La Reserva Federal las subió. Su prioridad era controlar la inflación por el precio de la energía, no la recesión local. Una decisión muy dura.
Marta: Entiendo. ¿Y cómo un huracán en EE. UU. termina afectando a América Latina?
Pablo: Por dos vías: el petróleo más caro y menos crecimiento en EE. UU., que compra menos productos de la región. Fue el clásico efecto dominó.
Marta: O sea, menos exportaciones para nosotros.
Pablo: Exacto. México y Centroamérica fueron los más golpeados. Honduras, por ejemplo, sintió mucho la caída de las remesas de sus inmigrantes en la zona. ¡Esas remesas eran el 20% de su PIB!
Marta: Increíble cómo todo está interconectado.
Pablo: Totalmente. Este caso demuestra la mundialización. Que un huracán afecte a Venezuela, Honduras y México es la prueba de que las economías son una red global.
Marta: El ejemplo perfecto para cerrar. Así que, para resumir, los desastres naturales no son solo eventos locales... sus ondas de choque económicas pueden sentirse en todo el mundo.
Pablo: Exactamente. La clave es entender esa interconexión.
Marta: Muchísimas gracias, Pablo, por aclarar todos estos temas hoy. Y a ustedes que nos escuchan, gracias por acompañarnos en otro episodio de Studyfi Podcast. ¡Hasta la próxima!