Podcast sobre El Método Científico y la Investigación
El Método Científico y la Investigación: Guía Completa para Estudiantes
Podcast
Semmelweis y el Misterio de la Fiebre Mortal
Délka: 25 minut
Kapitoly
Un misterio mortal
Hipótesis y descubrimientos
La receta que no existe
El salto de la imaginación
La prueba de fuego
Lo que vemos y lo que inferimos
Dos tipos de base empírica
El Problema de Investigación
La Hipótesis Principal
La Duda Filosófica
El Problema del Diván
Enunciados Mixtos
La tentación de las hipótesis ad hoc
¿Cómo detectar una mala excusa?
Palabras vs. Enunciados
El Poder de la Declaración
¿Son Leyes Científicas?
El salto a lo teórico
El científico como artista
La Lucha por la Existencia
Variaciones y Selección
Favorable es Relativo
¿Una teoría con términos ocultos?
El problema de definir una 'especie'
Resumen y despedida
Přepis
Laura: La mayoría de la gente asume que los médicos siempre supieron que lavarse las manos era crucial. Pero ¿y si te dijera que los doctores del siglo diecinueve pasaban de hacer autopsias a atender partos... sin lavarse las manos?
Diego: Suena terrible, pero es cierto. Y les costó mucho entender por qué morían tantas madres. Estás escuchando Studyfi Podcast.
Laura: Exacto. Hoy hablamos de Ignaz Semmelweis y la fiebre puerperal. Diego, sitúanos en Viena, en la década de 1840.
Diego: Imagina un hospital con dos maternidades. En la Primera División, atendida por estudiantes de medicina, las muertes eran altísimas, ¡a veces más del 11%! En la Segunda, atendida por comadronas, la tasa era bajísima. Nadie entendía por qué.
Laura: Y Semmelweis empezó a investigar, ¿verdad? Descartando ideas una por una.
Diego: Así es. ¿Hacinamiento? La segunda división tenía más gente. ¿Una «epidemia» misteriosa? No tenía sentido que solo afectara a una sala. ¡Incluso probó una teoría sobre un sacerdote que asustaba a las pacientes!
Laura: ¿Un sacerdote con una campanita? Suena a película de terror, no a causa médica.
Diego: Para nada. La clave llegó por una tragedia. Un colega suyo se cortó con un bisturí durante una autopsia y murió con los mismos síntomas que las madres. Ahí Semmelweis conectó los puntos.
Laura: La «materia cadavérica». Los estudiantes la llevaban en sus manos de la sala de autopsias a la de partos.
Diego: ¡Exacto! Así que impuso una norma radical para la época: todos debían lavarse las manos con una solución de cal clorurada. ¿El resultado? La mortalidad en su división se desplomó al 1%, igualando a la otra sala.
Laura: Increíble. Un gesto tan simple como lavarse las manos salvó incontables vidas y cambió la medicina para siempre.
Laura: Entonces, Diego, ya que tenemos los datos, ¿cuál es el siguiente paso? ¿Hay una especie de... receta o fórmula que los científicos siguen para encontrar una teoría?
Diego: ¡Esa es la pregunta del millón, Laura! Y la respuesta sorprende a muchos. No, no existe esa receta mágica. No hay un procedimiento mecánico que convierta datos brutos en una teoría brillante.
Laura: ¿En serio? Siempre imaginé que era un proceso súper lógico, paso a paso. Como seguir las instrucciones para montar un mueble.
Diego: ¡Ojalá! El problema es que las grandes teorías usan conceptos totalmente nuevos. Piensa en términos como «átomo», «electrón» o «protón». Esos conceptos no estaban en los datos originales de los experimentos.
Laura: Claro... nadie observó directamente un electrón en un tubo de ensayo. Entonces, ¿de dónde salen esas ideas?
Diego: Requieren un salto de imaginación creativa. No se *derivan* de los hechos, se *inventan* para explicarlos. Son conjeturas, chispas de genialidad para conectar los puntos de una forma nueva.
Laura: Suena más a arte que a ciencia. Entonces, ¿cómo sabemos que esas conjeturas no son solo... fantasías?
Diego: ¡Excelente punto! Aquí es donde entra la parte rigurosa. Una vez que tienes tu hipótesis creativa, tienes que contrastarla. Tienes que preguntarte: si mi idea es cierta, ¿qué debería poder observar en el mundo real?
Laura: Ah, la famosa contrastación de hipótesis. O sea, hacer una predicción y ver si se cumple.
Diego: Exactamente. Es un razonamiento lógico que llamamos *modus tollens*. Si tu hipótesis H es verdadera, entonces la implicación I también debe serlo. Si resulta que I es falsa... tu hipótesis H queda descartada.
Laura: Entendido. Si la predicción falla, la idea estaba mal. Parece bastante directo.
Diego: Lo es. Pero aquí viene la parte más sutil y que muchos pasan por alto. ¿Qué pasa si la predicción SÍ se cumple? ¿Significa que tu hipótesis es 100% verdadera?
Laura: Mmm... supongo que sí. ¿No?
Diego: Pues no necesariamente. Y esa es una de las trampas más comunes. Que una predicción se cumpla solo significa que la hipótesis *podría* ser cierta, pero no lo demuestra de forma concluyente. Y de eso precisamente hablaremos a continuación.
Laura: ...entonces, está claro que la ciencia necesita basarse en cosas que podemos observar, en hechos. Pero, Diego, aquí es donde se pone un poco... filosófico, ¿no?
Diego: Exacto, Laura. Porque la gran pregunta es: ¿qué significa realmente "observar"? Y esto nos lleva a una distinción clave en la filosofía de la ciencia: la base empírica frente a la zona teórica.
Laura: A ver, ilústrame. ¿Cómo de complicado puede ser simplemente... ver algo?
Diego: Piensa en esto: un biólogo mira por un microscopio y dice "qué interesante esta célula". Pero, ¿está viendo realmente una célula?
Laura: Pues... yo diría que sí, ¿no? Para eso es el microscopio. ¡Sino es un timo carísimo!
Diego: ¡Buen punto! Pero aquí está el truco. Lo que ve directamente, con sus ojos, es una mancha de luz con ciertas formas. La idea de que esa mancha *es* una célula es una inferencia. Se basa en que confía en toda la teoría óptica que explica cómo funciona el microscopio.
Laura: ¡Ah! O sea que hay dos niveles. Lo que ves directamente, y lo que *sabes* que estás viendo gracias a una teoría. ¡Qué curioso!
Diego: Exacto. A los objetos que conocemos directamente, sin mediación, los llamamos la base empírica. Piensa en una aguja en un dial. Pero a los átomos, los genes o las células los conocemos indirectamente. Forman parte de la zona teórica.
Laura: Ok, entonces la base empírica son los hechos crudos. Y la zona teórica es donde viven los conceptos más abstractos.
Diego: Precisamente. Y podemos afinar aún más. La "base empírica epistemológica" son esos datos que obtenemos casi sin teorías, como en la vida cotidiana. Es el punto de partida filosófico.
Laura: ¿Y la célula del biólogo?
Diego: Esa pertenece a la "base empírica metodológica". Son los datos que los científicos aceptan como "observaciones" en su día a día, aunque dependan de instrumentos y teorías que no están cuestionando en ese momento.
Laura: Entendido. Es como una "observación en sentido amplio". No ven la célula directamente, pero la teoría les asegura que la mancha se corresponde con una, así que para fines prácticos, la "observan".
Diego: Le has dado en el clavo. Es una distinción súper importante porque nos muestra que incluso el dato más simple en ciencia puede tener una carga teórica detrás.
Laura: Fascinante. Y esto me hace pensar... una vez que los científicos tienen todos estos datos, ya sean directos o indirectos, ¿cómo pasan de ahí a crear una ley o una teoría general? ¿Se sientan a coleccionar hechos y esperan que la respuesta aparezca?
Laura: Bien, ya cubrimos qué son las hipótesis y la diferencia entre lo empírico y lo teórico. Pero, ¿cómo se usan todos estos conceptos en una investigación de verdad?
Diego: ¡Exacto! Ahí es donde todo cobra vida. Ahora vamos a ver cómo todos esos conceptos se ponen en movimiento en la práctica científica.
Laura: Entonces, ¿por dónde empieza un científico? ¿Con una idea genial mientras se ducha?
Diego: Podría ser, pero formalmente... toda investigación científica comienza con un problema. Es algo que ocurre en el mundo que nos resulta extraño o enigmático.
Laura: O sea, algo que no cuadra con lo que ya sabemos. ¿Como una anomalía?
Diego: Precisamente. Es algo que nos hace preguntar "¿por qué?". Por ejemplo, en el famoso caso de Semmelweis, el problema era: ¿Por qué las mujeres de una división de maternidad enfermaban mucho más que las de la otra?
Laura: Okay, tienes el problema. ¿Cuál es el siguiente paso?
Diego: Formular una respuesta provisoria. Una posible explicación. A eso lo llamamos la hipótesis principal. Es tu mejor suposición para resolver el enigma.
Laura: ¡Una suposición! Así que en ese momento no sabes si es correcta o no.
Diego: Exacto. ¡Por eso es una hipótesis! Es una idea que tienes que poner a prueba. Y ese proceso de ponerla a prueba se llama contrastación.
Laura: Suena importante. ¿Qué es exactamente "contrastar" una hipótesis?
Diego: Es confrontar lo que dice tu hipótesis con el mundo real, con la base empírica. Ves si tu idea se corresponde con los hechos que puedes observar. A veces es fácil... como predecir un eclipse y simplemente esperar a ver si ocurre.
Laura: Ojalá toda la ciencia fuera tan sencilla como mirar al cielo.
Diego: ¡Ya lo creo! Pero la mayoría de las veces, como veremos, el proceso es bastante más indirecto y... bueno, más interesante.
Laura: Y eso nos lleva a un punto clave, Diego. Justificar el conocimiento en la ciencia no es lo mismo que en la filosofía, ¿verdad?
Diego: Para nada, Laura. Aquí entra el concepto de 'base empírica'. Pensemos en la base empírica filosófica. Es el conjunto de datos que son indudables... incluso para un filósofo que duda de casi todo.
Laura: ¿Y qué sería indudable para un filósofo? Me imagino que no mucho.
Diego: ¡Exactamente! Ellos dudan de cosas que nosotros damos por sentadas. ¿Existe el mundo fuera de mi mente? ¿Existen las otras personas? Son preguntas muy radicales.
Laura: Claro. No me imagino a un físico cuestionando si el acelerador de partículas es real antes de empezar un experimento.
Diego: ¡Ese es el punto! Hay un ejemplo perfecto. Imagina que un amigo psicoanalista te quiere convencer de su terapia y empieza a describir al paciente recostado en el diván...
Laura: Y el filósofo lo interrumpe y le pregunta: 'Un momento, ¿cómo sabes que el diván existe?'
Diego: ¡Exacto! Tu amigo te diría: 'Mira, para discutir si el psicoanálisis funciona, no podemos cuestionar la realidad misma'. Damos por hecho que el diván y el paciente existen. La ciencia necesita ese punto de partida.
Laura: Tiene sentido. Los científicos no pretenden fundamentar todo el conocimiento desde cero para cada teoría que proponen.
Diego: Correcto. Su enfoque es más pragmático. Aunque hay ciertos enunciados que nos devuelven a estas complicaciones filosóficas de un modo inesperado.
Laura: ¿Ah sí? ¿Cómo cuáles?
Diego: Los llamamos enunciados o generalizaciones mixtas. Son un verdadero dolor de cabeza. Piensa en la frase: 'Todos los cuerpos son fusibles'.
Laura: Suena bastante simple, ¿no?
Diego: Para nada. Es universal, así que para verificarla tendrías que probarlo en todos los cuerpos del universo. Imposible. Pero para refutarla, tendrías que encontrar un cuerpo y demostrar que *nunca* se funde... ¡a ninguna temperatura posible! Lo cual también es imposible de comprobar.
Laura: Wow, o sea que son imposibles de verificar y de refutar. Eso sí que es un problema. Y me imagino que no es el único ejemplo.
Laura: Entonces, si un experimento falla, no sabemos si es por la hipótesis principal o por una de las auxiliares. Eso parece un gran problema.
Diego: Lo es. Y nos lleva a una situación fascinante. En principio, siempre podrías salvar tu hipótesis principal si estás dispuesto a cambiar las reglas del juego, es decir, las hipótesis auxiliares.
Laura: ¿Cómo que cambiar las reglas? ¿Te refieres a inventar una excusa para que todo encaje?
Diego: ¡Exactamente! Y a esas excusas las llamamos hipótesis «ad hoc». Se introducen con el único propósito de salvar una teoría. Por ejemplo, antes se creía que «la naturaleza odia el vacío», y por eso el agua subía por una bomba.
Laura: El famoso *horror vacui*, ¿no?
Diego: Ese mismo. Cuando Pascal demostró que la presión del aire explicaba mejor el fenómeno, un defensor del horror al vacío podría haber dicho: «Claro, es que el horror de la naturaleza al vacío disminuye con la altitud». ¿Ves el problema?
Laura: Sí, es una excusa a medida. No se basa en nada más, solo en salvar la idea original. ¡Suena a trampa!
Diego: Es una trampa muy tentadora. Ocurrió lo mismo con la teoría del flogisto para la combustión. Cuando Lavoisier demostró que los metales ganaban peso al quemarse, algunos dijeron: «Ah, es que el flogisto tiene peso negativo».
Laura: O sea, como decir que mi dieta funciona, es solo que la tarta que comí tenía calorías negativas.
Diego: ¡Esa es la analogía perfecta! Proteges la idea principal, pero no aprendes nada nuevo. No conduce a ninguna otra predicción interesante.
Laura: Entonces, ¿cómo distinguimos una modificación legítima de una hipótesis ad hoc? Porque en el momento debe ser muy difícil de ver.
Diego: Es increíblemente difícil, no hay una regla de oro. Pero podemos hacernos preguntas clave. ¿Esta nueva idea solo sirve para tapar este agujero en particular? ¿Explica algún otro fenómeno? ¿O simplemente hace que toda la teoría sea mucho más complicada y rara?
Laura: Entiendo. La clave es si la nueva idea abre nuevas puertas a la investigación o si es solo un callejón sin salida para no admitir un error.
Diego: Precisamente. Y esta posibilidad de usar hipótesis ad hoc para inmunizar nuestras teorías es un tema central y muy debatido en la filosofía de la ciencia, que es justo de lo que hablaremos a continuación.
Laura: Entonces, Diego, si estos términos científicos son los ladrillos, ¿cómo construimos realmente el conocimiento con ellos? Porque un ladrillo solo no hace una casa.
Diego: ¡Exacto! Esa es la analogía perfecta. Un ladrillo por sí solo, o una palabra aislada, no transmite ninguna información. Es solo... una cosa.
Laura: ¿Cómo que no transmite información? Si digo “planeta”, eso es información, ¿no?
Diego: Piensa en esto. Si yo entro a una clase y digo en voz alta... “Azul”. Y luego me quedo callado, mirándolos fijamente.
Laura: Me quedaría súper confundida. Te preguntaría, “Azul, ¿qué?”. ¿Se te olvidó el resto de la frase?
Diego: ¡Precisamente! Necesitas la oración completa, el *enunciado*, para que tenga sentido. Necesitas “El cielo es azul” o “La solución se volvió azul”. Una palabra suelta no afirma nada.
Laura: Ah, ya veo. Así que el conocimiento real no está en la palabra, sino en la frase que la usa para describir algo del mundo.
Diego: Justo ahí está la clave. Por eso en ciencia usamos lo que se llaman *oraciones declarativas*. No estamos haciendo preguntas ni expresando sorpresa. Estamos declarando un estado de cosas.
Laura: O sea, estamos afirmando algo. Como “Este podcast es informativo”. Es una declaración.
Diego: Y una que espero sea cierta. Pero sí, la ciencia se comunica a través de estas afirmaciones, de estos enunciados. Son la unidad mínima de conocimiento científico.
Laura: Entonces, para resumir: los términos son las piezas, pero los enunciados son las afirmaciones que construimos con esas piezas.
Diego: Perfectamente dicho. Son las proposiciones que ponemos sobre la mesa para ser discutidas y, lo más importante, puestas a prueba.
Laura: Y eso nos lleva a una pregunta súper interesante... ¿qué hace que un enunciado sea *científico* y no una simple opinión? Hablemos de los criterios de demarcación.
Laura: Entendido. Los enunciados básicos son como una foto específica de algo que podemos ver y tocar. Pero la ciencia busca patrones más grandes, ¿no es así? No se queda solo con una flor o un experimento.
Diego: Exacto. Y eso nos lleva al segundo nivel: las generalizaciones empíricas. Aquí las reglas del juego cambian un poco. Seguimos usando un vocabulario observable, nada de entidades teóricas raras.
Laura: De acuerdo, seguimos con los pies en la tierra. ¿Cuál es la diferencia entonces?
Diego: La diferencia es el alcance. Ya no hablamos de una muestra pequeña y accesible. Hablamos de afirmaciones generales. Por ejemplo: “Todos los cuerpos se dilatan con el calor”. ¡No podemos probar todos los cuerpos del universo!
Laura: ¡Claro! Eso suena más a lo que pensamos como una “ley científica”. ¿Son lo mismo?
Diego: Es una gran pregunta. Cuando una de estas generalizaciones es aceptada por la comunidad científica, la llamamos “ley empírica”. Pero hay que tener cuidado. Hay una distinción clave entre una regularidad y una simple casualidad.
Laura: ¿Una casualidad? ¿Cómo sería eso?
Diego: Imagina que, por pura suerte, todos los miembros de la junta directiva de un club de fútbol son calvos. Podríamos decir: “Todos los directivos de este club son calvos”. Es una generalización, pero… ¿es una ley de la naturaleza?
Laura: ¡Claro que no! Sería una coincidencia muy extraña, pero solo eso. No es que el club te haga perder el pelo.
Diego: ¡Exactamente! Distinguir entre una “generalización accidental” y una “ley natural” es súper complicado. Por eso, para simplificar, usaremos la palabra “ley” en un sentido amplio, como sinónimo de regularidad.
Laura: Vale, una regla general que observamos. Tiene sentido.
Diego: Así es. Pero esto nos deja con una pregunta gigante: si no podemos observar todos los casos, ¿cómo podemos estar seguros de estas leyes? Ese es un problema central que exploraremos a continuación.
Laura: Entonces, Diego, si ya cubrimos las generalizaciones empíricas, que se basan en lo que observamos... ¿qué viene después? ¿Hay un nivel más profundo?
Diego: ¡Exacto! Ahora damos el gran salto al tercer nivel: los enunciados teóricos. Aquí es donde la ciencia se pone realmente creativa. Estos enunciados contienen al menos un término teórico.
Laura: ¿Término teórico? ¿Te refieres a cosas que no podemos ver directamente?
Diego: Precisamente. Piensa en la química. Cuando un científico dice que “el salto de un electrón de un átomo produce luz”, está usando términos teóricos. Nadie ha visto un electrón saltar con sus propios ojos.
Laura: Suena a que nos alejamos de la ciencia para entrar en la... ¿metafísica?
Diego: Es una preocupación clásica, sí. Algunos pensaban que era abandonar la ciencia. Pero aquí está lo sorprendente: este salto es fundamental. Es pasar de describir a *explicar*.
Laura: ¿Y cómo llegan los científicos a estas ideas, si no es por observación directa?
Diego: Aquí viene la parte más fascinante. No es por inducción, no es solo generalizar lo que ves. Es por imaginación. Es un acto creativo, casi artístico.
Laura: ¿Como un artista? ¡No me lo esperaba!
Diego: Totalmente. Mendel observó las proporciones en sus plantas... eso es nivel dos. Pero luego *imaginó* la existencia de algo que llamó “factores hereditarios” —lo que hoy llamamos genes— para explicarlo. Eso es nivel tres.
Laura: ¡Wow! Entonces, el científico es una mezcla de detective riguroso y artista soñador.
Diego: Exacto. Tienes la osadía para inventar hipótesis y luego el rigor para ponerlas a prueba. Y esa dualidad es lo que impulsa los mayores descubrimientos. Pero claro, no todas estas ideas teóricas se construyen igual...
Laura: Entonces, si las especies tienden a reproducirse sin parar pero los recursos, como la comida, son limitados… me imagino que se arma un cuello de botella.
Diego: Exacto. De esas dos ideas, Darwin deduce su famosa “lucha por la existencia”. Pero, y esto es clave, no hay que imaginarlo como una batalla campal.
Laura: ¿Ah no? Yo ya me estaba imaginando una película de acción con animales.
Diego: Es una imagen muy común, pero la realidad es más sutil. No es necesariamente una lucha violenta, sino un fenómeno de competencia.
Laura: ¿Competencia? ¿Como en una carrera?
Diego: Justo así. Los individuos tratan de usar mejor sus facultades para aventajar a otros. Es una carrera por los recursos, por sobrevivir y, sobre todo, por dejar descendencia.
Laura: Ok, competencia, no guerra. Lo entiendo. Pero, ¿qué define al ganador de esa carrera?
Diego: ¡Excelente pregunta! Aquí entra la tercera hipótesis fundamental: la de las variaciones. Darwin observó que en la descendencia aparecen características nuevas, al azar, que los padres no tenían.
Laura: Y esas características se pueden heredar, ¿cierto?
Diego: ¡Exacto! Y aquí viene la magia. Algunas de esas variaciones casuales resultan ser favorables para la supervivencia en un ambiente concreto. Otras no.
Laura: O sea que no hay un plan, ¿es solo suerte?
Diego: Es una lotería genética. Y los que ganan el premio —una variación útil— están mejor equipados. Esto nos lleva al mecanismo central: la selección natural.
Laura: La supervivencia del más apto.
Diego: Precisamente. Los individuos con la variación favorable compiten mejor, viven más tiempo y dejan más hijos, que heredan esa ventaja. Generación tras generación, esa característica se extiende por toda la población.
Laura: Pero, ¿qué hace que una característica sea “favorable”? ¿Ser más grande, más fuerte?
Diego: No necesariamente. Y esta es una de las partes más fascinantes: “favorable” es totalmente relativo al ambiente.
Laura: ¿Cómo que relativo? Suena contraintuitivo.
Diego: Piénsalo así: el pelaje blanco es una ventaja increíble para un oso en el Ártico, le permite camuflarse. Pero ese mismo pelaje blanco sería una sentencia de muerte en un desierto.
Laura: Claro, sería un blanco fácil. Literalmente.
Diego: Exacto. La evolución no tiene una meta o una dirección absoluta. Lo que es una ventaja hoy, aquí, puede ser un desastre mañana en otro lugar. Y justo esa capacidad de la teoría para explicar estas adaptaciones tan específicas es lo que la hizo tan poderosa, aunque también generó mucha controversia, especialmente cuando se aplicó a nosotros, los humanos.
Laura: Y hablando de teorías complejas, Diego, llegamos a un punto fascinante con Darwin. ¿Su teoría tiene lo que llamamos 'términos teóricos'?
Diego: Esa es la pregunta del millón, Laura. A primera vista, si miramos sus hipótesis fundamentales, parece que no. Todo es bastante... observable.
Laura: ¿Entonces es una teoría puramente empírica, de segundo nivel?
Diego: Casi. El problema, la palabra que causa todo el debate, es 'especie'.
Laura: Claro, ¿cómo defines qué es una especie? Suena fácil, pero seguro que no lo es.
Diego: ¡Exacto! Si la defines estadísticamente, con un conjunto de rasgos observables, entonces 'especie' es un término empírico. Y la teoría de Darwin sería de segundo nivel.
Laura: Pero hay otras formas de definirla, ¿no?
Diego: Sí, y ahí se complica. Se intentó una definición operacional: dos individuos son de la misma especie si pueden reproducirse entre ellos.
Laura: Suena lógico... ¿dónde está el truco?
Diego: El truco es que no siempre funciona. El biólogo Dobzhansky encontró un caso genial con unas moscas en Estados Unidos.
Laura: ¿Moscas? ¡A ver, cuéntame!
Diego: Hay tres variedades. La del Atlántico se cruza con la central, y la central con la del Pacífico... pero la del Atlántico y la del Pacífico no pueden cruzarse entre sí.
Laura: ¡Vaya! Entonces, según esa regla, no son la misma especie... pero a la vez sí. ¡Qué lío!
Diego: ¡Precisamente! La definición se cae. Lo interesante es que la idea original de Darwin era más simple, basada en características observables.
Laura: Entonces, para resumir, la teoría de Darwin es un ejemplo increíble de una teoría sin términos teóricos claros, pero aun así súper compleja e imaginativa.
Diego: Exacto. No fue una simple inducción. Requirió tanta imaginación como una teoría de alto nivel. Es una lección fantástica sobre la creatividad en la ciencia.
Laura: Absolutamente. Y con esa reflexión final, cerramos nuestro episodio. Diego, como siempre, ha sido un placer.
Diego: El placer es mío, Laura. ¡Hasta la próxima!
Laura: Y a todos nuestros oyentes, gracias por acompañarnos en Studyfi Podcast. ¡Sigan curiosos y hasta pronto!