Podcast sobre El Auge del Neoliberalismo: Historia y Consolidación
El Auge del Neoliberalismo: Historia y Consolidación para Estudiantes
Podcast
Neoliberalismo: ideología y consenso
Délka: 24 minut
Kapitoly
El truco del consentimiento
La palabra mágica: Libertad
Cooptando una revolución
La guerra de las ideas
El Golpe de los Banqueros
El Invierno del Descontento
Vendiendo las Joyas de la Familia
Reagan y la Desregulación
El Legado Neoliberal
El Orden de la Posguerra
La Crisis de los 70
La crisis de los 70
Una amenaza para las élites
La restauración del poder de clase
¿Un proyecto político?
Los Nuevos Dueños del Poder
Fortunas de la Noche a la Mañana
¿Una Clase Global sin País?
La paradoja de la libertad
Libertades buenas y malas
El dilema de Polanyi
Resumen y despedida
Přepis
Daniela: La mayoría de la gente piensa que las políticas que benefician a una élite económica tienen que imponerse por la fuerza, ¿no? Como en las dictaduras.
Hugo: Exacto. Pero aquí viene lo sorprendente: en democracias como Estados Unidos o el Reino Unido, el neoliberalismo no se impuso, sino que convenció a la gente para que lo aceptara. Ganó en las urnas.
Daniela: ¿Cómo es posible que la gente votara por algo que, en teoría, restauraría el poder de una pequeña clase alta? Suena a magia negra.
Hugo: Casi. Y es una historia fascinante. Esto es Studyfi Podcast.
Daniela: Entonces, Hugo, ¿cuál fue el truco? ¿Cómo se construye ese consentimiento?
Hugo: Usando lo que el filósofo Gramsci llamó «sentido común». En lugar de debatir la economía directamente, movilizaron valores culturales y miedos ya existentes.
Daniela: ¿A qué te refieres con eso?
Hugo: Piénsalo así: es difícil vender un programa que dice «vamos a hacer más ricos a los ricos». Pero es muy fácil vender un programa que dice «luchamos por tu libertad individual».
Daniela: Ah, la palabra «libertad». Es como un botón que activa emociones positivas en casi todo el mundo.
Hugo: ¡Precisamente! Se convirtió en el eslogan perfecto. Justificaba desmantelar regulaciones estatales y servicios sociales, todo en nombre de la «libertad» del individuo frente a un estado opresor. Era una forma de disfrazar un problema político como uno cultural.
Daniela: Pero, ¿de dónde salió ese deseo tan fuerte de libertad individual en esa época?
Hugo: Aquí está la parte más astuta. Los movimientos de 1968, como los de los estudiantes en París o Berkeley, pedían dos cosas: justicia social y más libertad individual.
Hugo: El neoliberalismo, de forma brillante, ignoró la parte de la justicia social y se apropió por completo de la bandera de la libertad individual.
Daniela: ¡Claro! Así pudieron atraer a todos los que se sentían oprimidos por el sistema, pero separándolos de las luchas por la igualdad económica.
Hugo: Exacto. Le dijeron a esa generación: «¿Quieren libertad? Nosotros se la damos. Libertad para consumir, para elegir su estilo de vida, para expresarse...». Y funcionó.
Daniela: ¿Y esto fue algo espontáneo o fue una estrategia planeada?
Hugo: Totalmente planeada. Hubo una «larga marcha» de estas ideas, como predijo Hayek. Se crearon *think tanks*, se financió a intelectuales y se influyó en los medios.
Daniela: ¿Hay alguna prueba de esto?
Hugo: La hay. Un ejemplo clarísimo es un memorando confidencial de 1971 de Lewis Powell, que luego sería juez del Tribunal Supremo de EE.UU. Básicamente, era un llamado a las armas para que el mundo empresarial estadounidense lanzara una guerra de ideas en las universidades, los medios y los tribunales para cambiar la forma en que la gente pensaba.
Daniela: Vaya, no fue una coincidencia, fue una campaña. Esto cambia por completo la perspectiva.
Hugo: Totalmente. Y entender esta construcción del consentimiento es clave para analizar la política de las últimas décadas. Pero ahora, hablemos de cómo se aplicó esto en la práctica...
Daniela: Y justo ahí es donde todo se complica, ¿no? Porque ese consenso del que hablábamos, esa idea de que el Estado debía asegurar un bienestar... parece que se desmoronó por completo en los años 70.
Hugo: Se desmoronó de una forma espectacular. Y no fue un accidente. Fue una demolición planificada. Para entenderlo, tenemos que viajar a Nueva York en 1975.
Daniela: ¿Nueva York? ¿Qué pasó allí que fue tan importante?
Hugo: Imagina esto: la ciudad está al borde de la quiebra. Tiene enormes deudas. Y de repente, un grupo de bancos de inversión muy poderosos, liderados por Citibank, dice: "No te prestamos más dinero".
Daniela: Uf, eso suena a desastre. ¿Y qué hizo la ciudad?
Hugo: No tuvo más remedio que aceptar un plan de "rescate". Pero aquí está la clave: ese rescate fue básicamente un golpe de estado... pero sin tanques. Fue un golpe de los banqueros.
Daniela: ¿Un golpe de estado financiero? Suena a película de suspenso.
Hugo: Totalmente. Las nuevas instituciones que tomaron el control del presupuesto de la ciudad tomaron una decisión radical. Dijeron: "Primero, pagamos a los dueños de los bonos, a los inversores. Y lo que sobre, si es que sobra algo, va para servicios públicos".
Daniela: ¡Qué! ¿Entonces la sanidad, la educación, el transporte... todo eso quedó en segundo plano?
Hugo: Exacto. Se congelaron salarios, hubo despidos masivos de empleados públicos y se recortaron los servicios sociales. Por primera vez, se impusieron matrículas en la universidad pública de la ciudad. Fue una redistribución de la riqueza, pero al revés: de los ciudadanos a las élites financieras.
Daniela: Es increíble. Básicamente, la ciudad se puso a trabajar para los bancos en lugar de para su gente.
Hugo: Precisamente. Y lo más retorcido fue lo que les hicieron a los sindicatos. Los obligaron a invertir sus fondos de pensiones en bonos de la ciudad. Si protestaban demasiado y la ciudad quebraba... ¡adiós a las pensiones de sus trabajadores!
Daniela: O sea, o aceptas los recortes o te arriesgas a perderlo todo. Qué jugada maestra tan cruel.
Hugo: Una jugada que se convirtió en un modelo a seguir.
Daniela: Entonces, ¿lo que pasó en Nueva York no se quedó en Nueva York?
Hugo: Para nada. Cruzó el Atlántico y aterrizó en el Reino Unido con Margaret Thatcher. La situación allí era parecida: una crisis económica brutal, inflación por las nubes y sindicatos muy fuertes.
Daniela: Ah, la famosa Thatcher. Siempre la pintan como la enemiga de los sindicatos.
Hugo: Y tenía un plan para serlo. Antes de que ella llegara, el país vivió el llamado "Invierno del Descontento". Hubo huelgas por todas partes: basureros, sepultureros, transportistas... El país estaba paralizado. La gente estaba harta.
Daniela: Entiendo. El ambiente era perfecto para que llegara alguien con un discurso de mano dura.
Hugo: Exacto. Thatcher llegó al poder con un mandato claro: domar a los sindicatos. Y lo hizo con una estrategia doble. Primero, aplicó políticas monetaristas que dispararon el desempleo. Un trabajador con miedo a perder su empleo no va a la huelga tan fácilmente.
Daniela: Creó lo que Marx llamaba un "ejército industrial de reserva".
Hugo: ¡Justo eso! Y segundo, provocó una confrontación directa con el sindicato más poderoso: el de los mineros. La huelga duró un año y fue durísima, pero al final los mineros perdieron. Fue un golpe simbólico que rompió la columna vertebral del movimiento obrero británico.
Daniela: Y además de la lucha contra los sindicatos, está el tema de las privatizaciones, ¿verdad?
Hugo: Sí, esa fue la otra gran pata de su proyecto. Thatcher estaba convencida de que el Estado no debía gestionar empresas. Así que empezó a venderlo todo: British Telecom, British Airways, el gas, la electricidad, los trenes...
Daniela: Los opositores decían que estaba "regalando las joyas de la familia".
Hugo: Y en cierto modo era verdad, porque se vendieron a precios muy favorables para el capital privado. Pero el objetivo no era solo económico, era cultural. Quería crear una sociedad de individuos responsables de sí mismos, no dependientes del Estado.
Daniela: Y por eso también vendió las viviendas públicas a sus inquilinos, para crear más propietarios.
Hugo: Exacto. Fue una estrategia brillante para construir una nueva base social que apoyara sus políticas. Creó una clase media que se beneficiaba del mercado inmobiliario y que, por tanto, votaría para protegerlo. Quería que los cambios fueran irreversibles.
Daniela: Y parece que en gran medida lo consiguió. Pero este cambio de mentalidad no surge de la nada. ¿Cómo convencieron a la gente de que estas ideas eran la única solución?
Hugo: Muy buena pregunta, Daniela. Porque no fue solo una batalla económica, sino también una batalla de ideas. Y para eso, necesitaron construir una maquinaria ideológica muy potente. Pero de eso hablaremos justo ahora...
Daniela: ...entonces, está claro que el giro neoliberal fue una revolución de ideas. Pero, ¿cómo pasaron esas ideas del papel a la política real, a la gestión del día a día?
Hugo: ¡Excelente pregunta, Daniela! Porque una cosa es la teoría y otra muy distinta es cambiar un país. Y aquí es donde entran dos figuras que definieron una era: Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en el Reino Unido.
Daniela: La famosa era de la desregulación, ¿cierto?
Hugo: Exactamente. La filosofía de Reagan era simple: el gobierno es el problema, no la solución. Su administración se dedicó a reducir el alcance de la regulación federal en todo... industria, medio ambiente, sanidad...
Daniela: ¿Y cómo lo hicieron?
Hugo: Principalmente con dos herramientas: recortes presupuestarios y desregulación masiva. Nombraron a personas en agencias clave que... bueno, que no creían mucho en la misión de esas agencias.
Daniela: Poner al zorro a cuidar el gallinero, ¿básicamente?
Hugo: ¡Es una forma muy gráfica de verlo! Y fueron especialmente duros con los sindicatos. Buscaron debilitar el poder de la fuerza de trabajo organizada. La idea era que si las empresas tenían más flexibilidad y menos trabas, la economía crecería para todos.
Daniela: Suena a la famosa teoría del goteo...
Hugo: Justo. Además, se hicieron enormes recortes de impuestos a las rentas más altas, del 78% al 28%. La promesa era que esto incentivaría la inversión y crearía empleos.
Daniela: Y al otro lado del Atlántico, Thatcher estaba haciendo algo similar, ¿no?
Hugo: Así es, aunque con su propio estilo. Thatcher se enfocó en crear una nueva clase media, promoviendo la propiedad de vivienda y una cultura empresarial. Privatizó enormes activos del estado y también se enfrentó duramente a los sindicatos.
Daniela: Entonces, ambos crearon un nuevo “sentido común” político.
Hugo: Exacto. Y aquí está la parte más sorprendente... su éxito fue tan grande que cambió el tablero de juego para todos. Incluso para sus oponentes políticos.
Daniela: ¿Te refieres a líderes que vinieron después, como Bill Clinton o Tony Blair?
Hugo: Precisamente. Cuando Clinton llegó al poder, heredó un déficit enorme. La única vía que le pareció plausible fue reducir el gasto, lo que significaba recortar programas sociales. Como dijo un asesor suyo, terminaron “apretando el cinturón a los pobres a medida que aflojábamos el de los ricos”.
Daniela: O sea, que el margen de maniobra era tan limitado que no tuvieron más opción que continuar por ese camino. No podían oponerse a Wall Street o a la nueva clase capitalista.
Hugo: Correcto. El legado de Reagan y Thatcher fue crear una red de la que era muy difícil escapar. La neoliberalización ya no era una opción política, se había convertido en la base del sistema.
Daniela: Una transformación total. Y esto nos lleva a preguntarnos cómo este modelo anglosajón se expandió por el resto del mundo. ¿Fue una imposición o cada país lo adoptó a su manera?
Daniela: Y justo eso nos lleva a la pregunta clave, Hugo. Si el mundo de la posguerra parecía tener un sistema que funcionaba bastante bien, ¿por qué cambiarlo? ¿Por qué apareció el neoliberalismo?
Hugo: Gran pregunta. Para entender el giro, primero hay que entender qué había antes. Después de la Segunda Guerra Mundial, el pánico era evitar otra Gran Depresión y, por supuesto, otra guerra mundial. Había que construir un nuevo orden.
Daniela: Uno más estable, me imagino. Pero, ¿cómo lo hicieron?
Hugo: Crearon lo que hoy llamamos "liberalismo embridado". Piensa en un caballo con bridas... el poder del mercado estaba ahí, pero controlado, guiado por un pacto entre el Estado, el capital y los trabajadores.
Daniela: "Embridado"... Me gusta el término. Suena a que tenía límites muy claros.
Hugo: Y los tenía. Se crearon instituciones como el FMI y el Banco Mundial bajo los acuerdos de Bretton Woods. La idea era simple: los Estados debían buscar el pleno empleo, el crecimiento y el bienestar de sus ciudadanos, interviniendo en la economía si era necesario. Es lo que llamamos la era Keynesiana.
Daniela: Y por lo que sé, funcionó de maravilla por un tiempo, ¿no?
Hugo: ¡Absolutamente! Durante los 50 y 60, los países capitalistas avanzados tuvieron un crecimiento altísimo. Fue una especie de edad de oro del capitalismo con rostro social. Pero la fiesta no podía durar para siempre.
Daniela: Claro, siempre hay un final de fiesta. ¿Qué empezó a fallar?
Hugo: A finales de los 60, el sistema empezó a hacer agua. La inflación y el desempleo se dispararon a la vez, algo que los economistas no creían posible. Lo llamaron "estanflación".
Daniela: Estancamiento con inflación... suena a la peor combinación posible.
Hugo: Lo era. Las viejas recetas keynesianas ya no funcionaban. Para colmo, en 1971, Estados Unidos abandonó el patrón oro y todo el sistema de Bretton Woods se vino abajo. El "liberalismo embridado" estaba agotado. Hacía falta una alternativa, y rápido.
Daniela: Supongo que habría un debate intenso sobre qué hacer.
Hugo: Intensísimo. Había básicamente dos caminos. Por un lado, la izquierda proponía *más* control estatal, más planificación... o sea, profundizar el modelo socialdemócrata. Y tenían bastante apoyo popular en Europa.
Daniela: ¿Y cuál era el otro camino?
Hugo: El otro era... todo lo contrario. Soltarle las bridas al capital. Desregular, privatizar y dejar que el mercado actuara con total libertad. El objetivo era restablecer las ganancias de las empresas, sin importar los costos sociales. Este era el germen de la idea neoliberal.
Daniela: Y ya sabemos qué camino se acabó tomando... Pero lo que me intriga es cómo una idea tan radical pasó de ser marginal a dominar el mundo. ¿Quiénes fueron las mentes detrás de esto?
Daniela: Entonces, no fue una conspiración planeada desde el principio. Pero la pregunta es, ¿cómo es que esta idea, el neoliberalismo, terminó ganando en todas partes?
Hugo: Exacto, esa es la clave. Y la respuesta no fue nada obvia en su momento. No había un plan maestro. El mundo capitalista llegó a esta solución a base de tumbos, con experimentos y mucho caos.
Daniela: ¿Como improvisando sobre la marcha?
Hugo: ¡Totalmente! Solo en los noventa, con lo que se llamó el “Consenso de Washington”, es que todo esto se convirtió en la nueva regla oficial. Fue ahí cuando políticos como Clinton en EE.UU. o Blair en Reino Unido básicamente dijeron: “bueno, ahora todos somos neoliberales”.
Daniela: Ok, un camino caótico. Pero, ¿qué provocó esa necesidad de un cambio tan drástico? ¿Qué pasaba en el mundo?
Hugo: Ah, aquí viene lo interesante. La década de los 70 fue una tormenta perfecta. Tuvimos una crisis económica brutal que combinó dos cosas que normalmente no van juntas: un desempleo altísimo y una inflación por las nubes. La gente estaba muy descontenta.
Daniela: Eso suena a una receta para el desastre.
Hugo: Y lo era. Los movimientos de izquierda y los sindicatos ganaban fuerza. Parecía que una alternativa socialista era posible. Esto generó una amenaza doble para las élites económicas.
Daniela: ¿Doble? ¿Cómo así?
Hugo: Primero, una amenaza *política*. En países como Italia, Francia o Chile, la izquierda ganaba poder real. Pero también, y esto es crucial, una amenaza *económica*. Después de la Segunda Guerra Mundial, el pacto era que los ricos no se llevaran una porción tan grande del pastel.
Daniela: Tenía sentido, para mantener la paz social.
Hugo: Claro. Pero en los 70, con la crisis, el pastel dejó de crecer. Y la porción de los más ricos se encogió drásticamente. El valor de sus acciones, sus propiedades... todo caía en picado. Sentían que se enfrentaban a la aniquilación económica.
Daniela: Wow, así que tenían que hacer algo para protegerse.
Hugo: Exactamente. Y esa reacción fue decisiva. Vieron que o movían ficha de forma radical, o perderían su poder y su riqueza. Y fue en lugares como Chile donde empezaron a experimentar con una primera solución muy dura, un tema que veremos a continuación.
Daniela: ...entonces, esa es la teoría detrás de la desregulación. Pero hablemos de la práctica. ¿Cuáles fueron los impactos económicos reales de estas políticas neoliberales en la gente?
Hugo: Esa es la pregunta clave, Daniela. Y la respuesta es... sorprendente. Porque más allá del crecimiento económico, que fue desigual, el efecto más claro y persistente fue la restauración del poder de las élites económicas. Lo que algunos llaman la restauración del poder de clase.
Daniela: ¿Restauración del poder de clase? Suena muy fuerte. ¿Tenemos datos que respalden eso?
Hugo: Y tanto que los tenemos. En Estados Unidos, por ejemplo, el porcentaje de la renta nacional que iba al 1% más rico de la sociedad se disparó. A finales de siglo, alcanzó el 15%, un nivel que no se veía casi desde antes de la Segunda Guerra Mundial.
Daniela: Increíble. ¿Y eso es todo?
Hugo: ¡Qué va! La diferencia entre lo que ganaba un alto directivo y un trabajador promedio pasó de ser unas 30 veces más en 1970... a 500 veces más en el año 2000.
Daniela: Quinientas veces... es una cifra que cuesta hasta procesar. ¿Y esto fue solo un fenómeno estadounidense?
Hugo: Para nada. Vimos patrones similares en todo el mundo. En el Reino Unido, el 1% más rico duplicó su porción de la tarta. En Rusia, tras la terapia de choque, surgieron los famosos oligarcas de la nada.
Daniela: Claro, y en México con las privatizaciones, personas como Carlos Slim se volvieron de las más ricas del planeta casi de la noche a la mañana.
Hugo: Exactamente. La desigualdad global también se disparó. La diferencia entre el 20% más rico y el 20% más pobre del mundo pasó de ser de 30 a 1 en 1960 a más de 74 a 1 a finales de los noventa.
Daniela: Entonces, viendo estas cifras, ¿el neoliberalismo fue un fracaso en su objetivo de mejorar la economía para todos?
Hugo: Bueno, aquí está el giro. Quizás ese nunca fue el objetivo principal. Muchos analistas, como Duménil y Lévy, argumentan que podemos ver el neoliberalismo de dos maneras.
Daniela: ¿Cuáles son?
Hugo: Por un lado, como un proyecto *utópico* para reorganizar el capitalismo. Una idea teórica. Pero por otro lado, y esto es lo importante, como un proyecto *político* para restaurar las condiciones de acumulación de capital y el poder de las élites.
Daniela: Y por lo que dices, parece que el segundo fue el que realmente triunfó.
Hugo: Todo apunta a eso. No fue tan efectivo para revitalizar la economía global de forma sostenida, pero fue increíblemente exitoso para restaurar el poder de una élite económica. La utopía sirvió, en muchos casos, como una justificación perfecta.
Daniela: Es una perspectiva muy crítica. Pero me dejas con una duda, Hugo. Has hablado mucho de
Daniela: Entonces, no es tan simple como decir que los ricos se hicieron más ricos. El poder de clase parece haberse reconfigurado. ¿Quiénes son los que realmente mueven los hilos ahora?
Hugo: Esa es la pregunta clave, Daniela. Y aquí viene lo sorprendente: no son tanto los accionistas tradicionales, los dueños del capital en papel. El foco se ha desplazado a los altos directivos, los CEOs, y a todo el aparato financiero y legal que los rodea.
Daniela: ¿O sea que los dueños de las empresas han perdido poder?
Hugo: En gran medida, sí. Piensa que los directivos son los que toman las decisiones del día a día. A veces, los accionistas han perdido fortunas por estafas de sus propios directivos. El poder real está en la sala de juntas, no necesariamente en la cartera de acciones.
Daniela: Entendido. Pero entonces, ¿esta nueva clase alta son solo esos directivos?
Hugo: No, para nada. El neoliberalismo abrió la puerta a formas totalmente nuevas de hacer fortunas... y de hacerlas rapidísimo. De repente, surgieron gigantes en sectores que casi no existían, como la biotecnología o la informática. Piensa en Bill Gates.
Daniela: Claro, o en magnates de los medios como Rupert Murdoch. Crecieron de forma exponencial.
Hugo: Exactamente. O el caso de Carlos Slim en México, que tomó el control de las telecomunicaciones privatizadas y construyó un imperio. Compraron barato, vendieron caro y, a menudo, con una ayudita del poder político.
Daniela: Y estas personas operan en todo el mundo. ¿Podemos decir que son una clase transnacional, que ya no responden a ningún país?
Hugo: Ese es un gran debate. Y es más complejo de lo que parece. Sí, sus operaciones son globales, pero... siempre mantienen un pie en un aparato estatal que los protege. No están flotando en el aire.
Daniela: Ah, o sea que usan la infraestructura y la protección de un país para su beneficio global. Qué listos.
Hugo: Totalmente. Rupert Murdoch empezó en Australia, se movió a Gran Bretaña y luego se hizo ciudadano estadounidense. No está por encima de los estados; los utiliza. Ejerce una influencia política inmensa en los tres países.
Daniela: Qué poder... Es alucinante. Y supongo que entre ellos se entienden muy bien.
Hugo: Claro, no es que conspiren en una sala secreta, pero tienen intereses comunes. Y foros como el de Davos les sirven para intercambiar ideas y aconsejar a los líderes políticos. Su influencia es enorme.
Daniela: Una influencia que moldea el mundo en el que vivimos. Y eso nos lleva a preguntarnos por las consecuencias para el resto de la sociedad...
Daniela: Y justo cuando pensamos que las ideas neoliberales sobre la libertad lo eran todo, aparece un contrapunto fascinante. ¿No es así, Hugo?
Hugo: Totalmente, Daniela. Y es una perspectiva que llegó justo antes, de la mano de un pensador llamado Karl Polanyi. Él nos advirtió que el concepto de "libertad" en una sociedad compleja es... bueno, contradictorio.
Daniela: ¿Contradictorio? ¿Cómo que hay una libertad buena y una mala?
Hugo: Exacto. Polanyi identificó lo que llamó "libertades perversas". Piensa en la libertad para explotar a otros, para obtener ganancias gigantes sin aportar nada a cambio, o incluso para beneficiarse de desastres públicos.
Daniela: Vaya... eso suena como el manual de un supervillano, no como un principio económico.
Hugo: Es una forma muy gráfica de verlo, sí. Pero aquí viene la parte clave. Él decía que el mismo sistema de mercado que produce estas libertades también nos da las que más valoramos.
Daniela: ¿Te refieres a la libertad de expresión, de elegir nuestro trabajo, de asociarnos?
Hugo: Esas mismas. La libertad de conciencia, de reunión... todas las que consideramos fundamentales en nuestra sociedad.
Daniela: Pero entonces, ¿cuál es el truco? Si vienen del mismo sistema, ¿cómo funciona?
Hugo: Ese es el gran dilema. Polanyi argumentaba que estas libertades que tanto apreciamos son, en gran medida, "subproductos" de la misma economía de mercado que permite las libertades más destructivas.
Daniela: Entonces, para resumir... la libertad económica no es un concepto único. Es una moneda de dos caras: una que nos empodera y otra que puede ser muy dañina.
Hugo: Exactamente. El desafío real es cómo fomentar las libertades positivas sin dar rienda suelta a las negativas. Es un equilibrio increíblemente delicado.
Daniela: Un tema para reflexionar, sin duda. Y con esa idea tan potente cerramos nuestro episodio de hoy. Hugo, como siempre, ha sido un placer.
Hugo: El placer ha sido todo mío, Daniela.
Daniela: Y a todos ustedes, gracias por acompañarnos en Studyfi Podcast. ¡Nos oímos en la próxima!